pacoaudije
Baltasar Gracián
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- Lunes 10 de Enero de 2011 14:22
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pacoaudije created a blog entry El paño de François ...
“Está preparado”, ha dicho un gran señor de la derecha francesa. Y se refiere a François Hollande. “Creo que es un hombre capaz de lograr síntesis… Tenemos necesidad de equilibrios…”, ha declarado Dominique de Villepin. Síntesis y equilibrio: quien fuera primer ministro bajo la presidencia de Jacques Chirac recuerda lo elemental. Porque la presidencia de Nicolas Sarkozy, su errática y –en muchos aspectos- extremista campaña electoral, han mostrado sus peores perfiles (tenía otros): sus distorsiones de personalidad, su (periódica) falta absoluta de voluntad de consenso. Una suicida, perversa estrategia de inclinación electoralista ante el discurso de la extrema derecha, que ha sido derrotada.
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pacoaudije updated a blog entry Portugal y nosotros,...
“La confluencia de los disidentes del régimen con las izquierdas en torno a lo sucedido a un jefe militar generó una dinámica de ‘transición’. El golpe del 25 de abril de 1974 fue planeado como una pura ‘operación militar’, sin ramificaciones civiles o diplomáticas, por el comandante Otelo Saraiva de Carvalho, profesor de Táctica de Artillería en la Academia Militar, quien en ‘el movimiento de los capitanes’ era uno de los elementos de enlace con el general Spínola”. Así, en esas pocas líneas, se explica en la colectiva Historia de Portugal (editorial A esfera dos Livros, Lisboa 2010), obra de los historiadores Rui Ramos, Bernardo Vasconcelos e Sousa y Nuno Gonçalo Monteiro, la raíz inmediata de la Revolución de los Claveles. Fue un día como hoy, un 25 de abril. Hace 38 años.
Fue un acontecimiento decisivo no sólo para Portugal, sino que influyó en el fin de otras dictaduras de derechas que quedaban en el sur de Europa, cambió nuestra perspectiva de la guerra fría y terminó –por fin- con toda idea de gran colonialismo europeo en África; aunque los africanos sufrieran -a partir de entonces- otras dictaduras y embates por la disputa indirecta, pero feroz, de las grandes potencias. Elías Essaú Cossa, un amigo mozambiqueño, que visitó Portugal por vez primera en 1987, me dijo después: “No comprendo cómo estuvimos colonizados tanto tiempo por un país que me ha parecido tan pobre como nosotros”. Los mitos históricos que ataban Portugal a su desgracia -junto a sus víctimas africanas- eran compatibles con esa pobreza que vio nuestro amigo en su “descubrimiento” de Portugal. Eran los mitos estúpidos y criminales de una dictadura decadente. Imposible de reformar, excepto tumbándola.A finales de los años 60, Portugal pareció vivir –muy ilusoriamente- la fase evolutiva última de la dictadura salazarista (vigente desde 1926). Porque, muy relativamente, eso sí, la sustitución del viejo dictador Antonio Oliveira Salazar, en 1968, por Marcelo Caetano (tenía 62 años) creó una cierta impresión –desde dentro- de un paulatino cambio de régimen mediante un proceso evolutivo interno. No fue así, pese a que se anunció oficialmente “una adaptación de nuestro dispositivo político al módulo común de Europa Occidental” (José Guilherme de Melo e Castro, 1968). Entonces, algunos deportados (Mario Soares, entre ellos) pudieron regresar. La apertura fue provisional y aparente. La inercia del régimen se impuso, mientras en la sociedad civil crecía una contestación radical, en la política y en la cultura. Los sindicatos oficiales (como en España, los sindicatos verticales) empezaron a ser infiltrados por el activismo de izquierda (principalmente del ilegal Partido Comunista Portugués, PCP). La crisis económica mundial de 1973, que hoy parece olvidada, golpeó también duramente a Portugal. Aquella otra crisis, ya olvidada…
El régimen iba quedando, poco a poco, reducido a una cáscara vacía, entre una emigración forzosa de muchos portugueses (no pocos tuvieron que regresar entonces) y el inmenso coste social de impopulares guerras colonialistas en África (y en Tímor Este). La efervescencia político-cultural del resto de Europa influyó también en aquel Portugal pobre y que –en Europa Occidental- parecía lejano, atrasado y hundido por la melancolía. Los historiadores citados anteriormente hablan (en esa época) de “una revuelta (latente) de la clase media”. De modo que aunque el 25 de abril surgiera como “pura operación militar”, surgía en una sociedad civil rebelde y dispuesta a terminar con aquella dictadura decrépita. Entre esos grupos, no faltaron algunas ramificaciones del izquierdismo radical, en buena parte maoísta, que habían mostrado su ímpetu desde el mayo francés en 1968. Es irónico recordar que el Movimento Reorganizativo do Partido do Proletariado-Partido Comunista dos Trabalhadores Portugueses (MRPP-PCTP, tuvo entre sus fundadores a José Manuel Durão Barroso, actual presidente de la Comisión Europea. El aprendizaje y el recorrido políticos tienen siempre vías y caminos inesperados.
