Martes, 22 de Mayo de 2012

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Tolstoi y Dostoievski, vidas paralelas

[Se publican en España las biografías de Tolstoi y Dostoievski escritas por sus respectivas hijas]

Francisco R. Pastoriza*

Tolstoi y Dostoievski nunca llegaron a encontrarse físicamente a pesar de ser contemporáneos y haber vivido en la misma ciudad durante algunos años (incluso frecuentaron el mismo club y colaboraron en la misma revista). Ambos crearon una obra literaria de una gran altura y una altísima calidad, que conocían respectivamente en detalle. Vivieron en una sociedad sometida a cambios radicales en un periodo de decadencia cultural y supieron rastrear como muy pocos en las profundidades del alma humana.

Los dos fueron jugadores apasionados, acuciados con frecuencia por sus deudas de juego, y sus creencias religiosas estaban muy cercanas al cristianismo ortodoxo (curiosamente, abrazado con fervor después de haber asistido ambos a sendas ejecuciones públicas de dos condenados a muerte). Nunca se produjo un encuentro físico entre ambos escritores a pesar de que algunos amigos comunes aseguraron haberlo intentado varias veces, como en la inauguración en Moscú del monumento a Pushkin, una de las últimas apariciones públicas de Dostoiewski, a cuyo acto Tolstoi estaba invitado pero al que no asistió por considerar que era una manera ofensiva de gastar dinero (en una ocasión anterior habían coincidido en una conferencia del filósofo Soloviov, pero Tolstoi abandonó la sala antes de que terminara). Con frecuencia utilizaban al filólogo Nikolái Stráhov, su común amigo, para intercambiarse elogios mutuos sobre sus respectivas obras. El advenimiento del comunismo en Rusia vino a perpetuar esta separación al otorgarles un trato diferente: mientras Dostoievski fue considerado por los bolcheviques como un enemigo peligroso, engendrador de subversión y herejía, Tolstoi (según Lenin el más grande entre los escritores de ficción) fue entronizado en el panteón revolucionario.

Una coincidencia curiosa: en el gabinete de Tolstoi colgaba el cuadro de una reproducción de la Madonna Sixtina de Rafael, la misma que figuraba en una de las paredes del estudio de Dostoiewski. Fue la misma persona, la condesa Alexandra A. Tolstaia, quien había regalado una reproducción idéntica a los dos escritores. Ambos pasaron asimismo por el ejército ruso: en 1852 Tolstoi participó en varias expediciones contra los chechenos, y luego en las campañas del Danubio, el Cáucaso y Crimea, una experiencia que le proporcionó material para su obra Los cosacos. El paso de Dostoievski por el ejército fue obligatorio, al cumplir en sus filas la última parte de su condena política por actividades contra el zar Nicolás I, después de pasar 10 años de trabajos forzados en las cárceles de Siberia (Dostoievski había sido condenado a muerte e incluso se escenificó su fusilamiento). Hay otras coincidencias dramáticas: la muerte de sus hijos, el de Tolstoi con siete años y el de Dostoievski de dos, y el asesinato de sus padres (el de Dostoievski por sus criados, a los que trataba miserablemente, y el de Tolstoi por un grupo de miembros del partido revolucionario La Voluntad del Pueblo). Las viudas de Tolstoi y Dostoievski (que sí llegaron a tratarse) se convirtieron tras su muerte en las editoras de su obra y en las fundadoras de sendos museos en su memoria.

La última de las coincidencias en estas vidas paralelas nos llega con la reciente publicación de sendas biografías escritas por las hijas de ambos.

