Ezcurra: su muerte deja otro agujero negro en la memoria
El calendario debería saltarse de oficio algunas semanas, como ésta. Séis días después de la muerte de José Antonio Labordeta se ha marchado otro amigo: José Angel Ezcurra, director de la revista Triunfo durante sus casi cuarenta años de existencia (en dos etapas bien diferenciadas), y promotor y editor también de otras importantes publicaciones (Tiempo de Historia, Hermano Lobo, Primer Acto, Nuestro Cine...) que animaron la calle en los últimos años de la dictadura y acompañaron los primeros de la democracia.
No tiene una tantas referencias personales como para poder permitirse perder dos amigos en una semana. Con el tiempo, el pasado, los recuerdos, la memoria -que, en realidad, es la única patria disponible- se va llenando de agujeros negros; donde antes había rostros ahora quedan apenas siluetas.
Cuando se muere un amigo es difícil escribir. Primero hay que llorar hasta que ya no quedan lágrimas y solo después de dar suelta al dolor, la rabia y la impotencia, puede una aventurarse en la catarsis que siempre supone el folio en blanco (más ahora, que el folio, la tinta y la papelera son virtuales).
Durante muchos años fue “el señor Ezcurra”, como primero le llamaban sus secretarias y acabamos llamando todos cuantos, en algún momento, trabajamos a sus órdenes. El “señor Ezcurra” era un personaje muy peculiar: por una parte señorito valenciano, rico por familia, que se permitía el lujo de poseer publicaciones; por otra, una persona cálida, amable, que desde la derecha más rancia de una burguesía provinciana había sobrevolado varios estratos sociales hasta colocarse codo con codo con los más ilustres enemigos del régimen franquista
Hace años le contaba a los estudiantes de periodismo que me iba encontrando que “en mis tiempos” éramos nosotros, los currantes, quienes elegíamos donde trabajar.
Y así fue como conocí a José Angel Ezcurra algún día de la primavera de 1962. Yo estaba en segundo de carrera y se había corrido la voz de que Triunfo dejaba de ser una revista de cine para convertirse en semanario de información general. Con un delgadísimo curriculum a base de informaciones y reportajes no pagados o mal pagados en publicaciones como Signo y Cine en 7 Días, me planté en el despacho del director y, sin preámbulos, le dije que quería trabajar allí. No sé si mi caradura le impresionó, o le hizo gracias. Lo que sé es que después de un par de tanteos en sus páginas, el 7 de julio estaba en Pamplona, junto a otra compañera y un fotógrafo, en calidad de “enviada especial” a los Sanfermines; semanas más tarde en Zarauz, montando guardia ante el chalé de una señora que se llamaba Fabiola y luego sería la reina de los belgas, y en agosto pateando la Costa Azul francesa siguiendo la pista a personajes como François Sagan y Brigitte Bardot.
Con todo esto lo que pretendo decir es que quizá lo que mejor caracteriza al Ezcurra que está aparcado en mi memoria es su confianza en la gente que, como yo, llegó con muchas ilusiones y muy poco equipaje intelectual al buque insignia de una prensa que encontró la forma de luchar, desde dentro, contra la dictadura. Ezcurra era un director que te “prohijaba” ( y esto lo puede corroborar Jesús García de Dueñas).
Después yo me fui de España y Triunfo y Ezcurra siguieron en su sitio hasta que llegó aquel momento fatídico en que, una vez conseguido el poder, “los demócratas” abdicaron de algunas de sus señas de identidad y revistas como Triunfo o Cuadernos para el Diálogo tuvieron que echar el cierre. Los lectores estaban ocupados en otros menesteres, entre ellos el noble arte de la escalada al sillón. Nunca me lo dijo, pero sé que el desaire le produjo mucho sufrimiento.
Pasaron los años. Cada dos o tres quinquenios me llamaba alguien de parte del “señor Ezcurra”, que luego se ponía al aparato y me hacía partícipe de sus sucesivos proyectos: el aniversario y celebración de la revista en la Casa de Velázquez, la entrega de sus archivos personales a la Biblioteca Pública de Orihuela (donde nació), la digitalización de Triunfo en colaboración con la Universidad de Salamanca y finalmente la creación de la Asociación de Amigos de la Revista Triunfo (AART), que ha presidido hasta hoy y a la que es un orgullo pertenecer. En el último año y medio hemos compartido -Víctor Márquez Reviriego, Rodrigo Vázquez de Prada, Fernando Lara, Jesús García de Dueñas, Luis Suárez Migoyo, José Luis Abellán, Carlos Berzosa, Eduardo García Rico, Fernando G. Urbaneja...- proyectos , sueños y malos tragos con Ezcurra. A los 89 años estaba entusiasmado con las posibilidades de Internet (escribía sus memorias) y una vez más decepcionado por el escaso interés que los medios convencionales prestan a la vida real, la que de verdad nos afecta a todos. A los 89 años hacía planes para organizar charlas, mesas redondas, debates, sobre temas como la crisis o la enésima reforma educativa (que sigue sin educar, como las anteriores).
Alguien, que me quiere y tiene un gran sentido práctico, intentaba consolarme ayer: “Ya sabes, los tíos vivimos menos, así que 89 años son muchísimos. Le ha dado tiempo a hacer un montón de cosas”. Algunas excelentes.
Por segunda vez en mi vida me he sentido huérfana.