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Miercoles, 2 de Enero de 2013

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Luis Fernando Fonseca

Luis Fernando Fonseca

Manifestarse es un riesgo si tomamos en cuenta que tener razón es tan difícil como navegar sin barca; además está el hecho de que este medio –por más global que sea– es un privilegio para quienes vierten sus opiniones en él, aunque lo aquí escrito se puede perder con el viento; queda la bella posibilidad de molestar al poder (político, mediático, fáctico) o la de resultar reiterativo y necio... Esos son mis objetivos: un periodismo fatalmente voluntario, nunca sensiblero ni caprichoso, que se sumerja en este no-lugar sin papel en donde no hace falta tinta para naufragar.
- 5 meses antes
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  • Supe de Leonardo Favio cuando el sentir de sus canciones, sus nostalgias y desamores, aún no llegaban a mi vida. Cuando para mí eran anécdotas irreales e inalcanzables, mas no extrañas. Lo escuché en la niñez: su voz salía de los parlantes de un radio viejo junto al ronquido soporoso de la aguja bailando sobre el vinil.

    Sobre una torre de casetes viejos, con chaleco de mezclilla y un pañuelo en la cabeza, era el héroe imposible, distante. Inmenso en los altavoces de las iglesias de pueblo, rocolas de cantina o sucios karaokes desde donde alegraba a mi gente con sus lamentos (escribo en el país que ríe del desencuentro)

    Se ha ido, Leonardo, sin que la mayoría de ecuatorianos hayamos visto sus películas tanto como hemos tarareado sus canciones. Lo conocimos por esa música de la nostalgia que rebusca en lo cotidiano lo que es digno de relatarse. Lo patético, su impulsividad insalvable en mágica recreación histriónica. Aquello que se reconoce desde la infancia, que se anhela desde tempranas edades: antes de ganar, yo aprendí a perder con Favio, con su dignísimo método para adornar el sufrimiento.

    Es que la balada romántica es un juego, con reglas y villanos inverosímiles y un protagonista-perdedor discreto, al quien ya no veo ni encuentro en estos tiempos. Es la huella de los setenta, es vivir la nostalgia fantástica de una pérdida en un lamento. Es una amarga cursilería que ya no existe o sobrevive escondida en estos tiempos de brevedades virtuales y fingimientos...

    Hay mucho qué decir sobre Leonardo Favio, sobre la rubia del cabaret, la poesía de la Zenaida o el pajarillo aquel. Será mejor decirlo en la calle, copa en mano, en cada esquina –que nos han quitado las cantinas–. No interpelarlo, solo escucharlo, verlo de lejos –en la gran pantalla– porque si para hablar con ‘Gatica’ hay que pedir cita, para hablar con Favio habrá que pasar a otra vida.

    myblog 56 días antes
  • Un gol de Narciso Mina acompañó la desaparición del último resquicio de la muerte de Cristian Calvache en la memoria de los ecuatorianos. El encuentro entre Barcelona y Liga de Quito, uno de los partidos que más euforia despierta, bastó para dar vuelta a la página de este hecho acaecido en el estadio del equipo blanco a inicios del mes de marzo. Así es el fútbol.

    Los conflictos que rodean a este deporte no le restan seguidores, al contrario, parece que avivan el juego al revestir a los jugadores con causas simbólicas originadas en regionalismos, chauvinismos, guerras (provocadas o eternizadas en las canchas), diferencias religiosas o ideológicas, y hasta prejuicios de clase o raciales. también incluye ser indiferente ante casos de violencia dentro y fuera de los estadios, escándalos de corrupción que van de la extorsión al narcotráfico o –lo que más facilita la impunidad sobre estos acontecimientos– al tráfico de influencias.

    La historia del 'deporte rey' deja un oscuro panorama, pero en Ecuador aún no conocemos de cerca todas esas experiencias. A pesar de que existe el riesgo de caer en estas perversiones –dado el dinamismo con que los medios se hacen eco de una “pasión” que aún no trasciende los tres días luego de cada cotejo o las ínfulas con que la Federación Ecuatoriana de Fútbol promueve el campeonato en la 'Serie A'– todavía es posible ver a familias que acuden a los partidos, y a otros tantos grupos de personas para quienes hasta los 'superclásicos' pasan desapercibidos. Por eso, sirve poco analizar al fenómeno social del fútbol desde las mismas perspectivas que se aplican en Argentina, Inglaterra o Italia, lugares en que las condiciones son diferentes.

    * * * * *

    En un capítulo de la serie norteamericana The Simpsons, un agresivo spot televisivo orilla a la familia de Homero a un partido de fútbol. Antes de que empiece el encuentro todo el pueblo de Springfield está emocionado en los graderíos de un estadio que seguramente no se construyó para ese espectáculo tanto como para el béisbol o el fútbol americano. Luego del pitazo inicial el balón recorre la cancha sin producir emociones al punto que los asistentes comienzan a aburrirse. Moe, uno de los espectadores, se harta de la situación y decide marcharse cuando, de la nada, agrede a quien le dijo que espere, que “hay salidas para todos”. La violencia se expande y Willie, en compañía de sus amigos escoceses, interviene en una pelea ya imparable. Provocan disturbios en la ciudad; Homero Simpson se esconde con los suyos en casa pero teme que alguien entre. Ante una hipotética agresión ¡el jefe de familia termina comprando una arma para esquivar la violencia!

    El personaje central de la serie no interviene en la gresca, se acobarda al ver la dimensión del fervor de una muchedumbre que se olvidó del cotejo. Sin apuntalar el prejuicio que los autores de este relato ficticio tienen contra quienes disputan el balón (al menos en la edición doblada al español los muestran con notable acento brasileño) el que el protagonismo se desplace a los asistentes es revelador. Como cuando desde la vorágine de tensiones previa a un partido a muchos deja de interesarles la alineación titular, la tabla de posiciones, la hora en que empezará el encuentro, el resto de hinchas, sus propias familias y aquello del fútbol que era un rito de noventa minutos se disuelve en la búsqueda de cualquier enfrentamiento ajeno al fair play.

    Por otro lado, el fútbol europeo, con todas las restricciones que encierra en la actualidad, roza una perfección que a los latinoamericanos nos resulta tediosa. Los faults son técnicos y no admiten las habilidades histriónicas de los jugadores, que rara vez transgreden el orden establecido por el entrenador del equipo; los hinchas ven el partido sentados en butacas frías y no se trepan a las mallas porque no existen, son invisibles: las conforman los circuitos cerrados de televisión, la seguridad privada, la policía montada y la presión de quienes solo quieren ver el espectáculo sin ser parte del mismo. Buenas costumbres que hoy nos resultan inadmisibles a la hora de presenciar las hazañas de un equipo. En definitiva, no se puede llegar a una solución por el mismo camino que ellos.

    Nos hemos habituado a madrugar al fútbol para ganar un espacio en los escasos parqueaderos adyacentes al campo de juego; a guardarle el puesto a los conocidos que, por alguna razón siempre extraña en domingo, llegan a pocos minutos del inicio del encuentro; a comer y beber lo que encontremos durante el partido, sin que nos importe que los deshechos terminen en el torso de otros asistentes cuando un árbitro “nos perjudica” con sus malas decisiones. Hemos aprendido a lidiar con aquellas jugadas que del infarto pasan al ridículo; con los dramas de los jugadores: sus desavenencias con los colores, con sus parejas, con sus hijos, con el Estado... pero a lo que no debemos acostumbrarnos es a las agresiones, al hedor de la mariguana mezclada con el alcohol en un sitio que no es el apropiado para su expendio ni consumo; a ver bandas que labran sus diferencias en las calles e involucran a cada hinchada en sus enfrentamientos de 'barra brava'; a importar lo peor de Buenos Aires, ciudad cuna de los más famosos grupos violentos que, hermanados con sus equipos-asociaciones, jamás consideran el saldo de muertes al año que dejan sus encuentros y en donde sus líderes sirven a varios políticos en mítines, amenazas, retaliaciones y cánticos para dar fuerza a la empresa que forma parte de un engranaje comercial en que lo humano se esfuma y se disfraza de pasión para delinquir.