Aquellas crisis y efervescencias, abiertas o clandestinas, explican que en 1973 se fundara ya –clandestinamente- el Movimento das Forças Armadas (MFA), que condujo a que –en apenas unas horas- pareciera difuminarse una dictadura implantada medio siglo y que parecía “adaptada” a la sociedad portuguesa. Un columnista de The Times (Bernard Levin) escribió que el régimen dictatorial portugués “desapareció como si nunca hubiera existido”.
Pero es conveniente recordar que Portugal tenía presos políticos en sus cárceles (los de la prisión de Caxias pudieron salir aquel mismo día), que Mario Soares (socialista) y Alvaro Cunhal (PCP) volvieron del exilio en pocos días; pero que anteriormente muchos jóvenes tuvieron que morir en guerras coloniales injustas, que hasta entonces existió una policía política siniestra llamada PIDE (Policía Internacional e de Defesa do Estado) que provocó los pocos muertos que hubo el 25 de abril y que todo ello cambió el rumbo de nuestro propio mundo.
No todo fue después lineal y liberador, sino tortuoso y con otros conflictos; pero los portugueses traspasaron la frontera de la libertad aquel día. Los demás, creo, también lo hicimos un poco con ellos aquel feliz 25 de abril.
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“La confluencia de los disidentes del régimen con las izquierdas en torno a lo sucedido a un jefe militar generó una dinámica de ‘transición’. El golpe del 25 de abril de 1974 fue planeado como una pura ‘operación militar’, sin ramificaciones civiles o diplomáticas, por el comandante Otelo Saraiva de Carvalho, profesor de Táctica de Artillería en la Academia Militar, quien en ‘el movimiento de los capitanes’ era uno de los elementos de enlace con el general Spínola”. Así, en esas pocas líneas, se explica en la colectiva Historia de Portugal (editorial A esfera dos Livros, Lisboa 2010), obra de los historiadores Rui Ramos, Bernardo Vasconcelos e Sousa y Nuno Gonçalo Monteiro, la raíz inmediata de la Revolución de los Claveles. Fue un día como hoy, un 25 de abril. Hace 38 años.
Fue un acontecimiento decisivo no sólo para Portugal, sino que influyó en el fin de otras dictaduras de derechas que quedaban en el sur de Europa, cambió nuestra perspectiva de la guerra fría y terminó –por fin- con toda idea de gran colonialismo europeo en África; aunque los africanos sufrieran -a partir de entonces- otras dictaduras y embates por la disputa indirecta, pero feroz, de las grandes potencias. Elías Essaú Cossa, un amigo mozambiqueño, que visitó Portugal por vez primera en 1987, me dijo después: “No comprendo cómo estuvimos colonizados tanto tiempo por un país que me ha parecido tan pobre como nosotros”. Los mitos históricos que ataban Portugal a su desgracia -junto a sus víctimas africanas- eran incompatibles con esa pobreza que vio nuestro amigo en su “descubrimiento” de Portugal. Eran los mitos estúpidos y criminales de una dictadura decadente. Imposible de reformar, excepto tumbándola.
