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Lunes, 18 de Marzo de 2013

Actualizado09:24:40

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Disfrutar la música

LIB-escucha-estoEl nuevo libro de Alex Ross estudia las relaciones entre la música culta y la popular
Sus planteamientos remiten a otras publicaciones que plantean una nueva reflexión sobre la cultura de masas

Francisco R. Pastoriza (*)

Hace unos años, el escritor portugués Antonio Lobo Antunes me comentó que había visto en la televisión un documental en el que un musicólogo había grabado el canto de unos pájaros cuyo sonido, reproducido a velocidad muy lenta, se parecía al de una orquesta sinfónica. Más que por contármelo, Lobo Antunes quería saber si tenía yo alguna idea de quién pudiera ser el autor de estos experimentos.

Me acordé de este episodio al leer un capítulo del libro Escucha esto (Seix Barral), de Alex Ross, crítico musical del New Yorker, quien tuvo un resonante éxito en todo el mundo con su anterior obra “El ruido eterno”. En el capítulo “Canción de la tierra” Ross cuenta cómo John Luther Adams compone su música a partir de los sonidos de la naturaleza, de los campos magnéticos creados por el sol, la luna, el cielo nublado o las puestas de sol, el deshielo y los temblores de tierra. Y, por supuesto, del canto de los pájaros, a partir del cual compone sus “Songbirdsongs” (toda una experiencia escucharlas en You Tube). En este mismo libro, un ensayo sobre el silencio de “4’33”, la obra de John Cage, añade nuevas reflexiones sobre la relación entre la música y el resto de los sonidos.

TODAS LAS MÚSICAS, LA MÚSICA

La intención central de Escucha esto es la de trasladar a los aficionados a los diferentes tipos de música la idea de que todos ellos tienen un valor por sí mismos y una calidad que vale la pena descubrir y disfrutar, por alejados que parezcan unos de otros: una sinfonía clásica del punk de Kurt Cobain; una ópera del folk-rock de Bob Dylan; un Lieder de Schubert de una canción de Björk, de un blues de Billie Hollyday o de una balada de Frank Sinatra. Alex Ross aborda todos estos géneros con el mismo interés y entusiasmo, la misma consideración e idéntico respeto porque a través de todos ellos se expresan emociones. Percibe arquetipos como la melancolía y el lamento en la medieval “Loa a la Trinidad” de Hildegart von Bingen o en el renacentista “Muero si no te veo” de Guillaume de Machaut, en las sinfonías de Mahler y de Brahms. Pero también en el vals de “Mary Poppins”, en “Michelle” de The Beatles, en la “Ballad of a Thin Man” de Bob Dylan, en el blues y en el flamenco. El lamento fue precisamente el desencadenante del nacimiento de la ópera, de cuyos orígenes y expansión habla también este libro.

La música no nació sino como expresión popular, recogiendo las preferencias del público y acercándose a sus gustos. Alex Ross realiza un viaje a través del tiempo teniendo como tema central la chacona, una hipnotizadora danza popular “sexy y remolineante”, nacida en alguna colonia española durante el siglo XVI, que se incorpora a la música de Bach (“Ciaccona de Bach para violín solo”) vive su apoteosis en la corte de Versalles durante el reinado de Luis XIV con Jean Baptiste Lully y es utilizada en la música clásica contemporánea por autores como György Ligeti y en el rock por grupos como Led Zeppelin.

La chacona proponía en su tiempo la destrucción del orden social y la liberación del cuerpo: el mismo espíritu transgresor del pop y el rock actuales. Pero no sólo la chacona. También las zarabandas y los passacaglia eran ritmos populares, adaptados a la gran música por Schoenberg, Alban Berg o Benjamin Britten. Tradicionalmente, los grandes autores se esforzaron por hacer una síntesis entre lo culto y lo popular. Mozart siempre recordó el consejo de su padre: tener en cuenta al público. La música popular de la época aparece con frecuencia en sus obras: en la escena de baile del “Don Giovanni” se despliegan un minueto, una contradanza popular y un Deutscher. Verdi siempre concibió sus óperas como un arte popular (“la taquilla es el perfecto termómetro del éxito”, decía): su modelo era Shakespeare. “La donna é mobile”, del acto III de “Rigoletto”, la “Marcha triunfal” de “Aida” no son sino expresiones de la música del pueblo. En la actualidad, el sonido del álbum “Airbag”, de la banda de rock Radiohead, cuyos componentes fueron educados en el jazz y en la música clásica del siglo XX, representa el equilibrio entre la música culta contemporánea y la música pop (Esa-Pekka Salonen, director de la Filarmónica de Los Angeles, es un gran aficionado a su música). Aretha Franklin canta “Nessum dorma” en la ceremonia de entrega de los “comerciales” premios Grammy. Y en la toma de posesión de Obama, “My Country, ‘Tis of Thee”, en recuerdo de la interpretación de la contralto negra Marian Anderson en el mismo escenario muchos años antes.

