Miercoles, 23 de Mayo de 2012

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Navegas por Blogs Memoria histórica 1976 (8): De “¡La calle es mía!” a “El último tango en París”

1976 (8): De “¡La calle es mía!” a “El último tango en París”

© Manuel López. “Playa de Cabañas. Pontedeume, A Coruña, 1977.” De las exposiciones itinerantes “Manuel López. Imágenes 1966-2006” y “Manuel López. Imágenes de la Transición (1975-1982)”.

En 1976, cuando Canfali Marina Alta inicia su andadura, era de todo punto impensable que el papa Pablo VI viniera a España por dos razones tan de peso como que los papas no viajaban y porque entonces la desafección religiosa no era muy significativa: solo el 20% de los jóvenes españoles entre 15 y 25 años no asistía nunca a misa. Ahora, en cambio, Benedicto XVI llega a un país en el que en menos de una década el porcentaje de jóvenes que se considera católico practicante ha caído del 29,5% en 2002 al 10,3% en 2010, según los datos del informe presentado el pasado 28 de abril por el Instituto de la Juventud (Injuve).

Inimaginable también era entonces una situación como la actual en la que el país se encuentra entre la espalda y la pared acosado desde fuera por los fabricantes de platos rotos muñidores del estado de crisis financiera permanente y desde dentro por la manifiestamente mejorable gestión de la crisis por parte del Gobierno… y la oposición, mientras que se consolida y extiende a otros países el mayor movimiento de protesta popular, nacido en la madrileña Puerta del Sol frente al edificio que en el franquismo albergaba la temible Dirección General de Seguridad: el 15-M.

Hace 35 años por estas fechas, el impulsor de la derecha contemporánea española Manuel Fraga Iribarne descansaba en Perbes, a un paso de la playa de la foto en las Rías Altas coruñesas, donde mantenía viva la llama de oficiar queimadas, una ancestral, inveterada, saludable y magnífica costumbre de la que este columnista se confiesa devoto practicante y que, en el caso de Fraga, pasados los años, lo que hay que ver, le serviría para encandilar al mismísimo Fidel Castro en sus viajes a Cuba como presidente de la Xunta de Galicia.

Fraga había sido vicepresidente y ministro de Gobernación en el gobierno continuista del franquismo de Carlos Arias Navarro. Sabedor de que su papel para la Historia era el de ser el padre de la derecha civilizada, acometió la tarea de llevar a cabo, si bien de manera bien tímida, la necesaria reforma política que condujera a una democracia de corte occidental, manteniendo el orden y la seguridad en la calle en tiempos tan convulsos para evitar así que las fuerzas de izquierda tomaran la iniciativa. Solo tuvo el apoyo del otro ministro aperturista, José María de Areilza.

Adolfo Suárez no contó con Fraga al formar gobierno; su imagen había quedado muy deteriorada por la represión de manifestaciones –acuñó la frase “¡La calle es mía!”– y sobre todo por los sucesos de Vitoria, donde la Policía Armada mató a tiros a cinco obreros e hirió a más de cien al salir de una iglesia en la que se habían encerrado, y Montejurra, con dos muertos y varios heridos tiroteados por militantes de la extrema derecha internacional.

Con todo, apoyó una primera aunque muy reducida amnistía. Salvó acaso su imagen de político reformista con la declaración que hizo al afamado periodista Cyrus Sulzberger en una entrevista que The New York Times publicó al final de su mandato el 19 de junio de 1976, en la que afirmaba que habría que legalizar el Partido Comunista de España tras unas primeras elecciones democráticas. Fraga se distanciaba así del sector más inmovilista del Régimen.

Pero había vida más allá de la capital. En su octavo número, del 8 de agosto de 1976, Canfali Marina Alta se iba consolidando como una plataforma abierta a todos. El periódico se leía.