    * * * * *

    Muchas cosas han cambiado desde el otrora relato radiofónico que nos encantaba con su transmisión sonora del color y olor de las comidas típicas que se vendían en las explanadas del Estadio Atahualpa. Eso que antes era felizmente extraordinario ha sido remplazado por comentarios inocuos de muchos “periodistas” del fútbol a quienes deberían prohibirles el opinar sobre acontecimientos que no tengan que ver con el grito de gol. La ausencia de argumentos acerca de un fenómeno que atraviesa a la sociedad, desde lo gubernamental hasta lo marginal, hace que veamos como normal la propagación de asesinatos y heridos en cada cotejo por más ‘amistoso’ que sea.

    Y aunque uno reflexiona sobre lo bueno y lo malo del balompié a tiempo completo –en eso ayudan mucho los medios y esa costumbre de amenizar las horas de trabajo o estudio recordando los partidos de fin de semana– todo se diluye en el olvido cuando empieza un nuevo partido y se vuelven a cometer los mismos errores impulsados por el mismo resentimiento de cotejos pasados que alguna vez prometimos evadir. Es como el consumo de alcohol para quienes es un vicio: solo la resaca hace que se arrepientan de lo cometido pero eso pasa y la sed se renueva insensibilizándolos periódicamente. Haciendo posible que una persona que fue al estadio de Liga Deportiva Universitaria, a ver el fútbol, no regrese a su casa. Una muerte tan absurda que provocó los más variados rumores en las redes sociales que usan los fanáticos tanto como los dirigentes y sus detractores. (Solo por poner un ejemplo, el Ministro del Interior anunció la captura del supuesto autor del crimen, de forma no oficial, a través del twitter)

    Lo que más sorprende es que se siga endilgando a la sociedad entera el problema de la violencia cuando las particularidades del fútbol dan para que los estadios sean espacios de confrontación simbólica que, a su vez, determinan otro tipo de enfrentamientos como es el caso de la persona fallecida por una agresión física de un seguidor de su propio equipo. Tampoco es novedad la negligencia de los rescatistas que tardaron una hora en trasladarlo al Hospital Pablo Arturo Suarez, muy cercano a la 'Casa Blanca'. Lo peor es que por más apertura que muestre la dirigencia al ser investigada por la Policía Judicial y la Fiscalía, el acceso a la información disminuye si se toma en cuenta que el hecho involucra a la parte que podría ser responsable: Un joven aficionado es asesinado por otro hincha en el estadio de Liga, lo transportan a la ambulancia en camilla y es registrado por las cámaras del mismo club además de las de Teleamazonas (canal que posee los derechos de transmisión), lo atienden en un hospital que dirige el médico oficial de LDU ante la atención del Ministro de deportes, ex jugador de la 'U'

    El que el agresor no haya pertenecido a la barra no es excusa para inculpar a un posible “infiltrado”, ni para descartar que una sección de la 'Muerte Blanca' seguiría la lógica del pandillaje. Eso refuerza la idea de que esa ala estaría conformada por quienes se han asegurado un sentido de pertenencia originado en alguna carencia afectiva que solo el grupo subsanó a través de la identificación colectiva. Esta especie de 'tribu' aún no asume las posturas radicales que aquejan a otros países no obstante sus discursos de lealtad incondicional, una muestra de esto es el lema “ni la cárcel ni la muerte pararan esta pasión” que usan novatos e integrantes más antiguos en camisetas, pintadas, grafitis y discos sin haber estado privados de su libertad y sin glorificar a los “mártires” de su trajinar en las tribunas. Más problemática resulta la intención de toda barra de alcanzar las prácticas de sus similares foráneos, o la reiterada voluntad de igualarlos desde los medios (en la televisión ilustraron el acontecimiento del cuatro de marzo con imágenes de enfrentamientos en México y otros países que, aunque llaman mucho la atención, descontextualizan lo que está pasando a escala local).

    La ética de la violencia que muestran algunos de los involucrados en estos eventos también es cuestionable. Las incitaciones mediáticas del tipo “se batirán en un clásico sin precedentes” o los insultos callejeros no tienen el efecto normalizador de la violencia que tiene la disposición a la pelea de algunos hinchas. El conformarse frente a posibles ataques o venganzas entre barras es dar cabida a escenarios en que podrían aparecer heridos de gravedad, muertos y la consecuente –y siempre desmedida– represión policial. Tampoco quiero decir que no debe haber control puesto que un grupo organizado requiere de una vigilancia coordinada si se contemplan probables daños a terceros, un problema que, en el mundo, ha tenido su origen en la década de los sesenta con un recrudecimiento progresivo y un declive que cada vez parece más incierto al revisar recientes casos aislados.

    * * * * *

    Las soluciones planteadas no pasan de la burda sensiblería que exige, solo en el discurso, “sanciones drásticas” para los infractores. Pero si esos castigos van en contra del equipo (suspensiones temporales de fechas en sus sedes, multas u otras amonestaciones) los primeros en quejarse de la ‘reprimenda injustificada’ son los dirigentes para quienes estas penas son una razón de peso para victimizarse. No toman en cuenta que el privarles del uso de los escenarios en donde actúan de locales sirve para alejar a un sector del público de los lugares en que pierden eventualmente cualquier consideración hacia sus rivales en pos de una guerra simbólica que puede exceder los límites de la competencia deportiva, más allá de que su estado de ánimo dependa de los resultados.

    Una actitud contra la violencia que parece surgida de una experiencia radical y que podría ser eficiente es la sugerida por Edgardo Bauza, director técnico de Liga. Propuso enfrentar a quienes constituyen un peligro prohibiéndoles el ingreso, impidiendo el uso de bebidas alcohólicas, mejorando la vigilancia y endureciendo las penas si delinquen en los escenarios deportivos. Medidas que se han tomado con relativo éxito en Argentina y que podrían acabar con los riesgos. Además, deberían rediseñarse varios escenarios deportivos sin esa meta ilusa planteada por la Federación de eliminar las mallas como en el fútbol inglés porque, admitámoslo, el refuerzo de la guardia puede suplir a las barreras pero cualquier desorden se les puede ir de las manos si una turba decide actuar por fanatismo. La cosa empeora si no hay quien garantice que el ineficiente sistema judicial que tenemos condene a cualquier implicado de forma oportuna, y si la pena es contundente y bien aplicada tampoco asegura una rehabilitación y menos la posterior reintegración del infractor a la sociedad.

    En fin, se trata de evitar que el vandalismo aislado se convierta en crimen organizado y que la agresividad fiestera de las gradas se torne violencia incontrolable, sin mostrar simpatía por quienes le encuentran un sentido a la vida en el combate físico a través de una puñalada, atentado o disparo.

    * * * * *

    Cinco semanas después de la muerte de un hincha en Quito, Liga empató el marcador en Guayaquil frente al Barcelona en el minuto ochenta y nueve. La desazón del inicio –cuando en el minuto dos los amarillos anotaron un penal– se eclipsó y dejó conforme a la mayoría visitante. Durante varios días se repasarán los mejores momentos del partido, se discutirá sobre las 'jugadas polémicas' y se repetirán los goles, ejes de un distracción basada en un odio fugaz que reaparece entre quienes, sin haber soñado con ser futbolistas y ganar grandes sumas de dinero, quisieron acercarse a la cúpula del equipo de sus amores de forma no convencional, a través de las barras, sin más retribución que el gesto que los jugadores muestran al salir victoriosos a reconocer el apoyo de la hinchada.

    myblog 57 días antes
  • I

    —Quito es más neurótica que Bogotá (...) Si (Augusto) Barrera fuese alcalde en mi país, los medios le darían palo todos los días—sentenció Omar Rincón, comunicólogo y crítico de televisión colombiano, hace un año. Fue un mal presagio. Con clima y topografía similares, su distrito capital –santafesino– sortea mejor las peripecias urbanas que el nuestro –franciscano– a pesar de tener cinco millones más de habitantes.

    No es novedad. Vaciada de ciudadanía, la ciudad serrana carece de lugares de encuentro (la gente solo se concentra en la zona –roja y rosa– del barrio La Mariscal para la vida nocturna) y padece la violencia como una crisis cotidiana (se acostumbró al roce y al insulto en el transporte público, a la puteada general entre bocinazos sobre las calles concurridas, y, a las reacciones catárticas de choferes contra peatones)

    Los fines de semana Quito es desolada y vacía; los días laborables está viciada por la inmovilidad, el tráfico, la aglomeración, el esmog y la delincuencia. Es un escenario de callejuelas estrechas y terreno sinuoso digno de compararse con el purgatorio pero, durante septiembre de 2012, se convirtió en una recreación criolla del apocalipsis, un infierno rodeado de incendios forestales con un extremo temporal seco como telón de fondo.