Alex Ross está convencido de que el calificativo “clásica” no ha hecho sino perjudicar a lo largo de la historia el acercamiento de las nuevas generaciones a la música de Mozart, Bach, Beethoven o Brahms, y de que existen enriquecedoras interacciones entre los diferentes géneros y estilos musicales. Aprecia en la última sonata de piano de Beethoven un anticipo del boogie-woogie de Bernstein, considera que “The Wall” de Pink Floyd es un pasaje mahleriano y que la música atonal de Arnold Schoenberg presagia el estilo punk. Educado en el universo estético de la música clásica (no escuchó otra cosa hasta que cumplió 20 años), ha descubierto obras maestras en “Highway 61 Revisited” de Bob Dylan y en el álbum blanco de The Beatles, entre otras obras del pop-rock. En su opinión, fue el desprecio por estos nuevos intérpretes lo que provocó que en los años sesenta la música clásica se trasladase a los márgenes de la cultura. Resalta la utilización de pasajes clásicos en canciones pop de The Beatles (“In My Life”, “A Day in the Life”), en obras de los Byrds, Velvet Underground y Frank Zappa, y valora la utilización de la música pop en obras clásicas como en el caso la interpretación de la “Holyday Sinphony” en la que la Filarmónica de San Francisco contó con los músicos supervivientes de Grateful Dead. Paul McCartney compuso una sinfonía (“Working Classical”) en cuyo estreno él mismo dirigió a la London Symphony Orchestra. “Hallucination City”, de Glenn Branca, es una sinfonía para cien guitarras eléctricas. “Who is it” de Björk es algo a medias entre una canción pop y una meditación coral de Arvo Pärt, con texturas vocales de Vivaldi, Gershwin y Stockhausen.

ATISBANDO EL FUTURO

La crisis económica que afecta a los países del occidente europeo y a los Estados Unidos ha tenido como una de sus primeras víctimas la educación musical. Si ya era precaria en muchos de estos países, los recortes han venido a poner en peligro el futuro de la música incluso en aquellos de larga y venerable tradición. Por el contrario, los países emergentes fomentan la dedicación de los jóvenes al fenómeno musical en todos sus ámbitos. Mientras las entradas a un concierto están a precios demasiado altos en cualquier país occidental, en China se ha pasado de prohibir la música clásica durante la revolución cultural a ver abarrotadas las salas de conciertos y a apostar decididamente por la educación musical desde la infancia: cien millones de niños estudian música, muchos de ellos varios instrumentos a la vez. En Venezuela, el fenómeno Dudamel, el director que revolucionó la educación musical en ese país, está teniendo una influencia cada vez más creciente en el interés de los jóvenes iberoamericanos por la música clásica.

La aparición de nuevos géneros musicales de nuevos autores así como la transgresión de las viejas tradiciones, ha servido a lo largo de la historia a los guardianes de la ortodoxia para descalificar las nuevas producciones musicales. En el siglo XIV ya eran muchos los que pensaban que la aparición de las sensuales melodías del Ars Nova iba a suponer poco menos que el fin de la civilización. Johann Nikolaus Forkel, autor de una biografía de Bach publicada en 1802, llamaba a la ópera italiana “coqueteo para pasar el rato”. En 1881, cuando Tchaikovski estrenó el Concierto para violín y orquesta, el crítico más célebre entonces, Eduard Hanslick, dijo que era “música hedionda y de salvaje nihilismo”. “La consagración de la primavera” de Stravinsky fue calificada por algún crítico como “ruido”, lo mismo que las primeras canciones de Bob Dylan. La preferencia de los repertorios históricos frente a las novedades perjudicó gravemente a los compositores, temerosos de crear música apartándose de los viejos cánones, fetiches intocables e inamovibles. Algunos de estos fenómenos continúan dramáticamente vigentes. La música clásica funciona en el mercado igual que hace siglos. Se han construido enormes salas de conciertos para obtener grandes resultados económicos en la venta de entradas, sin tener en cuenta las cualidades acústicas. Se prioriza a las estrellas frente a los nuevos valores. Se castiga la novedad y la transgresión frente a la ortodoxia. Se mantienen inamovibles ciertos rituales convencionales que deberían cambiar. Se considera que la música clásica es sólo para élites ilustradas Es hora de cambiar esta situación.