A finales de los años 60, Portugal pareció vivir –muy ilusoriamente- la fase evolutiva última de la dictadura salazarista (vigente desde 1926). Porque, muy relativamente, eso sí, la sustitución del viejo dictador Antonio Oliveira Salazar, en 1968, por Marcelo Caetano (tenía 62 años) creó una cierta impresión –desde dentro- de un paulatino cambio de régimen mediante un proceso evolutivo interno. No fue así, pese a que se anunció oficialmente “una adaptación de nuestro dispositivo político al módulo común de Europa Occidental” (José Guilherme de Melo e Castro, 1968). Entonces, algunos deportados (Mario Soares, entre ellos) pudieron regresar. La apertura fue provisional y aparente. La inercia del régimen se impuso, mientras en la sociedad civil crecía una contestación radical, en la política y en la cultura. Los sindicatos oficiales (como en España, los sindicatos verticales) empezaron a ser infiltrados por el activismo de izquierda (principalmente del ilegal Partido Comunista Portugués, PCP). La crisis económica mundial de 1973, que hoy parece olvidada, golpeó también duramente a Portugal. Aquella otra crisis, ya olvidada…
El régimen iba quedando, poco a poco, reducido a una cáscara vacía, entre una emigración forzosa de muchos portugueses (no pocos tuvieron que regresar entonces) y el inmenso coste social de impopulares guerras colonialistas en África (y en Tímor Este). La efervescencia político-cultural del resto de Europa influyó también en aquel Portugal pobre y que –en Europa Occidental- parecía lejano, atrasado y hundido por la melancolía. Los historiadores citados anteriormente hablan (en esa época) de “una revuelta (latente) de la clase media”. De modo que aunque el 25 de abril surgiera como “pura operación militar”, surgía en una sociedad civil rebelde y dispuesta a terminar con aquella dictadura decrépita. Entre esos grupos, no faltaron algunas ramificaciones del izquierdismo radical, en buena parte maoísta, que habían mostrado su ímpetu desde el mayo francés en 1968. Es irónico recordar que el Movimento Reorganizativo do Partido do Proletariado-Partido Comunista dos Trabalhadores Portugueses (MRPP-PCTP, tuvo entre sus fundadores a José Manuel Durão Barroso, actual presidente de la Comisión Europea. El aprendizaje y el recorrido políticos tienen siempre vías y caminos inesperados.
Aquellas crisis y efervescencias, abiertas o clandestinas, explican que en 1973 se fundara ya –clandestinamente- el Movimento das Forças Armadas (MFA), que condujo a que –en apenas unas horas- pareciera difuminarse una dictadura implantada medio siglo y que parecía “adaptada” a la sociedad portuguesa. Un columnista de The Times (Bernard Levin) escribió que el régimen dictatorial portugués “desapareció como si nunca hubiera existido”.
Pero es conveniente recordar que Portugal tenía presos políticos en sus cárceles (los de la prisión de Caxias pudieron salir aquel mismo día), que Mario Soares (socialista) y Alvaro Cunhal (PCP) volvieron del exilio en pocos días; pero que anteriormente muchos jóvenes tuvieron que morir en guerras coloniales injustas, que hasta entonces existió una policía política siniestra llamada PIDE (Policía Internacional e de Defesa do Estado) que provocó los pocos muertos que hubo el 25 de abril y que todo ello cambió el rumbo de nuestro propio mundo.
No todo fue después lineal y liberador, sino tortuoso y con otros conflictos; pero los portugueses traspasaron la frontera de la libertad aquel día. Los demás, creo, también lo hicimos un poco con ellos aquel feliz 25 de abril.