    Si el 30-S (día de la protesta policial en contra del gobierno de Rafael Correa en 2010) los capitalinos se conformaron con sacar a los guaguas (niños) de la escuela y ¡allá que se maten! dos años después tuvieron que soportar unidos, revueltos, los veintiocho grados Celsius que los asolaron como balas caídas del cielo. Por la nula humedad que caracteriza al calor interandino esta época no es comparable a la Costa ni a su desenvoltura. Lo que, junto al curuchupismo (conservadurismo) y mojigatería, hace a este lugar insoportable, sofocante.

    Otra barrera quiteña es el hecho de que los nativos de la ciudad –otrora llamados chullas– creen tener derechos exclusivos sobre los espacios públicos. A pesar de que, según el Instituto Nacional de Estadística y Censos, el treinta y cinco por ciento de la población nació fuera del cantón –es chagra– hay quienes creen que hay que nacer en la urbe para pertenecer a ella.

    Pero a Quito los inmigrantes internos y su desconocimiento de las costumbres citadinas (agresividad, malgenio, impuntualidad) le dan color. Eso explica que muchas personas esquivaran el fuego septembrino de este año viajando a las parroquias rurales de la periferia. Volviendo a la llacta, a lo que consideran sus raíces y dejan de lado al permanecer en el averno urbano.

    * * * * *

    En los pueblos que el poder denominó “ciudades satélites” –irrisorio porque apenas están urbanizándose– la vida transcurre lentamente. Muchos lugareños se levantan antes de que amanezca ya que deben hacer largos viajes para llegar a sus trabajos o lugares de estudio. (Solo un tramo de la vía Interoceánica, al nororiente de la provincia de Pichincha, cruza Cumbayá –donde vive, amurallada, la gente con más plata de Quito–, Tumbaco, Pifo, Puembo, Yaruquí, Tababela y Checa)

    Son comunidades variopintas que comparten costumbres y ritos, como tener devoción a un santo, virgen o Cristo específico y conmemorarlo una vez al año, adicional a las fiestas de parroquialización que se dan durante varios fines de semana a lo largo de casi un mes.

    En septiembre Yaruquí y Tababela están de fiesta, respectivamente. Los festejos incluyen desde peleas de gallos hasta elección de la reina. Hay desfiles y comparsas, procesiones, misas, quema de castillos y chamiza, juegos pirotécnicos, pase del chagra (desfiles de jinetes) y toros de pueblo. Todo termina en verbenas que amenizan las bandas de pueblo locales con música popular, parecida al fandango español, que –por su complejo– los chullas solo bailan cuando están chumados, cuando aceptan su matriz indígena.

    El mestizaje está latente en las familias y amigos que se dan cita en la plaza central (en esta parte de la serranía ecuatoriana aún es costumbre saludar a los desconocidos, resolver los problemas en conjunto, organizar la vecindad); la comunidad contrasta con el cosmopolitismo capitalino que no constituye garantía alguna para el debate, diálogo o alguna identificación –ya no hay identidad– amistosa e incluyente.

    II

    La vida de barrio es precaria en la capital del Ecuador. Sobresalen las canchas de fútbol, básquet y ecuavóley (una modalidad autóctona del vóleibol); las aguardentosas cantinas del Centro Histórico; y, las huecas que incluyen mercados tradicionales y algunos restaurantes clandestinos.

    De sabores y olores

    El almuerzo quiteño es una tortura dietética. Como para extremar el peor día de la semana, es común encontrar sopa de arroz de cebada en el menú de cada lunes. Por eso, quien respeta el paladar debe invertir en “platos a la carta” entre los que se pueden encontrar manjares como:

    - Caldos de: 31, tronquito; gallina, menudencias; pata; y, morcilla –a veces acompañado de menudo–.

    - Locros: solos, con queso; de cuero; y, yahuarlocros.

    - Secos: de chivo; de pollo –asado o estofado–; librillo, guatita, churrascos, y, apanados.

    - Hornado, fritada, o, papas con cuero.

    (En las parroquias la carnicería se extiende en una rica variedad de presentaciones para el cuy y el conejo: asados, a la paila, estofados o en locro).

    Pero el aroma de la comida típica se pierde en el olor fúnebre del río Machángara, hedor a flores marchitas de tumba que desentona con el incienso y el chagrillo (centenares de pétalos multicolores) que le lanzan a la virgen sus fieles parroquianos en procesión. En Checa lo hacen por el día de las Mercedes, a mediados de septiembre. Son ritos y tradiciones que recuerdan 'El Laberinto de la Soledad' del mexicano Octavio Paz,

    donde los Cristos ensangrentados de las iglesias pueblerinas, el humor macabro de ciertos encabezados de los diarios, los “velorios”, la costumbre de comer el Dos de Noviembre panes y dulces que fingen huesos y calaveras –“guaguas” enteras en nuestro país–, son hábitos, heredados de indios y españoles, inseparables de nuestro ser.

    Nuestro culto a la muerte es culto a la vida, del mismo modo que el amor, que es hambre de vida, es anhelo de muerte. El gusto por la autodestrucción no se deriva nada más de tendencias masoquistas, sino también de una cierta religiosidad.

    De sonidos y colores

    Mientras el ruido ensordecedor de los aviones cae sobre la oscura metrópoli, cerca del aeropuerto aún no inaugurado brilla melodioso un reflejo de antaño. En Tababela apenas se oyen voces de chagras y relinchos. Hombres que cabalgan con las huascas enrolladas del pomo de sus monturas hasta las tarabas, rozando sus botas, enredándose en las espuelas con que pican a la cabalgadura –árabe o andaluza– para vencer el viento a más de dos mil metros sobre el nivel del mar. Pero las ascuas y brasas opacaron este escenario de western criollo, hace unas semanas.

    Por obra de manos ofensivas y del cambio climático, las llamas arreciaron en abismos recónditos y bordes de quebradas. Allende los márgenes de un lugar que Jorge Velasco Mackenzie retrató –en su 'Tatuaje de Naúfragos'como el valle de la muerte pero en la altura, donde una mano de gigante se agarra de la montaña para salvarse: la ciudad vigilada por el volcán que suelta fumarolas iguales a las que despiden fogatas inusitadas desde los cerros, este septiembre.

    Grisuras sofocantes

    Hace algunas décadas, los hogares serranos en que alguien moría eran reconocibles por un lazo negro, grande, que se ponía sobre sus puertas. Era una señal de luto que aún se preserva como tradición en Checa. Una familia colocó la lóbrega insignia encima de un dintel amarillo, flanqueado por ladrillos pintados de rojo y blanco. El contraste que formaron estos colores se parece al que apareció, muy cerca de ahí, el día en que las llamas llegaron desde Yaruquí.

    A mediados del mes pasado Pedro, un campesino del lugar, sacaba con premura un colchón, una televisión, y, una decena de camisas y jeans vaqueros mientras las ramas de un árbol encendido golpeaban su techo. La desgracia parecía inevitable. Pero una hora después este anciano veía sosegado cómo las llamas se alejaban por obra de la caprichosa ventisca que las avivó. Él no perdió su casa a pesar de que, en los últimos noventa días, los incendios destruyeron casi cuatro mil hectáreas de vegetación en Ecuador.

    * * * * *

    En la carretera, se escuchan rumores de que varias personas se han suicidado lanzándose al río Chiche desde el puente que une a Quito con las parroquias nororientales. Es irónico, pero el fin voluntario de muchos podría estar en medio de la vía que conduce al campo (símbolo de la esperanza) lejos del asfalto, los muros y la desolación.

    Hay tragedias inevitables –como los desastres naturales– pero la marginación es un vicio que se pueden extirpar precaviendo sus mortales efectos.

    @lffonsecal

    Este artículo fue publicado en dos entregas, los días cuatro y cinco de octubre, en la edición digital de http://gkillcity.com

    myblog 62 días antes
  • I

    —Quito es más neurótica que Bogotá (...) Si (Augusto) Barrera fuese alcalde en mi país, los medios le darían palo todos los días—sentenció Omar Rincón, comunicólogo y crítico de televisión colombiano, hace un año. Fue un mal presagio. Con clima y topografía similares, su distrito capital –santafesino– sortea mejor las peripecias urbanas que el nuestro –franciscano– a pesar de tener cinco millones más de habitantes.

