La reciente muerte de Amy Winehouse culmina una larga cadena de desgraciadas relaciones con las drogas cuyas víctimas fueron jóvenes músicos y cantantes de rock.
Francisco R. Pastoriza*
He visto los mejores cerebros de mi generación destruidos por la
locura, famélicos, histéricos, desnudos,
arrastrándose de madrugada por las calles de los negros en busca de
un colérico picotazo.
“Aullido”, Allen Ginsberg
En 1969 llegaba a su final una década prodigiosa cuya banda sonora había sido la música de rock. Fueron años de progreso y cambio social durante los que todo el occidente celebraba la salida de la larga crisis de la posguerra. La revolución musical iniciada por Elvis Presley y The Beatles llenó los escenarios europeos y americanos de estrellas rutilantes y de músicos cuyas actitudes rompían los estereotipos y los modelos hasta entonces vigentes. Aunque se conocían las relaciones de algunos de ellos con las drogas nadie pensaba seriamente que aquel escenario de technicolor y felicidad iba a verse afectado por el hecho de que algunos de sus protagonistas flirteasen de vez en cuando con ese tipo de productos. Incluso se pensaba, con cierta verosimilitud, que su consumo había inspirado algunas de aquellas canciones que se escuchaban en las emisoras de radio de todo el mundo. Pero el 3 de julio de aquel año de 1969 la droga descargó el primer mazazo sobre el mundo del rock. Brian Jones, el guitarrista de los Rolling Stones, uno de los grupos señeros de la década, aparecía muerto en la piscina de su casa de campo, víctima de una sobredosis. Fue el primer fogonazo que dejó en la cultura del rock el impacto paralizante de una descarga brutal. Jones era el primero de una larga serie de cantantes y músicos de rock arrastrados por la droga hacia el vértigo de la muerte.
Muertes de contracultura
En los años finales de la década, la estética de la revolución hippie, con su carga de pacifismo anti-Vietnam, había conquistado para su causa la imagen pública de las más grandes estrellas del rock. Los Beatles la adoptaron para sus fotografías promocionales a partir de su Sargeant Peppers, los Stones lucían en sus actuaciones una indumentaria flower-power a la que añadían un toque andrógino, un guiño a la comunidad gay, entonces aún reprimida, y los grupos de la costa oeste de los Estados Unidos impusieron los modelos que liquidaron para siempre el look de los surfistas de las playas californianas. Uno de los músicos que adoptó la vestimenta hippie hasta la provocación era un negro norteamericano, de Seattle, en cuyas actuaciones extraía de su guitarra los sonidos más asombrosos. Jimi Hendrix había sido la estrella del festival de Woodstock de 1969, cumbre musical de la contracultura hippie, y era ya una estrella cuando en agosto de 1970 su actuación en el festival celebrado en la isla británica de Wight provocó una histeria colectiva entre los miles de fans que abarrotaban el recinto. La crítica convirtió su actuación en uno de los episodios inmortales de la historia del rock. Poco después de esta apoteosis, el 18 de septiembre, Hendrix moría a causa de una ingestión de drogas.
En aquel festival de Woodstock de 1969 donde Hendrix ascendió a los cielos de la fama internacional, había cantado una mujer blanca, ya venerada en América, que comenzaba a triunfar en Europa con una voz desgarrada, que parecía más propia de los descendientes de esclavos negros de los campos de algodón que de una tejana rubia de Port Arthur. Se llamaba Janis Joplin. El 4 de octubre de 1970, cuando grababa los últimos temas de Pearl, uno de sus discos más completos, fue hallada muerta de una sobredosis de heroína en su apartamento de Los Angeles. Sus últimos años habían sido una tormentosa relación con el alcohol y las drogas.
Para aquel festival de Woodstock de 1969 también estaban contratados los Doors, pero los tribunales prohibieron su actuación porque acusaron de alteración del orden público, profanidad y conducta lasciva a su cantante Jim Morrison, quien unos meses antes, en el Dinner Key Auditorium de Miami, se había bajado los pantalones y simulado una masturbación. Morrison estaba bajo los efectos de la droga cuando llevó a cabo este episodio, mientras interpretaba el tema estrella del grupo, Light my fire, como se puede ver en las grabaciones del concierto. Dos años después, en julio de 1971, Morrison moría en París de una sobredosis. Su tumba en el cementerio de Père-Lachaise sigue siendo de las más visitadas. En su epitafio puede leerse: “A cada cual, su propio demonio”. El suyo fue la heroína.