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“Sí, mi vida ha sido una vida de lucha. Puedo decir que nunca se detuvo un solo instante. Un combate que empecé cuando tenía 16 años. Ahora soy viejo, tengo 90 años, y mis motivos no han cambiado. Me impulsa el mismo fervor”, dijo Ahmed Ben Bella hace seis años. Ahora acaba de morir un símbolo del anticolonialismo y de las tragedias históricas de Argelia. Podemos tender a idealizar su figura, porque apenas estuvo dos años y medio en el poder; pero no por eso debemos olvidar tampoco sus graves errores políticos. Su participación plena en las tensiones internas, en la represión, incluso, de sus adversarios políticos. Hijo de emigrantes marroquíes, nació en la Argelia “francesa”, cerca de Orán. Sus padres eran campesinos con una familia muy numerosa. Cuando aún era un adolescente, entró en el Partido del Pueblo Argelino, que había fundado otro dirigente argelino malogrado: Messali Hadj, independentista histórico, anterior a los primeros, que moriría en el exilio y sin poder regresar a su país. De él, el historiador argelino Mohamed Harbi (que fuera consejero y jefe de gabinete de Ben Bella) dijo algo que podríamos aplicar –en cierta medida- al propio Ben Bella, que tuvo que jugar “el papel de los trotskistas (se refería a la URSS y al stalinismo), asesinados, acusados de traición. Cuando ellos negociaron con De Gaulle, era como traicionar (la causa), cuando lo hizo el FLN, se trataba de salvar el futuro de Argelia”. Todas las corrientes que atravesaron la lucha por la libertad de los argelinos, chocaron entre sí en un momento u otro. Y en esas líneas de disputa, nacionalistas árabes contra nacionalistas bereberes, laicos de izquierda contra fuerzas islámicas, insurgentes políticos contra militares de cualquier tiempo, estuvo Ben Bella. Su paso por el poder gubernamental no se prolongó. Sólo fue confirmado presidente en septiembre de 1963, un año después de la independencia, y fue desalojado por un golpe en 1965.En su trayectoria vital apasionante, se incluye su paso por la II Guerra Mundial. Le impusieron varias condecoraciones francesas por su valor, incluida medalla una impuesta por el propio De Gaulle. A su regreso, fue brevemente concejal; de inmediato se integró en los primeros grupos dispuestos a romper un sistema colonial especializado en brutalidades periódicas. Las matanzas que tuvieron lugar en Argelia (Sétif, mayo de 1945), por parte de bandas de colonos armados y de las fuerzas de seguridad francesas, del propio ejército en el que él había sido un héroe, le convencieron –definitivamente- de la necesidad de luchar por quebrar aquel sistema parecido al “apartheid”.
En 1949, se hizo con el control de una escisión del PPA, el MTLD (Movimiento para el Triunfo de las Libertades Democráticas). Participó en un asalto a la Central de Correos de Orán, para financiar su lucha, estuvo preso dos años por aquel atraco, hasta que escapó de la cárcel, para vivir después una trayectoria clandestina que le condujo a El Cairo, de Gamal Abdel Nasser, vivero en aquel tiempo de todos los nacionalismos árabes (entonces mayoritariamente radicales de izquierda, en aquellos días sólo con una mirada de reojo a un cierto islamismo minoritario). Si echamos un vistazo a su ficha policial de la época, encontramos: “BENBELLA Mohamed, llamado “Hemmided”, alias MEBTOUCHE Abdelkader – MEZZIANI Messaoud”. Y al final, simplemente: “Très dangéreux” (muy peligroso). Algunos historiadores le atribuyen un papel menor que “la criatura de Nasser” y la “pista egipcia” a la que se referían los informes policiales. “La policía no podía concebir aún la idea, sin precedentes, de que un terrorismo de masas pudiera convertirse en elemento desencadenante de la lucha anticolonial”.
