Francisco R. Pastoriza*
François Rabelais dice en el prólogo de “Gargantúa y Pantagruel” que esta obra contiene dos sustancias cuya degustación resulta diferente según la aproximación que haga el lector. Pone como ejemplo lo que un hueso viene a ser para un perro una vez obtenido el tuétano que esconde en su interior. Hay en esta obra una primera lectura, directa y superficial, que nos introduce en los avatares de los protagonistas de una epopeya cómica y aventurera. El lector puede quedarse en ella y no serán pocos los que encuentren aquí material suficiente para considerar la novela plenamente gratificante. Pero hay una segunda lectura a través de la cual Rabelais pone a nuestro alcance todo el universo crítico y cultural de una época de la historia.
Las novelas de caballería, la mitología grecorromana, la amplia cultura clásica y bíblica de Rabelais, su conocimiento de la literatura europea del momento, marcan un itinerario a través del cual descubrimos los tesoros ocultos en el texto literario. Esta edición de “Gargantúa y Pantagruel” (Acantilado) pone a nuestra disposición ambas maneras de abordar la lectura de la obra, ya que cada capítulo está precedido de notas introductorias que explican y enriquecen la lectura directa, ya de por sí fascinante.
EL HUESO
El gigante Gargantúa, hijo de Grangaznate y Gargamella (estos personajes fueron rescatados por Rabelais de la antigua cultura celta), crece ingiriendo grandes cantidades de comida y bebida y mostrando una irrefrenable pasión por el sexo y por todas las formas imaginables de escatología, con las que manifiesta su irreverencia hacia la religión y las buenas costumbres. Educado en la pedagogía escolástica para hacerse cargo del gobierno de su país, tiene que ayudar antes a su padre a vencer al rey Picrocholo (alegoría de Carlos I), a cuyas tropas obliga a huir de su territorio. Su hijo Pantagruel nace bajo señales astrológicas que auguran un futuro incluso más brillante que el de Gargantúa, a pesar de la muerte de su madre Badebec durante el parto. Como su padre, Pantagruel crece también consumiendo ingentes cantidades de alimentos y bebiendo toneles enteros de vino. Durante su educación en París conoce a Panurgo, un pícaro ilustrado, excautivo de los turcos, aficionado como él a la ingesta de carnes y vinos en grandes cantidades, que se convierte en su amigo inseparable. Los dos primeros libros de la saga cuentan las peripecias de Gargantúa y de su hijo Pantagruel para hacerse con el gobierno de su territorio y rastrean todos los estamentos de una sociedad encorsetada por la religión y la política.
En 1546, después de 12 años de silencio, en el libro tercero, el más ambicioso y de mayor calidad (despojados ya Gargantúa y Pantagruel de su calidad de gigantes), el autor da un giro formal y salta de la crónica al monólogo y a los diálogos filosófico-cómicos para llevar a cabo la gran aventura que ocupará a los protagonistas durante el resto de la obra, a saber, averiguar si el futuro matrimonio de Panurgo va a convertirle o no en cornudo. Para ello prueban los más diversos métodos de adivinación: abrir libros por una página al azar, interpretar sueños, consultar a mudos, locos, adivinos y sibilas, convocar a teólogos, médicos, abogados y filósofos… todos presagian que Panurgo será no sólo engañado, sino maltratado y robado por su futura mujer. Pero no conformes con todas las predicciones, deciden acudir al oráculo de la Divina Botella. Pantagruel y Panurgo, acompañados de sus inseparables Epistemón, Xenómanes, Gimnasta y el fraile Juan de los Chirlos, junto a Alcofribas Nasier, el narrador encargado de registrar todas sus peripecias (alter ego de Rabelais), se embarcan en una aventura de viajes por mares orientales que ocupará la totalidad de los dos últimos libros (algunos investigadores ponen en duda la autoría de Rabelais de la totalidad de los capítulos del libro quinto, publicado tras la muerte del autor). Por ellos desfilan islas maravillosas pobladas por extraños habitantes y animales fantásticos, monstruos y gigantes a los que han de someter, tempestades que han de superar para llegar a lugares exóticos donde reinas y princesas les ofrecen sus encantos y les colman de alimentos y bebidas en los amplios y bien surtidos comedores de sus lujosas mansiones y sus palacios deslumbrantes. En su destino final, el País del Linternado, la pontífice Bacbuc conduce a Panurgo al oráculo que ha de revelarle al fin su verdadero destino.
EL TUÉTANO
Las hiperbólicas y desmesuradas situaciones por las que pasan los personajes de “Gargantúa y Pantagruel” sirven a Rabelais para elaborar, con un gran derroche de inteligente sentido del humor, una crítica erudita y exhaustiva a la sociedad de su tiempo a través de pintorescos cuadros satíricos. Rabelais, quien fue durante algunos años monje en el convento franciscano de Puy-Saint-Martin y en la abadía benedictina de Saint-Pierre-de-Maillezais, arremete contra la pereza e inutilidad de los monjes de las órdenes monásticas, contra los curas y el celibato, la Iglesia católica y la infalibilidad del Papa, fustiga el ayuno, las bulas, las peregrinaciones, las indulgencias, las excomuniones, los fastos del Vaticano… a riesgo de ser llamado al orden por la Inquisición, que evitó gracias a la protección del poderoso obispo de París Jean du Bellay, quien llegó a conseguir del Papa la absolución de su apostasía por haber abandonado el convento. Sus conocimientos de medicina y farmacopea (después de estudiar en la Universidad de Montpellier ejerció de médico en el Hospital de Lyon) le dan pie para criticar con conocimiento los métodos fraudulentos utilizados por los doctores de la época. La nobleza “que vive de las rentas, sin hacer nada”, es también objeto de sus diatribas. Critica el sistema educativo de su época (“más le valía no aprender nada que aprender semejantes libros con semejantes preceptores”) y sobre todo la institución de la Justicia (a la que representa bajo la apariencia del monstruo Rapichamichino), farragosa, corrupta y arbitraria, encarnada en la figura de un juez que dictaba sus sentencias al albur del juego de dados. Rabelais demuestra grandes conocimientos jurídicos, aunque no se sabe si estudió también la carrera de Derecho.
Algunos de los episodios de “Gargantúa y Pantagruel” hay que analizarlos a la luz del contexto histórico en el que se escribió la obra. No hay que olvidar que Rabelais, protegido de los reyes de Francia Francisco I y Enrique II, hace una manifiesta defensa de estos monarcas y de su política frente a la de Carlos I de España y emperador de Alemania, contra quien libraban una feroz lucha.
A lo largo de toda la narración aprovecha los diálogos de los personajes para introducir sus opiniones acerca de las polémicas del momento: el enfrentamiento entre humanistas y teólogos, la disputa entre Lutero y Zuinglio acerca de la misa como renovación del sacrificio de Cristo en la cruz, sobre la predestinación y el libre albedrío (Erasmo contra Lutero), el concilio de Trento, la patria potestad, la legitimidad de las segundas nupcias...
Mención aparte merece el lenguaje que Rabelais utiliza para recrear sus críticas, una lengua exuberante en la que introduce inteligentes juegos de palabras mezclados con refranes y dichos. Aliteraciones y calambures, contrapiés y paronomasias, vocablos inventados, discursos paródicos, recursos onomatopéyicos… convierten la lectura de “Gargantúa y Pantagruel” en una interminable celebración de la gran literatura. Hay que elogiar la admirable traducción de Gabriel Hormaechea, autor también de las notas explicativas de cada capítulo.
*Profesor de Información cultural de la Universidad Complutense de Madrid
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