El síndrome Elvis Presley
En 1977, el año de su muerte, Elvis Presley era un mito vivo de la música pop-rock. Sus discos se vendían por millones en todo el mundo y sus películas lo habían convertido desde finales de los años 50 en un icono de la cultura de masas del siglo XX. Algunas de sus canciones, tanto los temas de rock and roll como las baladas de amor, fueron himnos para la generación del welfare state y el american way of life. La llegada de los músicos de una nueva generación, liderados por Beatles y Stones, marginó un tanto el protagonismo de Elvis Presley durante los 60. Pero en la década siguiente, una serie de nuevas canciones y sobre todo sus espectaculares actuaciones en directo, con una nueva imagen (traje blanco enfundado, con bordados y adornos de pedrería, mangas ribeteadas de largos flecos al estilo country, cuello rígido erecto y hombreras) devolvieron al viejo rocker las mieles del pasado. Pero los años no pasan en balde y el esfuerzo que exigía cada nueva actuación requería cada vez mayores sacrificios, que no siempre la forma física estaba dispuesta a conceder. De modo que Presley comenzó un tratamiento para superar las carencias de su organismo, del que algunas drogas formaban un importante ingrediente. Murió en agosto de 1977 mientras se sometía a uno de estos tratamientos.
Kurt Cobain vivió a principios de los 90, con su grupo Nirvana y su pareja, la cantante Courtney Love, sus mejores años de vino y rosas en la cumbre del éxito y la popularidad. Su música revolucionó la escena europea con el rock alternativo grunge en un momento en el que ya se creían agotadas todas las fórmulas y la experimentación había iniciado caminos sin salida aparente. Su adicción a las drogas venía de antiguo, a causa de varios tratamientos contra la escoliosis, que padecía desde niño. A pesar de varios intentos de rehabilitación y de estancias en centros de desintoxicación, finalmente nunca pudo evadirse del cerco de la heroína. En abril de 1994 lo encontraron muerto en su casa de Seattle. La causa probable fue el suicidio, pero las drogas jugaron un importante papel en esta decisión.
En enero de 1992 el disco Nevermind de Kurt Cobain había desbancado del número uno de las listas de ventas a Dangerous, de Michael Jackson. Jackson había sido un ídolo para Cobain desde que este era un niño, pero este hecho no significó la decadencia del menor de los Jackson Five porque a lo largo de los noventa aún iba a conseguir algunos de los mayores éxitos de su carrera. Parece ser que la muerte de Michael Jackson en junio de 2009 fue otra consecuencia del síndrome Elvis Presley: la medicación excesiva, de la que no estaba ausente cierto tipo de drogas, para conseguir el estado físico que proporcionase una puesta a punto a su organismo (mermado por la edad, los problemas judiciales y los estrafalarios tratamientos de piel), para enfrentarse a una larga gira cuyos ingresos necesitaba con urgencia para paliar sus dramáticos problemas económicos.
La reciente muerte de Amy Winehouse ha recordado la de aquella gran cantante de jazz, Billie Hollyday, cuyas carreras sin embargo, tienen pocas cosas en común, si bien sus voces poseen algunos registros similares. Billie Holiday murió en 1959, a los 44 años, víctima de las drogas y el alcohol, pero a pesar de su calidad, de su extensa discografía y de la personal interpretación de sus canciones, apenas conoció el éxito en vida. Winehouse, sin embargo, con solo dos discos era una de las cantantes más conocidas del actual panorama musical, galardonada con algunos de los premios más destacados de la escena musical internacional. Y hay que decir que justamente: Back to black es uno de los mejores discos de la música pop internacional en lo que llevamos de este siglo XXI. Lástima que las drogas se hayan llevado por delante a otro más de los grandes talentos de la música contemporánea.
*Profesor de Información cultural en la Universidad Complutense de Madrid
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te recordaremoss cmo una de las mejoress