LIB-esto-no-es-musicaUtilizando las canciones de los Beatles como paradigma, el filósofo José Luis Pardo reflexiona en “Esto no es música”sobre la cultura de masas

Los medios de comunicación han potenciado el término cultura de masas, bautizado así por los filósofos de la Escuela de Frankfurt para referirse a una serie de creaciones pensadas para el consumo multitudinario. Este concepto lleva implícito de manera sutil la idea de que su calidad no está a la altura o al nivel de la denominada alta cultura, de aquellos productos culturales consumidos por las élites adiestradas en el gusto refinado de las clases sociales superiores, pues de esto se trata cuando se habla de alta y baja cultura (o del gusto íntimo y gusto popular, como las denomina Pierre Bourdieu), división en la que también han dejado su influencia los poderes económico y religioso. Los partidarios de desmontar esta tesis recuerdan que los dramas de Shakespeare y las comedias de Lope de Vega fueron creados para el consumo masivo, que Dostoievski y Víctor Hugo escribieron sus grandes obras en formatos por entregas o que la ópera nació como un espectáculo popular. Y que el cine fue en sus orígenes un espectáculo concebido para la aristocracia y la alta burguesía de la época, como muy bien señala Román Gubern (“Del palacio al televisor, pasando por el minicine”. Revista de Occidente Nº 290-291), a juzgar por los elevados precios de las entradas a las primeras proyecciones de los Hermanos Lumière y al señalar que su vitrina social en París se instaló en un bulevar céntrico de la capital, y en Madrid en el elegante Hotel Rusia, a donde acudió la familia real para ver el nuevo espectáculo. Recuerda Tzvetan Todorov en El miedo a los bárbaros (Galaxia-Gutenberg, 2008), que en la Francia del siglo XVIII condenaban las obras de Shakespeare por considerarlas excesivamente burdas, ya que la cultura francesa de la época exigía separar los estilos elevado y vulgar, que el dramaturgo inglés mezclaba.

La cultura de masas es la que mejor se corresponde con la divulgación a través de los media: un mensaje efímero emitido por una élite de comunicadores a un receptor masificado, disperso y anónimo, a través de medios de comunicación centralizados, que dan prioridad a la novedad por encima del clasicismo y legitiman como cultura productos de dudosas características culturales (¡esto no es música!). Y que en ocasiones hasta degradan valores artísticos y culturales al convertirlos en objetos de uso, como algunas utilizaciones de La Gioconda o, al contrario, la famosa “Fontaine” de Duchamp, un urinario convertido en obra de arte. Los medios de comunicación, además, difuminan las fronteras de calidad entre la alta cultura y la cultura de masas al tener la misma consideración y dar el mismo tratamiento a informaciones relacionadas con una y otra. En la sociedad de la información, el paradigma de la cultura de masas es la forma que Abraham Moles definiera como cultura mosaico, aquella que iguala las informaciones del clasicismo y las vanguardias con el utilitarismo y el consumo: la que coloca en una misma página del periódico la subasta de un cuadro de Picasso y el último escándalo erótico de Michael Jackson; en un mismo programa de radio una sinfonía de Beethoven y el último éxito de ‘hip-hop’; en un mismo espacio de televisión las declaraciones de un premio Nobel de literatura y las imágenes promocionales de la última entrega cinematográfica de la saga Torrente. En la actualidad el término cultura de masas está siendo sustituido o haciéndose equivalente al de industria cultural (ya algunos de los filósofos de la Escuela de Frankfurt utilizaban ambos términos como sinónimos o como estrechamente relacionados: Adorno y Horkheimer titularon “La industria cultural” el estudio que ocupa la parte central de su “Dialéctica del Iluminismo”). Advirtamos que el término industria cultural contiene en sí mismo una cierta consideración peyorativa al suponérsele parte de una estrategia de producción capitalista pensada únicamente para el consumo.

