Mendez-Toxo-Moncloa

Conrado Granado

Tendría gracia, si no fuera porque resulta patético, que haya tenido que ser la canciller alemana, Angela Merkel, la que dé una lección al presidente del Gobierno español, Mariano Rajoy, de cómo debe ser el comportamiento normal entre una persona que lleva las riendas de un país y los agentes sociales que representan la voluntad de los trabajadores; es decir, los sindicatos. Pues sí, la misma Ángela Merkel tan denostada por estos pagos patrios, resulta que recibió el 5 de julio pasado a los secretarios generales de UGT y Comisiones Obreras, Cándido Méndez y Fernández Toxo, respectivamente.

Por el contrario, nuestro Presidente llevaba seis meses ninguneándoles, dándoles la callada por respuesta, ya que al parecer no tenía una hora, o un minuto, para dedicarles, y que de esta manera pudiera oír de primera mano, sin intermediarios, lo que piensan millones de trabajadores sobre sus recortes. Al final, y seguramente por una “recomendación” o “insinuación” de la germana, hete aquí que Rajoy sacó por fin tiempo para recibirles el pasado 26 de julio, medio año después de haberlo solicitado. Sin embargo, la Canciller alemana ya había sacado tiempo en menos de un mes para recibir en su despacho de trabajo de Berlín a los representantes de los dos sindicatos mayoritarios de España, que le expusieron la realidad de nuestro país, entre otras cosas que las medidas de recortes tomadas no van a conducir a la creación de empleo. Un encuentro en el que Toxo y Méndez le entregaron, traducido al alemán, un resumen de los acuerdos firmados con la patronal española sobre salarios, pensiones y flexibilidad interna.

Para tratar de entender el comportamiento de Ángela Merkel y Mariano Rajoy, con respecto a recibir o ningunear a CCOO y UGT, hay que tener en cuenta, por una parte, ante qué personajes nos encontramos, y por otra cómo son tratados los sindicatos en uno y otro país. Ángela Merkel, democristiana, es una estadista que tendrá sus defectos o virtudes, sus aciertos y sus fallos, pero es una estadista de talla, que sabe muy bien cómo funcionan las cosas en un país, democráticamente hablando. Y en este sentido, es consciente de que ella gobierna en el Bundestag o Parlamento, pero también que los sindicatos, elegidos en elecciones sindicales tan democráticas como las políticas, representan la voluntad de los trabajadores.

Y los trabajadores, conviene no olvidar, son el motor indispensable para que un país funcione. De ahí que en la reunión de la Canciller con los sindicalistas españoles estuviera presente Michael Sommer, presidente de la DGB, o Confederación Alemana de Sindicatos, la más importante de Alemania y una de las más influyentes del mundo. Una DGB que cuenta con ocho millones de afiliados, al frente de la cual está el socialdemócrata Sommer, quien se reúne habitualmente con la democristiana Merkel, porque los dos son conscientes de qué papel juega cada uno, qué lugar ocupan. Un sindicalista, sí, pero que no tiene empacho en decir que desde la lógica discrepancia, mantiene “una estima personal” hacia Merkel, y que las relaciones son cordiales.

Por el contrario, ¿qué pasa en España? Tenemos un Presidente de Gobierno que desde el primer día está dando tumbos, y si en un principio se escudaba, más bien aferraba, en la “herencia recibida”, ya le va quedando poco margen para tanta escusa. Un Presidente que ha ganado efectiva y democráticamente por mayoría absoluta, con un partido al que esa mayoría absoluta parece haberle embrutecido, porque hablan y actúan a golpe de “mayoría absoluta”, sin escuchar a nadie, cual nuevos “reyes del mambo”, como si pensaran: “Esta casa es mía”. Y desprecian a los sindicatos sin ningún tapujo, ya sin disimularlo. Para ellos son una especie de “una antigualla”, una cosa del pasado, por lo que actúan como si no existieran.

Entre los muchos ejemplos que pudieran citarse tirando de hemeroteca, dos serán suficientes para hacernos una idea de qué piensa el Partido Popular, que representa a la derecha española hoy por hoy, sobre los sindicatos. Uno de ellos salió de la boca de Esperanza Aguirre, presidenta de la Comunidad de Madrid, y uno de los principales bastiones del PP: “Caerán como cayó el muro de Berlín”, vino a decir sobre los sindicatos, a los que desprecia olímpicamente, sin ningún disimulo. ¿Cabe semejante insulto en boca de una persona con tal grado de responsabilidad? En España, sí.