Fue uno de los nueve jefes históricos de la insurrección del 1 de noviembre de 1954. En plena guerra por la independencia, de explosiones y terrorismo, sin que faltaran episodios terribles de luchas intestinas, fue capturado en el otoño de 1956, cuando viajaba en un DC 3 marroquí, un avión civil. Fue detenido junto a otros líderes históricos legendarios, como Mohammed Boudiaf (asesinado años más tarde en su propio país) y de Hocine Ait Ahmed (que sería víctima de sus camaradas y de las mismas disputas intestinas; pero que aún vive). Los medios franceses de la época mostraron sus fotos esposado, como si todo acabara allí. Pocos imaginaban que la historia apenas empezaba. Ben Bella estuvo en prisión hasta los acuerdos de paz de Evian (marzo de 1962, se acaban de cumplir 50 años).
Después, fue dirigente de primera hora, partidario de una tercera vía no alineada y “autogestionaria”, no siempre bien definida; pero sus posiciones personalistas, el estallido de las tensiones armadas con el vecino Marruecos (“la guerra de las arenas”, en el otoño de 1963) y las querellas internas, condujeron al fin brusco (mediante el golpe militar contra él) de la presidencia de Ben Bella. El historiador pied-noir Benjamin Stora lo define así: “Generoso, pero mal informado de las enormes tareas que había que realizar y resolver, Ben Bella introdujo “la autogestión” en un país que no estaba preparado ni política, ni materialmente”.
Dicen que carismático, pero también populista, entendió el entorno de enfrentamientos políticos atroces, no sus equilibrios. Tampoco las realidades económicas de un país que estaba devastado por el colonialismo, por la guerra más salvaje del poder colonial y por una historia inmisericorde. Su antiguo, estrecho colaborador, Mohamed Harbi define su paso por el poder: “El gusto por los cambios bruscos y totales, el rechazo de la acción política paciente, la preferencia de Ben Bella por las vías irregulares en la conducción de los asuntos públicos, todos esos factores nos llevaron directo hacia el golpe de Estado de Boumedienne”. Ben Bella fue detenido a la 1.30 de la madrugada del 19 de junio de 1965, cinco días antes de una cumbre asiático-africana en la que él era figura principal del Tercer Mundo rebelde y triunfante. Un golpe de Estado del coronel Houari Boumedienne (o Huari Bumedián) lo llevó de nuevo a la cárcel, hasta el 30 de octubre de 1980. Pasó después a situaciones de relativo arresto domiciliario, poco a poco, suavizado. En total, permaneció casi una cuarta parte de su vida encarcelado, por los franceses o por los propios argelinos.
Más tarde, desde su exilio de Ginebra, tuvo un regreso incierto a la vida política. Fundó el Movimiento por la Democracia en Argelia, que apenas tuvo impacto. Ya era sólo una figura del pasado, un icono del anticolonialismo. Denunció la corrupción de un régimen rehén del poder militar, trató de sugerir un diálogo imposible con los islamistas, el poder militar y la Argelia “laica”. Lo vimos regresar a la vida política en los años 80, envejecido pero de mirada aún tenaz, tratando de participar en el inseguro, nuevo, proceso multipartidista de Argelia. Era muy tarde. Era apenas una fotografía en las viejas enciclopedias. En Argelia, un retrato más apartado por la burocracia de los clanes en el poder, como Messali Hadj o Hocine Ait Ahmed.
En los finales de los 90, veíamos su figura desgarrada en algunos carteles electorales rotos. El MDA era una fuerza tan fantasmagórica como su fundador. En 1996 o 1998, cuando visitábamos los restos de un atentado en la Plaza de los Mártires o en Bentalha (uno de tantos lugares martirizados por una guerra civil no declarada por nadie), Ben Bella apenas estaba en la memoria de nadie. Argelia se enfrentaba a nuevos desgarros y apenas tenía fuerzas para recordar. Un pasado, quizá, herencia del trauma inmediatamente anterior.
Con ciertos vínculos a España, incluso por haber estado como militante clandestino y, brevemente, como refugiado, lo vimos en algún acto público. Un día lo esperamos tarde en el aeropuerto de Barajas (creo que era 1995 o 1996). Vísperas de la Nochevieja. Llegó en el último avión procedente de Ginebra. Fue muy amable con el periodista, pero nos pareció muy cansado. Terriblemente cansado. Habló apenas dos minutos. Casi pidió permiso para no hacer ninguna declaración: “Sólo quiero pasar unos días con familiares míos, en Alicante”, me dijo.