Beatles-Sgt-Pepper

Pero si el paradigma de la cultura de masas se manifiesta en los medios en forma de mosaico, su ilustración más perfecta es la portada del disco Sgt. Pepper’s de The Beatles. Esta obra de pop-art de Peter Blake, en forma de collage, es el hilo conductor de un brillante ensayo cuyo título hemos sugerido unas líneas atrás: Esto no es música, de José Luis Pardo (Galaxia Gutenberg). En la portada de Sgt. Pepper’s se alinean junto a los fab four una serie de iconos que protagonizaron una buena parte de la cultura de los siglos XIX y XX. La mezcla heteróclita de los personajes aquí presentes, que hace coincidir a Karl Marx con Marilyn Monroe, al músico y compositor Stockhausen con el boxeador Sonny Liston, a Oscar Wilde con el “Tarzán” Johnny Weismuller, a Marlon Brando con Albert Eistein “(...) presupone la explosión de la estructura jerárquica que sustentaba las distinciones entre lo inferior y lo superior y garantizaba las supeditaciones pertinentes (...) sugería que la división cultural era el trasunto simbólico de una división social radicalmente arbitraria e injusta” (Págs. 395 y 403). Porque la tesis de José Luis Pardo mantiene que entre la alta cultura y la cultura popular sólo se interpone la legitimación clasista: (...) los productos de la cultura popular, por mucho que se los intente ‘elevar’, siempre resultarán “menores” comparados con los productos de la cultura superior cuando se les aplican unos baremos y criterios forjados exclusivamente en, por y para esta última (Pág. 84-85).

José Luis Pardo engarza de manera magistral los personajes de la portada de Sgt. Pepper’s con algunos episodios de la intrahistoria, como la de Luigi Lucheni, el asesino de la emperatriz Sissi (personaje que sirve a Pardo para explicar el nihilismo de Nietzsche) y con el desarrollo de las ideas en la historia de la Filosofía, para lo que echa mano de las letras de canciones de The Beatles (fundamentalmente de Abbey Road) y de temas como “American Pie” de Don McLean o “Jumping Jack Flash” de los Stones, a través de los que, además, explica algunos de los fenómenos sociales más relevantes del último siglo. Así, los motivos de la adolescente que se escapa de casa, en la letra de la canción “She is leaving home”, del año 67 (incluida en “Sgt. Peppers”, anuncian los de los manifestantes del mayo de 68 “(...) la mayoría mostraba ante los sucesos de mayo una estupefacción semejante a la de los padres de la muchacha del álbum de los Beatles, que teniendo todo lo que el dinero podía comprar, sin embargo huye de casa en busca de diversión, llamada por algo que le ha sido largamente negado” (Pág. 393). Asimismo, cómo la letra del tango “Cambalache”, de Santos Discépolo, viene a ser un trasunto del Manifiesto comunista de Marx y Engels (Pág. 219 y siguientes).

La urdimbre audaz pero genial de casualidades y causalidades de los personajes de la famosa portada, que el autor relaciona con otros escritores, artistas, filósofos, con sus obras, y con episodios de la historia y la intrahistoria, nos hace partícipes de un maravilloso viaje mágico y misterioso (como el título de otro álbum de The Beatles) a la historia y a la cultura, a través del que vamos intuyendo el destino de la humanidad.

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(*) Profesor de la Universidad Complutense de Madrid


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Comentarios (1)Add Comment
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El fenómeno Dudamel
escrito por Rafael Fernández, diciembre 04, 2012
Gustavo Dudamel no ha revolucionado la educación musical en su país, sino que él mismo es un resultado de la revolución que en la educación musical de su país inició en 1975 el Sistema de Orquestas Juveniles su promotor y fundador, Juan Antonio Abreu, cuando Dudamel ni siquiera había nacido. Gustavo Dudamel es únicamente su rostro mediático, y en mi modesta opinión, debe más su fama a aquéllo que representa (el Sistema) que a su propio talento como músico.

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Última actualización el Lunes 03 de Diciembre de 2012 14:59