    No es novedad. Vaciada de ciudadanía, la ciudad serrana carece de lugares de encuentro (la gente solo se concentra en la zona –roja y rosa– del barrio La Mariscal para la vida nocturna) y padece la violencia como una crisis cotidiana (se acostumbró al roce y al insulto en el transporte público, a la puteada general entre bocinazos sobre las calles concurridas, y, a las reacciones catárticas de choferes contra peatones)

    Los fines de semana Quito es desolada y vacía; los días laborables está viciada por la inmovilidad, el tráfico, la aglomeración, el esmog y la delincuencia. Es un escenario de callejuelas estrechas y terreno sinuoso digno de compararse con el purgatorio pero, durante septiembre de 2012, se convirtió en una recreación criolla del apocalipsis, un infierno rodeado de incendios forestales con un extremo temporal seco como telón de fondo.

    Si el 30-S (día de la protesta policial en contra del gobierno de Rafael Correa en 2010) los capitalinos se conformaron con sacar a los guaguas (niños) de la escuela y ¡allá que se maten! dos años después tuvieron que soportar unidos, revueltos, los veintiocho grados Celsius que los asolaron como balas caídas del cielo. Por la nula humedad que caracteriza al calor interandino esta época no es comparable a la Costa ni a su desenvoltura. Lo que, junto al curuchupismo (conservadurismo) y mojigatería, hace a este lugar insoportable, sofocante.

    Otra barrera quiteña es el hecho de que los nativos de la ciudad –otrora llamados chullas– creen tener derechos exclusivos sobre los espacios públicos. A pesar de que, según el Instituto Nacional de Estadística y Censos, el treinta y cinco por ciento de la población nació fuera del cantón –es chagra– hay quienes creen que hay que nacer en la urbe para pertenecer a ella.

    Pero a Quito los inmigrantes internos y su desconocimiento de las costumbres citadinas (agresividad, malgenio, impuntualidad) le dan color. Eso explica que muchas personas esquivaran el fuego septembrino de este año viajando a las parroquias rurales de la periferia. Volviendo a la llacta, a lo que consideran sus raíces y dejan de lado al permanecer en el averno urbano.

    * * * * *

    En los pueblos que el poder denominó “ciudades satélites” –irrisorio porque apenas están urbanizándose– la vida transcurre lentamente. Muchos lugareños se levantan antes de que amanezca ya que deben hacer largos viajes para llegar a sus trabajos o lugares de estudio. (Solo un tramo de la vía Interoceánica, al nororiente de la provincia de Pichincha, cruza Cumbayá –donde vive, amurallada, la gente con más plata de Quito–, Tumbaco, Pifo, Puembo, Yaruquí, Tababela y Checa)

    Son comunidades variopintas que comparten costumbres y ritos, como tener devoción a un santo, virgen o Cristo específico y conmemorarlo una vez al año, adicional a las fiestas de parroquialización que se dan durante varios fines de semana a lo largo de casi un mes.

    En septiembre Yaruquí y Tababela están de fiesta, respectivamente. Los festejos incluyen desde peleas de gallos hasta elección de la reina. Hay desfiles y comparsas, procesiones, misas, quema de castillos y chamiza, juegos pirotécnicos, pase del chagra (desfiles de jinetes) y toros de pueblo. Todo termina en verbenas que amenizan las bandas de pueblo locales con música popular, parecida al fandango español, que –por su complejo– los chullas solo bailan cuando están chumados, cuando aceptan su matriz indígena.

    El mestizaje está latente en las familias y amigos que se dan cita en la plaza central (en esta parte de la serranía ecuatoriana aún es costumbre saludar a los desconocidos, resolver los problemas en conjunto, organizar la vecindad); la comunidad contrasta con el cosmopolitismo capitalino que no constituye garantía alguna para el debate, diálogo o alguna identificación –ya no hay identidad– amistosa e incluyente.

    II

    La vida de barrio es precaria en la capital del Ecuador. Sobresalen las canchas de fútbol, básquet y ecuavóley (una modalidad autóctona del vóleibol); las aguardentosas cantinas del Centro Histórico; y,  las huecas que incluyen mercados tradicionales y algunos restaurantes clandestinos.

    De sabores y olores

    El almuerzo quiteño es una tortura dietética. Como para extremar el peor día de la semana, es común encontrar sopa de arroz de cebada en el menú de cada lunes. Por eso, quien respeta el paladar debe invertir en “platos a la carta” entre los que se pueden encontrar manjares como:

    -          Caldos de: 31, tronquito; gallina, menudencias; pata; y, morcilla –a veces acompañado de menudo–.

    -          Locros: solos, con queso; de cuero; y, yahuarlocros.

    -          Secos: de chivo; de pollo –asado o estofado–; librillo, guatita, churrascos, y, apanados.

    -          Hornado, fritada, o, papas con cuero.

    (En las parroquias la carnicería se extiende en una rica variedad de presentaciones para el cuy y el conejo: asados, a la paila, estofados o en locro).

    Pero el aroma de la comida típica se pierde en el olor fúnebre del río Machángara, hedor a flores marchitas de tumba que desentona con el incienso y el chagrillo (centenares de pétalos multicolores) que le lanzan a la virgen sus fieles parroquianos en procesión. En Checa lo hacen por el día de las Mercedes, a mediados de septiembre. Son ritos y tradiciones que recuerdan <<El Laberinto de la Soledad>> del mexicano Octavio Paz,

    donde los Cristos ensangrentados de las iglesias pueblerinas, el humor macabro de ciertos encabezados de los diarios, los “velorios”, la costumbre de comer el Dos de Noviembre panes y dulces que fingen huesos y calaveras –“guaguas” enteras en nuestro país–, son hábitos, heredados de indios y españoles, inseparables de nuestro ser.

    Nuestro culto a la muerte es culto a la vida, del mismo modo que el amor, que es hambre de vida, es anhelo de muerte. El gusto por la autodestrucción no se deriva nada más de tendencias masoquistas, sino también de una cierta religiosidad.

    De sonidos y colores

    Mientras el ruido ensordecedor de los aviones cae sobre la oscura metrópoli, cerca del aeropuerto aún no inaugurado brilla melodioso un reflejo de antaño. En Tababela apenas se oyen voces de chagras y relinchos. Hombres que cabalgan con las huascas enrolladas del pomo de sus monturas hasta las tarabas, rozando sus botas, enredándose en las espuelas con que pican a la cabalgadura –árabe o andaluza– para vencer el viento a más de dos mil metros sobre el nivel del mar. Pero las ascuas y brasas opacaron este escenario de western criollo, hace unas semanas.

    Por obra de manos ofensivas y del cambio climático, las llamas arreciaron en abismos recónditos y bordes de quebradas. Allende los márgenes de un lugar que Jorge Velasco Mackenzie retrató –en su <<Tatuaje de Náufragos>>– como el valle de la muerte pero en la altura, donde una mano de gigante se agarra de la montaña para salvarse: la ciudad vigilada por el volcán que suelta fumarolas iguales a las que despiden fogatas inusitadas desde los cerros, este septiembre.

    Grisuras sofocantes

    Hace algunas décadas, los hogares serranos en que alguien moría eran reconocibles por un lazo negro, grande, que se ponía sobre sus puertas. Era una señal de luto que aún se preserva como tradición en Checa. Una familia colocó la lóbrega insignia encima de un dintel amarillo, flanqueado por ladrillos pintados de rojo y blanco. El contraste que formaron estos colores se parece al que apareció, muy cerca de ahí, el día en que las llamas llegaron desde Yaruquí.

    A mediados del mes pasado Pedro, un campesino del lugar, sacaba con premura un colchón, una televisión, y, una decena de camisas y jeans vaqueros mientras las ramas de un árbol encendido golpeaban su techo. La desgracia parecía inevitable. Pero una hora después este anciano veía sosegado cómo las llamas se alejaban por obra de la caprichosa ventisca que las avivó. Él no perdió su casa a pesar de que, en los últimos noventa días, los incendios destruyeron casi cuatro mil hectáreas de vegetación en Ecuador.