Quizá este periodista sabía que no podía ya decir nada, de todos modos. Y en el fondo sólo deseaba poder decirme que también vi aquel símbolo de la historia. Un combatiente duro en la necesidad, un político quizá contradictorio. Un ser humano, otro icono legendario de las luchas liberadoras, pero también atroces y sangrientas, de aquel ya viejo siglo XX. Descanse en paz. .
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“Sí, mi vida ha sido una vida de lucha. Puedo decir que nunca se detuvo un solo instante. Un combate que empecé cuando tenía 16 años. Ahora soy viejo, tengo 90 años, y mis motivos no han cambiado. Me impulsa el mismo fervor”, dijo Ahmed Ben Bella hace seis años. Ahora acaba de morir un símbolo del anticolonialismo y de las tragedias históricas de Argelia. Podemos tender a idealizar su figura, porque apenas estuvo dos años y medio en el poder; pero no por eso debemos olvidar tampoco sus graves errores políticos. Su participación plena en las tensiones internas, en la represión, incluso, de sus adversarios políticos.
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pacoaudije updated a blog entry Lise London: memoria...
Quand vous en serez au temps des cerises,
Si vous avez peur des chagrins d'amour,
Evitez les belles !
Moi qui ne crains pas les peines cruelles
Je ne vivrai pas sans souffrir un jour...
Quand vous en serez au temps des cerises
Vous aurez aussi des chagrins d'amour !LE TEMPS DES CÉRISES.
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Quand vous en serez au temps des cerises,
Si vous avez peur des chagrins d'amour,
Evitez les belles !
Moi qui ne crains pas les peines cruelles
Je ne vivrai pas sans souffrir un jour...
Quand vous en serez au temps des cerises
Vous aurez aussi des chagrins d'amour !LE TEMPS DES CÉRISES.
Luminoso. Así vi aquel rostro de una anciana que creía ya fallecida; desvanecida en las turbulencias del siglo XX. Pero estaba frente a mí de repente. Con estupor, pregunté a la historiadora Geneviève Dreyfus-Armand, que me acompañaba, si verdaderamente se trataba de Lise London. Estábamos en el extrarradio de París, en la fiesta de L’Humanité, aquel 13 de septiembre de 2003. Pude hablar con ella una media hora y le pedí que me dedicara el segundo volumen del libro de sus memorias (Le printemps des camarades). Lo que me escribió era casi una definición de su vida extraordinaria: “J’ai survécue aux combats de ma génération communiste, antifasciste “pour changer le monde”, il reste à changer ”.
Lise London nació en 1916 en Montceau-les-Mines, una localidad de tradición minera situada en Borgoña (centro-este de Francia). Su nombre originario era Elisa Ricol, hija de emigrantes aragoneses procedentes de Cuevas de Canart (provincia de Teruel). Su abuelo había sido un jornalero del campo; a ratos también carbonero y albañil, que había luchado del lado de los carlistas en la última de aquellas guerras (la Tercera Guerra Carlista). La madre de Elisa Ricol (Lise London) era muy católica. Su padre un hombre prácticamente analfabeto que –una vez en Francia, adonde llegó con 16 años- aprendió a leer (en francés), leyendo el diario comunista L’Humanité.
Militante de las Juventudes Comunistas del PCF, Elisa Ricol (Lise London), viajó a Moscú a los 18 años. Allí conoció a Artur Gerard London, de origen checo y judío, más tarde voluntario de las Brigadas Internacionales en la guerra de España. El derrumbamiento de la República española, fue su primera gran derrota; quizá la mayor de sus largas vidas de vencidos. Artur y Lise fueron después resistentes en la Francia ocupada. Él, tras ser detenido, fue internado en el campo de concentración de Mauthausen. Lise London y Gérard (como ella le llamaba) no se separaron nunca, hasta la muerte de él, en 1986; aunque los apartaran las luchas de la resistencia, los campos de concentración y –en etapa posterior- las cárceles estalinistas.