Criticar con seudónimo –Tío Cuc– el desleído programa oficialista de fiestas de Pedreguer aquel año le valió al autor de la crítica una colosal reprimenda de 2.500 palabras redactada con la firma de Andrés Costa Carrió, presidente de la Comisión de Fiestas pedreguerí. Tras tildar su crónica de “chabacana, ridícula, tendenciosa y arbitraria”, retrata al Tío Cuc como “un personajillo que demuestra faltarle mucho para ser un ‘hombre-hombre’ capaz de conocer a las mujeres”.

Estaba visto que el “menfotismo”, que había puesto en letras de molde por vez primera en estas páginas Vicent Balaguer, volvería a salir a la palestra. Y así ocurre en este número en su columna Els quatre cantons. Ante el revuelo de la “carteta demoledora” de la Comisión Pro-Ermita de la Santísima Sangre a raíz de la denuncia de Balaguer sobre el traslado de la obra escultórica del Padre Pere de su emplazamiento público urbano a la ermita católica, el ilustre columnista cuestionado se defiende con un artículo antológico, Memfotisme i altres questions, en el que hace valer en breves pinceladas sus aportaciones a la vida cívica, cultural, festera y deportiva de Dénia. Un currículo ya entonces absolutamente ejemplar de vecino más que ilustre de su ciudad.

La Asamblea Democrática de Denia publica un comunicado tras la prohibición por el Gobierno Civil de la celebración de un acto en el Frontón del Polideportivo de Dénia en el que hablarían Salvador Boils (CCOO), Manuel del Hierro (UGT), Pablo Reig y José Bertomeu (Asamblea Democrática Local) y Carles Mulet (Asamblea Democrática de la Marina Alta) bajo el lema “Libertades Políticas y Sindicales”.

Quien sí fue autorizado a pronunciar una conferencia fue Manuel Esteve Sabater, un socialista histórico que había estado en el congreso de Narbona de 1961 donde, con Luis Gómez Llorente y Francisco Bustelo, habían tratado de convencer a Rodolfo Llopis de la necesidad de que la dirección del PSOE volviera al interior. Vano intento. Cuando Llopis vuelve a España en 1976 con su PSOE histórico del exilio, el PSOE renovado del interior de Felipe González no solo gozaba de todas las bendiciones con el aval personal de Willy Brandt, sino que ya empezaba a ser un referente de la Internacional Socialista.

De cómo se produjo de inmediato la simpatía del estadista alemán por el primer secretario del Partido Socialista elegido en el Congreso de Suresnes pude enterarme de primera mano en 1976 en un viaje a Alemania a cubrir la campaña electoral que el socialdemócrata Helmut Schmidt le ganaría al democristiano Helmut Kohl. En el bar del tren electoral de Brandt, que atravesaba la República Federal apoyando a Schmidt, uno de los responsables de Finanzas del SPD me desveló el secreto: “Felipe González es el único dirigente socialista español que vino a Bonn sin hablar mal de ningún otro dirigente socialista español”.

El ahora jefe de la oposición municipal tras la renuncia de Paqui Viciano, Vicent Grimalt, andaba entonces a sus dieciséis años por quinto de Bachiller. Estaba en el pueblo de vacaciones, de las que recuerda los baños en Les Rotes en la zona de El Trampolí, “a donde llegaban autobuses con francesitas…”

La France, oh, la, la… Algo que los abuelos ilustrados contaron tan ufanos –a medias– a sus hijos: que iban a la Universitat Catalana d’Estiu de Prada de Conflent, tendrán que acabar reconociendo ante sus nietos que, de paso, aprovechaban para darse una vuelta por Perpiñán para ir a ver en el Savoye, actual Cinéma Castillet, a Marlon Brando y Maria Schneider fornicando en El último tango en París, filme prohibido aquí por la censura católico-franquista. Qué tiempos.

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Publicado en el periódico comarcal semanal Canfali Marina Alta, Denia, 13 de agosto de 2011.


1976. Memorias de un reportero de la Transición. Manuel López.

 


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Última actualización el Martes 17 de Enero de 2012 01:42