    * * * * *

    En la carretera, se escuchan rumores de que varias personas se han suicidado lanzándose al río Chiche desde el puente que une a Quito con las parroquias nororientales. Es irónico, pero el fin voluntario de muchos podría estar en medio de la vía que conduce al campo (símbolo de la esperanza) lejos del asfalto, los muros y la desolación.

    Hay tragedias inevitables –como los desastres naturales– pero la marginación es un vicio que se pueden extirpar precaviendo sus mortales efectos.

    @lffonsecal

    Este artículo fue publicado en dos entregas, los días cuatro y cinco de octubre, en la edición digital de http://gkillcity.com

    myblog 62 días antes
  • ¿Conoce usted Colombia?... pues la tierra del realismo mágico –por antonomasia– no se conoce por sus ofertas turísticas o las narco-telenovelas, se accede mejor a sus entrañas a través de la narrativa de no ficción de un gran maestro del género que podría ser –cada vez toma más fuerza la idea– el nuevo boom latinoamericano: la crónica, el periodismo narrativo.

    Cuando Ryszard Kapuściński dijo que “para ejercer el periodismo, ante todo, hay que ser un buen hombre o una buena mujer: buenos seres humanos” debió haber pensado en personas como Alberto Salcedo Ramos. Para el cronista colombiano el periodismo de inmersión deriva del buen trato con los personajes que quiere retratar, el contar historias es un vicio a tiempo completo y la empatía es inherente al “oficio más bello del mundo” (Albert Camus)

    Esto lo supe desde que me acerqué a ‘La última pelea de Ruddy Escobar’, el primer nocaut que recibí de la crónica latinoamericana, esa verdad con estilo que para este <<nuevo cronista de indias>> es una costumbre que cumple con maestría. Pero usted, amigo lector, solo podrá comprobarlo cuando lea su última antología (Aguilar, 2011) y escuche los golpes que un entrañable Rocky Valdez le daba a un buque acorazado, relámpagos que escuchaba Salcedo desde el palo mayor donde se sitúa para observar las tragedias, dificultades, deseos e intenciones que aquejan a los hombres cuando naufragan en galeras movidas por la fe, la esperanza o la tozudez.

    Desde ese lugar privilegiado será difícil que se le escapen historias de perdedores o de dedos mutilados que no pudieron ser mariposas y, como en todo barco, habrá un bufón extraordinario (Salomón Noriega Cuesta, “Chivolito”), un enfermero (William Pérez) y un juglar (Diomedes Díaz)... es el navío de ‘La Eterna Parranda’ que capitanea un barranquillero y al que no pude dejar de abordar en la semana que arribó al Ecuador.

    Vino para dar un taller de crónica cultural (es miembro de la Fundación Nuevo Periodismo Iberoamericano) y luego de anclarse en la memoria de muchos gracias a su narrativa, nos atrapó en la red de su creatividad para enseñar. Trampa que teje y desteje al <<desaparecer entre la gente>>, al mimetizarse con el paisaje a pesar de su gran estatura o de su voz que retumba carrasposa en los pasillos de CIESPAL, en los recovecos del Museo Metropolitano o sobre las mesas de alguna cafetería quiteña. Pero el cañonazo lo lanzó en la presentación de su libro, la noche del jueves, doce de abril, cuando entrada la noche leyó entre lágrimas, suyas y de los asistentes, ‘Las verdades de mi madre’ esa confesión entrañable de una vivencia que solo vuelve a flote en el recuerdo de quien pierde a un ser amado.

    Momentos antes estaba tenso, la lluvia lo incomodaba y no dejaba de pasearse por el aula que usó toda la semana. El también escritor Juan Fernando Andrade le rindió un tributo al entrevistarlo. Nadie mejor que el autor de una crónica que se hizo película (‘Pescador’ 2011) para presentar el evento. Los libros llegaron sanos y salvos después de quedarse varados en la aduana. Entre risas los ponentes empezaron a hablar del chisme, Alberto reconoció y saludó cordialmente a sus compatriotas y leyó “lo más difícil que ha escrito en (su) vida”. Escribió así una nueva página con lágrimas pero también con sangre ya que el boxeo no le es ajeno en sus travesías. Cómo dejar de lado esa “metáfora de la lucha del hombre por la supervivencia” (cómo no enfocar el “inventario de conflictos que es la vida”).

    Salcedo Ramos vive en Bogotá, su actual residencia, pero aún se divisa en el horizonte su sencillez, esa humildad que le permite explicar sus experiencias y conocimientos con citas variadas (nombra sin prisa a Ernest Hemingway, Paul Auster, Juan Villoro, Woody Allen, Adolfo Bioy Casares, Tomás Eloy Martínez, Jon Lee Anderson, Gabriel García Márquez, Martín Caparrós...) y dar consejos para la buena escritura que siempre contagian de entusiasmo, transmiten inquietudes y, sobre todo, son duros e impasibles con los textos, no con las personas.

    ¡Salud!

    myblog 133 días antes
  • Un gol de Narciso Mina acompañó la desaparición del último resquicio de la muerte de Cristian Calvache en la memoria de los ecuatorianos. El encuentro entre Barcelona y Liga de Quito, uno de los partidos que más euforia despierta, bastó para dar vuelta a la página de este hecho acaecido en el estadio del equipo blanco a inicios del mes de marzo. Así es el fútbol.

    Los conflictos que rodean a este deporte no le restan seguidores, al contrario, parece que avivan el juego al revestir a los jugadores con causas simbólicas originadas en regionalismos, chauvinismos, guerras (provocadas o eternizadas en las canchas), diferencias religiosas o ideológicas, y hasta prejuicios de clase o raciales. <> también incluye ser indiferente ante casos de violencia dentro y fuera de los estadios, escándalos de corrupción que van de la extorsión al narcotráfico o –lo que más facilita la impunidad sobre estos acontecimientos– al tráfico de influencias.

    La historia del <> deja un oscuro panorama, pero en Ecuador aún no conocemos de cerca todas esas experiencias. A pesar de que existe el riesgo de caer en estas perversiones –dado el dinamismo con que los medios se hacen eco de una “pasión” que aún no trasciende los tres días luego de cada cotejo o las ínfulas con que la Federación Ecuatoriana de Fútbol promueve el campeonato en la <>– todavía es posible ver a familias que acuden a los partidos, y a otros tantos grupos de personas para quienes hasta los pasan desapercibidos. Por eso, sirve poco analizar al fenómeno social del fútbol desde las mismas perspectivas que se aplican en Argentina, Inglaterra o Italia, lugares en que las condiciones son diferentes.

    * * * * *

    En un capítulo de la serie norteamericana The Simpsons, un agresivo spot televisivo orilla a la familia de Homero a un partido de fútbol. Antes de que empiece el encuentro todo el pueblo de Springfield está emocionado en los graderíos de un estadio que seguramente no se construyó para ese espectáculo tanto como para el béisbol o el fútbol americano. Luego del pitazo inicial el balón recorre la cancha sin producir emociones al punto que los asistentes comienzan a aburrirse. Moe, uno de los espectadores, se harta de la situación y decide marcharse cuando, de la nada, agrede a quien le dijo que espere, que “hay salidas para todos”. La violencia se expande y Willie, en compañía de sus amigos escoceses, interviene en una pelea ya imparable. Provocan disturbios en la ciudad; Homero Simpson se esconde con los suyos en casa pero teme que alguien entre. Ante una hipotética agresión ¡el jefe de familia termina comprando una arma para esquivar la violencia!

    El personaje central de la serie no interviene en la gresca, se acobarda al ver la dimensión del fervor de una muchedumbre que se olvidó del cotejo. Sin apuntalar el prejuicio que los autores de este relato ficticio tienen contra quienes disputan el balón (al menos en la edición doblada al español los muestran con notable acento brasileño) el que el protagonismo se desplace a los asistentes es revelador. Como cuando desde la vorágine de tensiones previa a un partido a muchos deja de interesarles la alineación titular, la tabla de posiciones, la hora en que empezará el encuentro, el resto de hinchas, sus propias familias y aquello del fútbol que era un rito de noventa minutos se disuelve en la búsqueda de cualquier enfrentamiento ajeno al fair play.