Lise London, tras ser detenida en el verano de 1942, fue deportada a otro campo de concentración, el de Ravensbrück. Y tras la II Guerra Mundial, ambos se fueron a vivir a Praga. Artur se convirtió en vice-ministro de Asuntos Exteriores de la Checoslovaquia comunista en 1949. No por mucho tiempo. La máquina de la inquisición estalinista condujo –dos años después- a prisión a aquel dirigente destacado. Brutalmente torturado, fue obligado a confesar que había participado en conspiraciones inventadas por el régimen estaliniano: una de las 14 víctimas de los famosos “procesos de Praga”. Once de las 14 personas falsamente acusadas terminaron ahorcadas. Lise se enteró de las acusaciones contra Artur cuando regresaba a su casa de Praga en el tranvía, leyendo el periódico. Nadie quiso escucharla en aquellos días terribles. Sus amigos y conocidos cambiaban de acera al verla. Aquella época resultó tan oscura que cuando escuchó la auto-confesión de Artur en la radio, declarándose “culpable”, llegó a dudar de él. También de sí misma. Con amenazas contra ellos y su entorno más cercano, las víctimas fueron obligadas a confesar sus falsos crímenes, mediante una declaración pública que habían preparado sus torturadores.
Tampoco el presidente Klement Gottwald, “camarada” hasta poco antes, hizo caso de sus súplicas por carta. Gottwald fallecería cinco días después de regresar del funeral de Stalin (en 1953, mientras Artur London permanecía en la cárcel). Su embalsamamiento fue un desastre y sus restos tuvieron que ser incinerados tiempo después. Todo un símbolo de una época que quedó suficientemente reflejada en las imágenes de propaganda difundidas en su funeral por el noticiero checoslovaco.
Artur London fue condenado a cadena perpetua. Se libró de la pena de muerte y pudo salir de la cárcel años después. Y regresó a Francia con su compañera en 1963. De aquella triste epopeya, nos dejaron varios libros-testimonio. Y quedó una película memorable, La confesión (1970), dirigida por Costa Gabras, con guión de Jorge Semprún-Artur London, y donde Yves Montand hacía el papel de Artur y Simone Signoret el de Lise.
Hoy todo aquello parece desvanecerse. Y la historia parece más sencilla, casi estúpida, maniquea para algunos. Pero aquello representó una difícil ruptura con la extendida complacencia que había en amplios círculos de la izquierda (no sólo comunista) hacia los crímenes estalinistas. Y sin embargo, sus protagonistas nunca dejaron de sentirse de izquierda. Lise London siguió fiel a su idea del comunismo resistente y liberador de sus primeros tiempos. En el año 2000, recuperó incluso su carnet del Partido Comunista Francés, en un Congreso que se celebró cerca de Marsella (en Martigues). Estimaba que el PCF se había alejado ya del estalinismo y ella misma asumió su parte de responsabilidad en el siniestro pasado común a la sombra de Stalin: “No vimos crecer el monstruo”, señaló en su discurso.
Pero hay que recordar que el manuscrito que terminaría convertido en película anti-estalinista, en esa terrible confesión (L’Aveu, en su título original), fue un testimonio guardado clandestinamente por Lise en los años duros de Praga. Un nuevo acto de resistencia contra otra opresión surgida entre su propio mundo, de sus propias entrañas ideológicas. “Lúcida, pero sin agresividad ni amargura, a pesar de las graves decepciones que conoció. En su mirada, podía leerse una determinación profunda, que le permitió atravesar algunos de los cruces de caminos más peligrosos de la historia, por medio de una fijación sin grietas en unos valores sólidos que explicaban –sin duda- su rara mezcla de seguridad en sí misma y de modestia”, dijo de ella el diario Le Monde (19 de septiembre de 2004).
De Lise London, me queda la imagen de sus cabellos blancos, aquel septiembre de 2003. También, la estampa de su enorme dignidad ante un mundo que -según creyó firmemente- había que cambiar.