
Con motivo del reencuentro con la Gioconda del Prado pintada en el taller florentino de Da Vinci por alguno de los pupilos del taller, al mismo tiempo que el maestro pintaba el retrato original, trae a la memoria unas cuantas incógnitas o misterios no solo referentes a la obra del artista, también a su vida privada.
Con todos mis respetos a las pruebas reflectográficas realizadas la pasada semana en Londres con motivo de la exposición de la National Gallery Leonardo da Vinci, Court painter in Milano, así como a todas las pruebas realizadas por los restauradores de El Prado. Sueño con asistir a esa visita con exlicación exhaustiva del proceso de restauración que tendrá lugar dentro de unos días en el Prado, que al parecer dió la clave de su procedencia y simultaneidad con la hasta ahora considerada única original. Pero surgen unas cuantas preguntas.
¿No es posible que el propio Leonardo pintara simultáneamente los dos retratos, bien porque le hicieran dos encargos – para la casa de la retratada y para la de sus padres? ¿No sería eso más lógico que permitir la copia de una obra que él ya sabía maestra, con casi las mismas dimensiones? Si un museo de la categoría de El Prado ha atribuído su autoría a un anónimo flamenco durante siglos, por un mal análisis de la madera sobre la que se pintó, ¿cómo pueden estar tan seguros de que no hay mano de Leonardo en esta Gioconda? ¿Cómo quedaría el retrato del Louvre si le hicieran desaparecer barnices y pátinas? Y si la Gioconda del Prado fuese original y se conociera el hecho, ¿habría razones que hoy se me escapan para mantenerlo en el misterio?
Tampoco sería la primera vez que da Vinci pintase dos veces el mismo tema. Precisamente, el Louvre y la National Gallery poseen sendos cuadros titulados La Virgen de las Rocas, también llenos de misterios que han sido tratados literariamente más de una vez. Fueron pintados con seis años de diferencia, siendo el del Louvre el más antiguo, -1483–86 – y el de la National Gallery entre 1492-1500, los dos pintados en su taller de Milán. El primero por encargo de la Orden Franciscana para su iglesia de San Francesco il Grande, el segundo quizá para complicar más el misterio. En ambos cuadros de composición piramidal, la Virgen aparece acompañada de dos niños, Juan y Jesús. Juan es el más cercano, ella apoya suavemente la mano derecha en su hombro abrazándole amororosamente. Un poco separado, a la derecha está Jesús niño, protegido por el ángel Uriel. El juego de miradas es prodigioso. En ambos cuadros la Virgen mira a Juan, la cara vuelta hacia él. Los dos niños se miran, Juan con las manos unidas en veneración, Jesús señalando a Juan con un dedito. En el cuadro de el Louvre también Uriel señala claramente con un dedo extendido hacia Juan, en el de la National Gallery Juan abraza una vara cruciforme –todo un símbolo- y en los dos cuadros María establece relación con su hijo, poniendo su mano izquierda extendida, a alguna distancia, sobre su cabeza. El entorno en ambos, está lleno de símbolos, a los que Leonardo era tan aficionado, tal vez para desconcertar al espectador y hacerle pensar. Una cueva en el interior de una montaña rocosa, con formas más bien alpinas. La técnica piramidal y la luz al fondo, se proyecta al interior desde el exterior de la cueva, crean una extraordinaria armonía compositiva y de perspectiva.
En fin, he reseñado los dos Virgen de las Rocas, porque para mí son cuadros de culto desde hace bastantes años y porque el misterio de las dos Giocondas me ha sugerido el paralelismo, la posibilidad bastante verosimil, de que ambos retratos de Mona Lisa pudieran ser originales de Leonardo. También es posible que sea wishful thinking subjetivo.
La Gioconda del Prado tras esa visita para explicar el proceso de restauración – ya se hizo hace años con Las Meninas, acompañadas de fotografías con las fases del proceso - viajará a París donde será expuesta junto a su doble, oficialmente original, por tiempo indefinido.
Merecerá la pena verlas juntas en París o más tarde en Madrid. Y se seguirá hablando muchísimo de sus misterios.