    Por otro lado, el fútbol europeo, con todas las restricciones que encierra en la actualidad, roza una perfección que a los latinoamericanos nos resulta tediosa. Los faults son técnicos y no admiten las habilidades histriónicas de los jugadores, que rara vez transgreden el orden establecido por el entrenador del equipo; los hinchas ven el partido sentados en butacas frías y no se trepan a las mallas porque no existen, son invisibles: las conforman los circuitos cerrados de televisión, la seguridad privada, la policía montada y la presión de quienes solo quieren ver el espectáculo sin ser parte del mismo. Buenas costumbres que hoy nos resultan inadmisibles a la hora de presenciar las hazañas de un equipo. En definitiva, no se puede llegar a una solución por el mismo camino que ellos.

    Nos hemos habituado a madrugar al fútbol para ganar un espacio en los escasos parqueaderos adyacentes al campo de juego; a guardarle el puesto a los conocidos que, por alguna razón siempre extraña en domingo, llegan a pocos minutos del inicio del encuentro; a comer y beber lo que encontremos durante el partido, sin que nos importe que los deshechos terminen en el torso de otros asistentes cuando un árbitro “nos perjudica” con sus malas decisiones. Hemos aprendido a lidiar con aquellas jugadas que del infarto pasan al ridículo; con los dramas de los jugadores: sus desavenencias con los colores, con sus parejas, con sus hijos, con el Estado... pero a lo que no debemos acostumbrarnos es a las agresiones, al hedor de la mariguana mezclada con el alcohol en un sitio que no es el apropiado para su expendio ni consumo; a ver bandas que labran sus diferencias en las calles e involucran a cada hinchada en sus enfrentamientos de <>; a importar lo peor de Buenos Aires, ciudad cuna de los más famosos grupos violentos que, hermanados con sus equipos-asociaciones, jamás consideran el saldo de muertes al año que dejan sus encuentros y en donde sus líderes sirven a varios políticos en mítines, amenazas, retaliaciones y cánticos para dar fuerza a la empresa que forma parte de un engranaje comercial en que lo humano se esfuma y se disfraza de pasión para delinquir.

    * * * * *

    Muchas cosas han cambiado desde el otrora relato radiofónico que nos encantaba con su transmisión sonora del color y olor de las comidas típicas que se vendían en las explanadas del Estadio Atahualpa. Eso que antes era felizmente extraordinario ha sido remplazado por comentarios inocuos de muchos “periodistas” del fútbol a quienes deberían prohibirles el opinar sobre acontecimientos que no tengan que ver con el grito de gol. La ausencia de argumentos acerca de un fenómeno que atraviesa a la sociedad, desde lo gubernamental hasta lo marginal, hace que veamos como normal la propagación de asesinatos y heridos en cada cotejo por más ‘amistoso’ que sea.

    Y aunque uno reflexiona sobre lo bueno y lo malo del balompié a tiempo completo –en eso ayudan mucho los medios y esa costumbre de amenizar las horas de trabajo o estudio recordando los partidos de fin de semana– todo se diluye en el olvido cuando empieza un nuevo partido y se vuelven a cometer los mismos errores impulsados por el mismo resentimiento de cotejos pasados que alguna vez prometimos evadir. Es como el consumo de alcohol para quienes es un vicio: solo la resaca hace que se arrepientan de lo cometido pero eso pasa y la sed se renueva insensibilizándolos periódicamente. Haciendo posible que una persona que fue al estadio de Liga Deportiva Universitaria, a ver el fútbol, no regrese a su casa. Una muerte tan absurda que provocó los más variados rumores en las redes sociales que usan los fanáticos tanto como los dirigentes y sus detractores. (Solo por poner un ejemplo, el Ministro del Interior anunció la captura del supuesto autor del crimen, de forma no oficial, a través del twitter)

    Lo que más sorprende es que se siga endilgando a la sociedad entera el problema de la violencia cuando las particularidades del fútbol dan para que los estadios sean espacios de confrontación simbólica que, a su vez, determinan otro tipo de enfrentamientos como es el caso de la persona fallecida por una agresión física de un seguidor de su propio equipo. Tampoco es novedad la negligencia de los rescatistas que tardaron una hora en trasladarlo al Hospital Pablo Arturo Suarez, muy cercano a la <>. Lo peor es que por más apertura que muestre la dirigencia al ser investigada por la Policía Judicial y la Fiscalía, el acceso a la información disminuye si se toma en cuenta que el hecho involucra a la parte que podría ser responsable: Un joven aficionado es asesinado por otro hincha en el estadio de Liga, lo transportan a la ambulancia en camilla y es registrado por las cámaras del mismo club además de las de Teleamazonas (canal que posee los derechos de transmisión), lo atienden en un hospital que dirige el médico oficial de LDU ante la atención del Ministro de deportes, ex jugador de la 'U'

    El que el agresor no haya pertenecido a la barra no es excusa para inculpar a un posible “infiltrado”, ni para descartar que una sección de la <> seguiría la lógica del pandillaje. Eso refuerza la idea de que esa ala estaría conformada por quienes se han asegurado un sentido de pertenencia originado en alguna carencia afectiva que solo el grupo subsanó a través de la identificación colectiva. Esta especie de <> aún no asume las posturas radicales que aquejan a otros países no obstante sus discursos de lealtad incondicional, una muestra de esto es el lema “ni la cárcel ni la muerte pararan esta pasión” que usan novatos e integrantes más antiguos en camisetas, pintadas, grafitis y discos sin haber estado privados de su libertad y sin glorificar a los “mártires” de su trajinar en las tribunas. Más problemática resulta la intención de toda barra de alcanzar las prácticas de sus similares foráneos, o la reiterada voluntad de igualarlos desde los medios (en la televisión ilustraron el acontecimiento del cuatro de marzo con imágenes de enfrentamientos en México y otros países que, aunque llaman mucho la atención, descontextualizan lo que está pasando a escala local).

    La ética de la violencia que muestran algunos de los involucrados en estos eventos también es cuestionable. Las incitaciones mediáticas del tipo “se batirán en un clásico sin precedentes” o los insultos callejeros no tienen el efecto normalizador de la violencia que tiene la disposición a la pelea de algunos hinchas. El conformarse frente a posibles ataques o venganzas entre barras es dar cabida a escenarios en que podrían aparecer heridos de gravedad, muertos y la consecuente –y siempre desmedida– represión policial. Tampoco quiero decir que no debe haber control puesto que un grupo organizado requiere de una vigilancia coordinada si se contemplan probables daños a terceros, un problema que, en el mundo, ha tenido su origen en la década de los sesenta con un recrudecimiento progresivo y un declive que cada vez parece más incierto al revisar recientes casos aislados.

    * * * * *

    Las soluciones planteadas no pasan de la burda sensiblería que exige, solo en el discurso, “sanciones drásticas” para los infractores. Pero si esos castigos van en contra del equipo (suspensiones temporales de fechas en sus sedes, multas u otras amonestaciones) los primeros en quejarse de la ‘reprimenda injustificada’ son los dirigentes para quienes estas penas son una razón de peso para victimizarse. No toman en cuenta que el privarles del uso de los escenarios en donde actúan de locales sirve para alejar a un sector del público de los lugares en que pierden eventualmente cualquier consideración hacia sus rivales en pos de una guerra simbólica que puede exceder los límites de la competencia deportiva, más allá de que su estado de ánimo dependa de los resultados.

    Una actitud contra la violencia que parece surgida de una experiencia radical y que podría ser eficiente es la sugerida por Edgardo Bauza, director técnico de Liga. Propuso enfrentar a quienes constituyen un peligro prohibiéndoles el ingreso, impidiendo el uso de bebidas alcohólicas, mejorando la vigilancia y endureciendo las penas si delinquen en los escenarios deportivos. Medidas que se han tomado con relativo éxito en Argentina y que podrían acabar con los riesgos. Además, deberían rediseñarse varios escenarios deportivos sin esa meta ilusa planteada por la Federación de eliminar las mallas como en el fútbol inglés porque, admitámoslo, el refuerzo de la guardia puede suplir a las barreras pero cualquier desorden se les puede ir de las manos si una turba decide actuar por fanatismo. La cosa empeora si no hay quien garantice que el ineficiente sistema judicial que tenemos condene a cualquier implicado de forma oportuna, y si la pena es contundente y bien aplicada tampoco asegura una rehabilitación y menos la posterior reintegración del infractor a la sociedad.

    En fin, se trata de evitar que el vandalismo aislado se convierta en crimen organizado y que la agresividad fiestera de las gradas se torne violencia incontrolable, sin mostrar simpatía por quienes le encuentran un sentido a la vida en el combate físico a través de una puñalada, atentado o disparo.