El segundo es más grave, pero también genuino del Partido Popular, salido de sus entrañas. Cuando el Presidente Rajoy anunciaba en el Congreso de los Diputados las medidas o recortes que están asolando España, dejándola en un erial, al llegar al punto de recortes a los liberados sindicales, salió el siguiente exabrupto de la bancada popular: “¡A trabajar, vagos!”. Parecería de ciencia ficción en un país democrático, pero está recogido por las cámaras y fue publicado en los medios de comunicación.

Pues eso es lo que piensa la derecha española, y por ende su máximo representante, Mariano Rajoy, acerca de los sindicatos. Ellos, y muchos medios de comunicación que les bailan el agua, medios a los que se les llena la boca de democracia, pero que sin embargo algunos impiden que en sus centros de trabajo se hagan elecciones sindicales, como está estipulado por Ley.

¿Cómo se puede llamar vagos a unos representantes sindicales que han sido elegidos democráticamente, y que están liberados en función de acumulación de las horas sindicales de otros compañeros, como está estipulado? Los habrá vagos, como puede haberlo en cualquier otro sitio, y que se vayan, pero generalizar por el hecho de ser sindicalista, es sencillamente estúpido. Pero ese mensaje ha calado poco a poco, como gota malaya, en la sociedad, y al parecer ser sindicalista es sinónimo de ser vago.

Y además resulta curioso que el grito de “vagos” provenga de sus señorías del Congreso de los Diputados, muchos de los cuales son simple y llanamente conocidos como “culiparlantes”, es decir, los que hablan con el culo, los que todo su cometido es votar y levantarse para aplaudir al jefe de filas, llegado el caso. Y además ahora, con la maquinita, votan hasta sentados, para que no se cansen.

El Presidente Rajoy cuenta con mayoría absoluta en el Congreso para hacer aprobar lo que estime oportuno, pero está demostrando ser bastante torpe al no contar ni con la opinión de la oposición ni tener en cuenta a los sindicatos. Cualquiera de ellos, ya sea CCOO o UGT, cuenta con más de un millón de afiliados, muchos más que cualquier partido político, y están presentes desde la fábrica más grande al pueblo más pequeño.

MerkelPor eso la canciller Angela Merkel es un estadista, porque tiene en cuenta estas cosas, al ser consciente de que ella tiene los votos en el Bundestag o Parlamento alemán, pero la DBG o Confederación Alemana de Sindicatos los tiene en la Siemens, Mercedes, Bayer, Nivea, BMV, DB, Deutz, Rewe, Lid, Volkswagen, Audi, y miles más de empresas, las que hacen funcionar ese motor alemán que da trabajo a 42 millones de personas, y necesita cientos de miles más. Por el contrario en España, desde el Partido Popular de Mariano Rajoy seguimos oyendo sobre los sindicatos frases como “Caerán como el muro de Berlín” o “¡A trabajar, vagos!”, sin tener en cuenta que ellos también están presentes en miles de empresas que también mueven este país. Por eso resulta difícil imaginarse algún día a Mariano Rajoy como un estadista de talla.

Los que tampoco han estado nada finos en este tema han sido los responsables de la Casa Real. Efectivamente, el rey Juan Carlos recibió a Fernández Toxo y Cándido Méndez el pasado día 7, reunión en la que los sindicalistas se expusieron su rechazo frontal a la política económica del Gobierno, y que si Rajoy quiere seguir adelante con los recortes debe convocar un referéndum. Al mismo tiempo, auguraron un otoño caliente, pidiendo que se prorrogaran los 400 euros a los parados.

Pero lo cierto es que el monarca, como Jefe de Estado, ha recibido a los representantes de los trabajadores después de que lo haya hecho la Canciller Ángela Merkel, un dato que conviene no olvidar. Porque se mire por donde se mire, que un Presidente de Gobierno y un Jefe de Estado de un país reciban a los representantes de los trabajadores de ese país mucho después de que lo haya hecho la máxima autoridad de otro país, aunque se llame Ángela Merkel, no resulta nada edificante. Máxime, cuando el rey Juan Carlos no se reunía con los sindicalistas desde hacía más de dos años...

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