Mercedes Arancibia
Me gusta encontrarme, como en esta ocasión, con un lote de reediciones de algunos de los libros fundamentales de los últimos años que de ninguna manera deben verse condenados al olvido y el polvo de las bibliotecas; para hablar con propiedad, y a pesar de lo mucho que me gusta el papel –el olor del papel, el tacto del papel- y lo mucho que me gusta incluso moverme por la vida con un libro en la mano, en el bolso… en el bolsillo, que para eso existen estas ediciones, lo cierto es que las bibliotecas cada vez almacenan menos polvo, porque son virtuales.
En cualquier caso, y mientras existan, sugiero que sigamos disfrutando de la lectura de toda la vida, en plan cómodo, zapatillas y un vaso largo al lado, y de títulos como los que acaba de reeditar Anagrama: La izquierda exquisita de Tom Wolfe (1970), El infinito viajar de Claudio Magris (2005) y Con los perdedores del mejor de los mundos de Günter Wallraff (2010).
Sobre el “radical chic” (título original de la obra) de los barrios de clase alta de Manhattan, el propio Wolfe escribía hace tres años en Le Monde diplomatique: “Una de las reglas (de la Nueva Sociedad)…es que todo lo que recuerda la nostalgia del lodo (la nostalgia de la boue) –las maneras de ser del pueblo, lo pintoresco, la grosera vitalidad de esa gente y sus viviendas baratas- está bien; mientras que todo lo que tiene un carácter burgués, negro o blanco, está mal… de donde resulta que el chic izquierdista favorece en la izquierda lo que parece exótico y pintoresco, como los trabajadores agrícolas temporeros, que no solo son de izquierda y están cerca de la tierra sino que además son latinoamericanos; los Panteras negras con sus chupas de cuero, su pelo afro, sus gafas de sol y sus tiroteos, y los indios pieles Rojas que, naturalmente, siempre han parecido primitivos, exóticos y pintorescos”. Y que además tenían en común que sus centros de acción de encontraban a varios miles de kilómetros de Manhattan, lo que los convertía en exóticos, pintorescos y lejanos.
Ese es el fondo de un libro sobre la izquierda exquisita norteamericana de los años ’60- cuando la guerra de Vietnam, los movimientos de las minorías, las reivindicaciones de género y los últimos beatniks que ya iban dando paso lentamente a sus sucesores, los hippies-, que inmediatamente tuvo sus réplicas europeas en las diversas “gauches divines” de París, Barcelona y otros centros culturales y que después y sucesivamente se ha llamado también “gauche champagne”, “fracción Toscana” e incluso “gauche caviar”. Una novela que encaja perfectamente en el “nuevo periodismo” inventado pocos años antes por su autor, porque no es otra cosa que un extenso reportaje fabulado a partir de una fiesta-mitin de homenaje a los Panteras, en el maravilloso ático de Park Avenue del músico Leonard Bernstein (West Side Story) y su esposa Felicia. Con mucha ironía y algunas situaciones francamente hilarantes, Tom Wolfe ridiculiza el ambiente de “sienta un Pantera Negra Negra a tu mesa” (más bien invita un Pantera a tu cóctel, porque la época coincide también con el momento en que las fiestas dejan de ser “almuerzos” con vajilla de plata y copas de Bohemia para convertirse en “recepciones” con camareros -blancos, por supuesto- pasando bandejas). El libro fue un escándalo por lo que tenía de burla de la buena conciencia progresista.
En El infinito viajar, Claudio Magris cuenta veinte años de viajes, desde la Mancha del Quijote a los castillos de la Baviera del rey Ludwig o el San Petersburgo de Raskolnikov, un recorrido fascinante por tierras, pueblos y hombres. Magris es un viajero en el sentido más exacto del término: lo más alejado posible del turista, el viajero que sale siempre con tiempo, siempre sin prisas, dispuesto a conocer y también a dedicar todo el tiempo necesario a indagar, a llegar al fondo de un paisaje, una historia, una fábula relacionada con el lugar. El viaje, en suma, como escuela de vida. Para eso hay que disponer de tiempo y de medios, dos cosas que no parecen haber preocupado nunca a este escritor triestino que tiene todas las virtudes del “escritor de frontera” que, en mi opinión, son las mejores porque participan de la diversidad y el mestizaje de culturas diversas y, en el caso concreto de Trieste, del desarraigo también de haber sido “de ninguna parte”, que añade un punto de lejanía de todo, absolutamente imprescindible para hablar de otros mundos, otras gentes.
Yo leí El Danubio de Claudio Magris y me enamoré del libro, del autor y del río. Mis amores suelen ser perpetuos, sigo enamorada del autor y lo intento con todos los sucesivos libros que ha ido publicando desde entones, casi siempre viajes como regreso al pasado: las ganas de viajar, viene a decir en el prólogo, incluyen irresponsabilidad y huída del propio mundo, de la vida cotidiana, el viajero como prototipo del que se evade y encuentra historias privadas y colectivas para contar después. “Viajar es una escuela de humildad, te hace tocas con la mano los límites de tu propia compresión, la precariedad de los esquemas y los instrumentos con que una persona, o una cultura, creen comprender y juzgan a otra”.
Con Los perdedores del mejor de los mundos, otro maestro de periodistas, el alemán Günter Wallraff (Cabeza de turco, El periodista indeseable), que ya había sido “turco” en una fábrica de automóviles e infiltrado en la redacción de Bild, se adentro en otros mundos mas “modernos”, los de los empleados de las empresas de telemarketing y la incitación al consumismo desenfrenado, los supermercados y centros comerciales, las cadenas de establecimientos de ocio como Starbucks… lugares todos ellos donde se dan unas condiciones de trabajo dignas del siglo XIX y donde parece que nunca hubieran existido sindicatos ni movimiento obrero, … hasta llegar al indigente callejero, a muchos grados bajo cero porque todo ocurre en Alemania (aunque también ocurre en otros lugares de Europa y América).
Bajo la piel embetunada del supuesto somalí, está Wallraff, el periodista que lleva cuarenta años poniéndose “en lugar del otro”, para demostrar como están las cosas realmente, qué nivel de racismo y xenofobia esconde en el fondo la sociedad evolucionada y moderna de los 82 millones de alemanes. Mientras tanto ha cumplido casi setenta años y tiene el pelo gris, aunque sigue mimetizándose para analizar los cambios sociales y políticos (su último trabajo, la película documental Negro sobre blanco), análisis que “no son más que un juego de las expectativas (traicionadas), una caza continua entre el gato (quien hace las preguntas) y el ratón (a quien van dirigidas), que se esconde y se agita cada vez que aparecen en el horizonte esas preguntas (del gato-periodista)”.