    * * * * *

    Cinco semanas después de la muerte de un hincha en Quito, Liga empató el marcador en Guayaquil frente al Barcelona en el minuto ochenta y nueve. La desazón del inicio –cuando en el minuto dos los amarillos anotaron un penal– se eclipsó y dejó conforme a la mayoría visitante. Durante varios días se repasarán los mejores momentos del partido, se discutirá sobre las <> y se repetirán los goles, ejes de un distracción basada en un odio fugaz que reaparece entre quienes, sin haber soñado con ser futbolistas y ganar grandes sumas de dinero, quisieron acercarse a la cúpula del equipo de sus amores de forma no convencional, a través de las barras, sin más retribución que el gesto que los jugadores muestran al salir victoriosos a reconocer el apoyo de la hinchada.

    myblog 140 días antes
  • myblog 140 días antes
  • Luis Fernando Fonseca añadión 3 fotos nuevas en el álbum Artículos
     
    Quito, Ecuador Ver mapa más grande
    photos 142 días antes Ver localización
  • La elegancia consiste en no hacer nada igual que los demás,
    aunque parezca que se hace todo como ellos.
    Honoré de Balzac

    La oportunidad de un simple costeño de esquivar el naufragio en la miseria (encontró ladrillos de cocaína en la playa) se evapora cuando derrocha su fortuna en putas... hecho tan verosímil que inspira una película gracias a un testimonio que no llegó a ser crónica.
    Si usted quiere ver una película con final cerrado –en el que todo concluye cuando aparecen los créditos, después de que el personaje principal conquista a su amada y antes de que vivan “felices para siempre”– NO es recomendable que vea el último largometraje de Sebastián Cordero.
    Si en los seis meses que pasaron desde el estreno internacional –su presentación en Ecuador se retrasó por inconvenientes en cuanto al formato– nadie le avisó que lo menos convencional de ‘Ratas, ratones y rateros’ se repetiría en ‘Pescador’, pues prepárese. Alístese para ver como amanece en la costa ecuatoriana sin que por eso la luz llegue a la vida de los protagonistas.
    El no alterar el orden del tiempo en esta historia de un perdedor arquetípico la acerca a su origen. Hechos reales incluidos en forma de testimonio hicieron que se teja un hilo narrativo en torno a Confesiones de un Pescador de Coca. Lo que Juan Fernando Andrade escribió para Soho en enero de 2007 y que solo se publicó en la edición de abril/mayo de ese año, luego de que los editores decidieran quitarle el estatus de crónica a una entrevista matizada con notas periodísticas, hilvanada sobre el testimonio casi espontáneo de su autor.
    Pero no vaya a creer que lo que este escritor logró en el guión, junto al director de ‘Rabia’, se distancia de lo periodístico. Es un relato sentido, escuchado y hecho ficción acerca del <> que quiere dejar la pobreza sin más esfuerzo que el aventurarse a recorrer el país en busca de quien pueda llenar el vacío que más lo entristece, aquello que le hace refugiarse en el pasillo y el bolero sin dejar de brindar, eso que llena de nostalgia las escenas de todo vivaracho bonachón y fracasado: su soledad, y la conciencia que durará para siempre.
    Y como la tragedia solo es posible cuando el engaño es inesperado, no se sorprenda si un amigo del pescador se le adelanta en la faena sin mejor carnada que el cinismo y la oportunidad. <> adornará el anzuelo pero, para su desgracia, vendrá una red que lo dejará con las manos vacías. Una y otra vez le ganarán sin contemplaciones y él no aprenderá, pero tampoco desistirá... al final “un culo es un culo” y hay que continuar.
    Un mérito de esta obra es que refleja una realidad concreta en la gran pantalla como en un espejo sin tiempo. Eso lo lograron rodando en locaciones también reales en que el derroche llega al clímax: chongos –no burdeles, es diferente–, playas y rutas sin olvidar el paso por un cementerio. Un rodaje en la carretera en que el protagonista da la sensación de haber improvisado cada escena al envolverse en el ambiente chaplinesco de su pueblo natal, o en la atmósfera cantinflesca de La Perla del Pacífico para desembarcar en la sal sin mar de la capital (Manta es solo el aperitivo de lo que vivirá este aventurero).
    Quizá el periplo por estos lugares se distorsione en una vorágine de transiciones que abusan de los desenfoques de movimiento sobre una cámara rápida, pero el objetivo se cumple: ir de la risa al llanto sin derramar una lágrima ni soltar una carcajada. Y, al salir de la sala, le quedará la sensación de que, si por una lado las montañas y el frío serranos no nos permiten ver lo que traen las olas más allá del horizonte, por otro tenemos las mismas expectativas de quienes devoran lo que encuentran a sus pies por obra del mar, por eso recreamos su tropical ambiente en locales comerciales y bares como queriendo naufragar (tan fácil hacerlo en esos confines que están más cerca de lo erótico y del exceso que del realismo mágico: Manta se acerca más a Miami –droga, mujeres, lujos– que a Macondo o a la Isla del Tesoro).
    ...y pensar que los guionistas decidieron llevar este pedazo de realidad al cine luego de dejar de lado su intención de adaptar una sinopsis basada en un cuento de Edgar Allan Poe.

    myblog 142 días antes
  • La elegancia consiste en no hacer nada igual que los demás,
    aunque parezca que se hace todo como ellos.
    Honoré de Balzac

    La oportunidad de un simple costeño de esquivar el naufragio en la miseria (encontró ladrillos de cocaína en la playa) se evapora cuando derrocha su fortuna en putas... hecho tan verosímil que inspira una película gracias a un testimonio que no llegó a ser crónica.
    Si usted quiere ver una película con final cerrado –en el que todo concluye cuando aparecen los créditos, después de que el personaje principal conquista a su amada y antes de que vivan “felices para siempre”– NO es recomendable que vea el último largometraje de Sebastián Cordero.
    Si en los seis meses que pasaron desde el estreno internacional –su presentación en Ecuador se retrasó por inconvenientes en cuanto al formato– nadie le avisó que lo menos convencional de ‘Ratas, ratones y rateros’ se repetiría en ‘Pescador’, pues prepárese. Alístese para ver como amanece en la costa ecuatoriana sin que por eso la luz llegue a la vida de los protagonistas.
    El no alterar el orden del tiempo en esta historia de un perdedor arquetípico la acerca a su origen. Hechos reales incluidos en forma de testimonio hicieron que se teja un hilo narrativo en torno a Confesiones de un Pescador de Coca. Lo que Juan Fernando Andrade escribió para Soho en enero de 2007 y que solo se publicó en la edición de abril/mayo de ese año, luego de que los editores decidieran quitarle el estatus de crónica a una entrevista matizada con notas periodísticas, hilvanada sobre el testimonio casi espontáneo de su autor.
    Pero no vaya a creer que lo que este escritor logró en el guión, junto al director de ‘Rabia’, se distancia de lo periodístico. Es un relato sentido, escuchado y hecho ficción acerca del <<mono>> que quiere dejar la pobreza sin más esfuerzo que el aventurarse a recorrer el país en busca de quien pueda llenar el vacío que más lo entristece, aquello que le hace refugiarse en el pasillo y el bolero sin dejar de brindar, eso que llena de nostalgia las escenas de todo vivaracho bonachón y fracasado: su soledad, y la conciencia que durará para siempre.
    Y como la tragedia solo es posible cuando el engaño es inesperado, no se sorprenda si un amigo del pescador se le adelanta en la faena sin mejor carnada que el cinismo y la oportunidad. <<Blanquito>> adornará el anzuelo pero, para su desgracia, vendrá una red que lo dejará con las manos vacías. Una y otra vez le ganarán sin contemplaciones y él no aprenderá, pero tampoco desistirá... al final “un culo es un culo” y hay que continuar.
    Un mérito de esta obra es que refleja una realidad concreta en la gran pantalla como en un espejo sin tiempo. Eso lo lograron rodando en locaciones también reales en que el derroche llega al clímax: chongos –no burdeles, es diferente–, playas y rutas sin olvidar el paso por un cementerio. Un rodaje en la carretera en que el protagonista da la sensación de haber improvisado cada escena al envolverse en el ambiente chaplinesco de su pueblo natal, o en la atmósfera cantinflesca de La Perla del Pacífico para desembarcar en la sal sin mar de la capital (Manta es solo el aperitivo de lo que vivirá este aventurero).
    Quizá el periplo por estos lugares se distorsione en una vorágine de transiciones que abusan de los desenfoques de movimiento sobre una cámara rápida, pero el objetivo se cumple: ir de la risa al llanto sin derramar una lágrima ni soltar una carcajada. Y, al salir de la sala, le quedará la sensación de que, si por una lado las montañas y el frío serranos no nos permiten ver lo que traen las olas más allá del horizonte, por otro tenemos las mismas expectativas de quienes devoran lo que encuentran a sus pies por obra del mar, por eso recreamos su tropical ambiente en locales comerciales y bares como queriendo naufragar (tan fácil hacerlo en esos confines que están más cerca de lo erótico y del exceso que del realismo mágico: Manta se acerca más a Miami –droga, mujeres, lujos– que a Macondo o a la Isla del Tesoro).
    ...y pensar que los guionistas decidieron llevar este pedazo de realidad al cine luego de dejar de lado su intención de adaptar una sinopsis basada en un cuento de Edgar Allan Poe.

