Audrey-HepburnSí es cierto, este domingo 20 de enero de 2013 se han cumplido veinte años del cruce del umbral de Audrey hacia la eternidad. Sí es cierto, el cuerpo, este soporte físico de un espíritu cósmico sin principio ni fin, es efímero. Pero la continuidad, la eternalización de los que emprenden el gran viaje desde el plano físico reside en sus obras. Y esto es rigurosamente cierto en los iconos del cine. Audrey es uno de ellos y siempre se quedará con nosotros a través de la Princesa Anne, Sabrina, Holly Golightly, la Hermana Luc, la Condesa Natasha Rostova, la deliciosa Reggie Lampert, la inolvidable Eliza Doolittle...por mencionar algunos de sus personajes más impactantes, personajes que nunca envejecerán. La frase ‘estás vivo mientras te recuerden’ es más que simbólica, es tan real como la frase de una canción de Julio Iglesias ‘las obras quedan, los hombres se van’. Así es. En el caso de Audrey y otros imprescindibles del cine, algunos compañeros suyos de reparto, Gregory Peck, Bogey, Cary Grant, seguirán vivos mientras sigamos viéndolos, es decir, siempre.

Siempre la veré como esa pobre princesa que escapa de su jaula de oro, para tras vivir cuarenta y ocho horas de libertad prestada, no tener más remedio que volver a vivir el papel para el que su nacimiento la ha predestinado. Hoy en día no hubiera tenido que ser así. Y la veré como una Sabrina que viaja a París como un patito feo para hacer un curso de cocina en el que no aprende nada, pero que sirve para algo tan importante como transformarla en el más bello cisne que enamora al imposible de enamorar. Tengo un sentimiento especial para esa Holly Golightly, cantando "Moon River" sentada en el alféizar de la ventana, casi suspendida en el espacio. O la condesa Rostova declarando su amor al príncipe Volkonsky meses antes de empezar una guerra que lo trastocará todo, como todas las guerras, a la que él no sobrevivirá y a ella la hará madurar, superando su dolor y encontrando en Pierre su asidero. Y la Hermana Lucas, prototipo de  sinceridad  consigo misma y de fortaleza ante los terribles vaivenes de su vida...Acabo de volver a ver "My Fair Lady", película de culto donde las haya,  siempre que se vea en el inglés original porque con el doblaje pierde todo su sentido. Miles de mujeres siempre se identificarán con Eliza, que no solo aprende a hablar inglés correctamente, también aprende a darse cuenta de  donde está su nuevo territorio y que en la última escena consigue la rendición sin condiciones del Profesor Higgins. Roles siempre vigentes, universales. Por eso perduran. Por eso y porque los interpreta Audrey Hepburn.

Audrey siempre estuvo marcada por su infancia en un país ocupado por los nazis, marcada por el hambre, frío, miedo, pérdida de parientes fusilados y otros horrores. La imagen de un niño rubio, con un abrigo muy grande para su talla y mirada tristísima, empujado al interior de un tren para judíos deportados a cualquiera de los terribles campos, la persiguió siempre y como ella reconoció más tarde, esa imagen tenía mucho que ver con su labor muchos años después como embajadora de Unicef. Cuando conoció la historia de Ana Frank, se sintió tan identificada con ella como para decir que Ana, encerrada entre cuatro paredes, había escrito el reportaje de su vida durante los años de ocupación.

La superación del dolor hace muy especiales a algunas personas, y aspectos como el glamour personal e intransferible de Audrey no era consecuencia de una herencia aristocrática sino algo cultivado a lo largo de años por procesos interiores, así como esa naturalidad innata para actuar encarnando a personajes tan diversos. Realmente los encarnaba, Audrey desaparecía y se transformaba en una princesa, en una prostituta de lujo bisexual (en la versión de Truman Capote) o en una misionera. Siempre creíble, siempre auténtica y real y siempre queriendo huir del cine, del ambiente del Hollywood del star system, del que nunca formó parte. Feliz en sus tiempos sabáticos en su casa de Suiza, expresión de un deseo interiorizado durante su infancia perseguida, cumplido al fin. Esa casa tranquila, aislada en plena naturaleza, donde nació su hijo Sean y desde donde se fue hace veinte años hacia un destino que no podía ser otro que un lugar en las estrellas.

Audrey fue y sigue siendo una persona muy amada, una de esas contadas personas que sin proponérselo se hacen querer. Fue feliz aunque no para siempre en sus matrimonios, sobre todo en su primer matrimonio con Mel Ferrer. Que las cosas vayan bien o no en la vida de una pareja es siempre cosa de dos y no es imprescindible que haya culpables en la ruptura. Simplemente, en lugar de hacer el camino juntos, toman rutas divergentes y el momento en que se dan cuenta de que están muy lejos el uno del otro tiene que llegar antes o después. Pero los años felices vividos son lo que cuenta. El final es solo un dolor más a superar. Y Audrey conocía la experiencia de afrontar hechos adversos desde los primeros años de su vida. En eso consiste el saber vivir.

Audrey Hepburn, maestra de vida. Eterna Audrey que siempre permanecerá entre nosotros. Nunca se irá. Dentro de ochenta años alguien, un día como hoy, estará glosando su centenario.

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