    myblog 142 días antes
  • En una cadena sabatina de televisión al presidente Rafael Correa se le ocurrió hacer una metáfora de los migrantes por demás grosera y decidora. En una olla de cangrejos la envidia de unos a otros hace que cuando un avezado logra trepar al borde para salir, otro lo jala inevitablemente. Todos, o ninguno. Nadie puede sobresalir: —imagínense, cuando un ecuatoriano sale del país a trabajar, debe competir y cuidarse de sus compatriotas antes que de los habitantes de esa otra nación.

    Poco edificante, la parábola anti-envidia, pro-solidaridad de Correa es verosímil puesto que los ecuatorianos tenemos esa idea de que nos irá mal en lo que ‘emprendamos’ –el marketing hizo maldita esta palabra– en tanto nos aplaste la arrogancia de quienes se vean superados por nuestra impronta creativa o rara invención.
    En el país sudamericano es fácil imaginar a un tipo denostando una propuesta porque asume que quienes la ejecutan lo hacen solo “por llamar atención”. Más simple es suponer que alguien encuentre a cualquier proyecto “interesante, pero no tan bueno como el de...” O escuchar aquella cínica frase de “yo lo haría mejor pero...”

    En fin, dentro del oficio también se dan estas experiencias aunque solemos intercambiar artículos entre periodistas, ufanarnos de ellos hasta reconocernos entre nosotros mismos como para que no se note la ausencia de lectores, televidentes o escuchas. Prevalece, en este campo, un espíritu de cuerpo que ha blindado a gremios de trabajadores de los medios haciéndolos invulnerables a la crítica. Y esa arrogancia de “yo por lo menos escribo, por lo menos publico, por lo menos digo” se parece más al capricho de quien se ve protegido por el escudo irreflexivo de un sindicato que a quien practica –o ensaya– el oficio más humano del mundo, el periodismo.

    Por otro lado, hay quienes se molestan con la manifestación, palabra o bulla de los otros más que con el silencio al que están confinados. “Para qué escribes eso si nadie hará caso, en este país de no-lectores, de gente vaga que solo gusta del fútbol y de la borrachera los fines de semana” ¡Puras mentiras!: Falso lo de la indiferencia porque para acallarte deberán tomar en cuenta aunque sea tus titulares; falsa la vagancia porque hacen más esfuerzo al criticar y difamar que al proponer; falso que no lean porque el Extra (tabloide amarillista) sigue vendiéndose como pan (caliente y barato) al igual que las revistas del corazón –al estilo Familia– o los libracos de autoayuda y superación que tienen el mismo tono, prosa y hedor que los de divulgación religiosa; falso lo del fútbol y la borrachera porque no se limitan al fin de semana si no a toda hora, cualquier día... si es viernes, mejor.

    “Pura especulación” acusaba un contertulio nunca respetado –¿por qué considerar a quien cree que todo lo que se dice por fuera de lo convencional son patrañas?– Contra él, contra ellos, seguiré pensando, especulando, desaviniendo. No me duele la cabeza ni las posaderas al escribirlo, el mejor analgésico es la expresión.

    —Pero si a este tipo nada le simpatiza, no se conforma—dice la televisión, el Facebook, la vecina... me importa poco porque omitir la sentencia para el que dice representar las buenas maneras, costumbres y apariencias es peor que equivocarse. Y la cobardía no se enmienda.

    [email protected]

    myblog 143 días antes
  • En una cadena sabatina de televisión al presidente Rafael Correa se le ocurrió hacer una metáfora de los migrantes por demás grosera y decidora. En una olla de cangrejos la envidia de unos a otros hace que cuando un avezado logra trepar al borde para salir, otro lo jala inevitablemente. Todos, o ninguno. Nadie puede sobresalir: —imagínense, cuando un ecuatoriano sale del país a trabajar, debe competir y cuidarse de sus compatriotas antes que de los habitantes de esa otra nación.

    Poco edificante, la parábola anti-envidia, pro-solidaridad de Correa es verosímil puesto que los ecuatorianos tenemos esa idea de que nos irá mal en lo que ‘emprendamos’ –el marketing hizo maldita esta palabra– en tanto nos aplaste la arrogancia de quienes se vean superados por nuestra impronta creativa o rara invención.
    En el país sudamericano es fácil imaginar a un tipo denostando una propuesta porque asume que quienes la ejecutan lo hacen solo “por llamar atención”. Más simple es suponer que alguien encuentre a cualquier proyecto “interesante, pero no tan bueno como el de...” O escuchar aquella cínica frase de “yo lo haría mejor pero...”

    En fin, dentro del oficio también se dan estas experiencias aunque solemos intercambiar artículos entre periodistas, ufanarnos de ellos hasta reconocernos entre nosotros mismos como para que no se note la ausencia de lectores, televidentes o escuchas. Prevalece, en este campo, un espíritu de cuerpo que ha blindado a gremios de trabajadores de los medios haciéndolos invulnerables a la crítica. Y esa arrogancia de “yo por lo menos escribo, por lo menos publico, por lo menos digo” se parece más al capricho de quien se ve protegido por el escudo irreflexivo de un sindicato que a quien practica –o ensaya– el oficio más humano del mundo, el periodismo.

    Por otro lado, hay quienes se molestan con la manifestación, palabra o bulla de los otros más que con el silencio al que están confinados. “Para qué escribes eso si nadie hará caso, en este país de no-lectores, de gente vaga que solo gusta del fútbol y de la borrachera los fines de semana” ¡Puras mentiras!: Falso lo de la indiferencia porque para acallarte deberán tomar en cuenta aunque sea tus titulares; falsa la vagancia porque hacen más esfuerzo al criticar y difamar que al proponer; falso que no lean porque el Extra (tabloide amarillista) sigue vendiéndose como pan (caliente y barato) al igual que las revistas del corazón –al estilo Familia– o los libracos de autoayuda y superación que tienen el mismo tono, prosa y hedor que los de divulgación religiosa; falso lo del fútbol y la borrachera porque no se limitan al fin de semana si no a toda hora, cualquier día... si es viernes, mejor.

    “Pura especulación” acusaba un contertulio nunca respetado –¿por qué considerar a quien cree que todo lo que se dice por fuera de lo convencional son patrañas?– Contra él, contra ellos, seguiré pensando, especulando, desaviniendo. No me duele la cabeza ni las posaderas al escribirlo, el mejor analgésico es la expresión.

    —Pero si a este tipo nada le simpatiza, no se conforma—dice la televisión, el Facebook, la vecina... me importa poco porque omitir la sentencia para el que dice representar las buenas maneras, costumbres y apariencias es peor que equivocarse. Y la cobardía no se enmienda.
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    myblog 143 días antes
  • Manifestarse es un riesgo si tomamos en cuenta que tener razón es tan difícil como navegar sin barca; además está el hecho de que este medio –por más global que sea– es un privilegio para quienes vierten sus opiniones en él, aunque lo aquí escrito se puede perder con el viento; queda la bella posibilidad de molestar al poder (político, mediático, fáctico) o la de resultar reiterativo y necio... Esos son mis objetivos: un periodismo fatalmente voluntario, nunca sensiblero ni caprichoso, que se sumerja en este no-lugar sin papel en donde no hace falta tinta para naufragar.
    profile 143 días antes