La mirada de las hijas: Tatiana Tolstoi
Dice Tatiana Tolstoi en el comienzo de su libro Sobre mi padre (Ed. Nortesur), que se decidió a escribirlo para desmentir las falsedades que habían publicado algunos amigos que visitaban con frecuencia la casa familiar. Se refiere sobre todo a los músicos Serguéi Taneiev y Alexander Borísovich Goldenweiser, que amenizaron algunas veladas tocando el piano en la residencia del escritor en Yasnáia Poliana (Tolstoi llegó a sentir celos por la admiración que desataban en su esposa Sofía Andréievna), y a su íntimo amigo Chertkov, autor de una publicación sobre la vida de los Tolstoi que provocó la ruptura entre ambos.
Las relaciones entre León Tolstoi y su esposa Sofía fueron a menudo tormentosas, como no se han privado de contar los propios protagonistas en sus diarios y en su correspondencia (son estas fuentes las que Tatiana Tolstoi utiliza con mayor frecuencia). Fueron 48 años de matrimonio (y trece hijos), en los que se alternaban el amor apasionado y las violentas discusiones acerca de los valores sobre los que pretendían asentar sus vidas. Tolstoi confesó haberse casado con Sofía profundamente enamorado y con frecuencia fue consciente del daño que pudo haberle ocasionado por su carácter apasionado, perfeccionista y exigente. Su fuerte personalidad hacía que su vida transcurriera más felizmente en la soledad de su casa de campo que en su residencia de Moscú, obligado a participar en reuniones y actos sociales muy apreciados por Sofía pero que el escritor detestaba. Por eso fueron tan frecuentes los periodos de alejamiento entre la pareja, Tolstoi en la finca Yasnáia Poliana y Sofía en Moscú.

Cuenta Tatiana que el relativo lujo que había proporcionado a la familia su éxito como escritor fue para Tolstoi uno de los motivos principales de la tormentosa existencia de sus últimos años y el origen de la discordancia entre su vida y sus convicciones. Le atormentaba hasta extremos inconcebibles la comodidad de la que gozaba entre la miseria que lo rodeaba. Por eso se dedicaba con frecuencia a acompañar a los campesinos en sus trabajos, a repartir cantidades de dinero entre los pobres y los vagabundos que visitaban su residencia, y por eso cedió a la comunidad la casi totalidad de sus propiedades y los derechos de autor de muchas de sus obras. Perseguía liberarse del pecado de la propiedad, que se le había hecho intolerable. Pensaba que si había personas que vivían en la miseria era porque otras tenían de sobra y que si existían personas ignorantes era porque otras tenían demasiados conocimientos inútiles (entre esos otros, él y su familia). Estos ideales, junto a su interpretación personal de la religión cristiana, le llevaron a que una mística social-religiosa hegemonizara su vida. El choque con la personalidad pesimista de su esposa fue brutal para ésta. Sometida a la autoridad de Tolstoi, a su superioridad, a su talento, a su religiosidad y a sus ideas, Sofía caía frecuentemente en crisis de las que le costaba recuperarse y que a su vez repercutían en el estado anímico del propio Tolstoi. Cada vez el matrimonio estaba más separado en sus intereses y en su concepto de vida, aunque ambos manifestaban seguir enamorados. Mientras ella se preocupaba por el bienestar de la familia y el futuro de los hijos, él se centraba en el perfeccionamiento de su alma. La muerte de Vania, su hijo más pequeño, de siete años, fue el acontecimiento que los distanció definitivamente.

Tatiana recuerda las ocasiones en que su padre abandonó el domicilio para librarse de la influencia de Sofía, así como las tendencias suicidas del escritor (si en tres días no hago nada para los demás, me mato… llegué a esconder una cuerda para no caer en la tentación de colgarme… dejé de cazar para que no me tentase a terminar con mi vida). La salida definitiva de Tolstoi del domicilio familiar fue para no volver, aún sin saber que caminaba hacia la muerte. La enfermedad y el cansancio lo sorprendieron en Astapovo. A la casa del jefe de estación acudió primero Tatiana (contra la voluntad del escritor, el lugar le fue revelado por Orlov, el corresponsal del periódico La palabra rusa) y más tarde toda la familia (incluida Sofía, que había intentado suicidarse tras la marcha de su marido) para acompañarle en su lecho de muerte. “Amo la verdad”, le dijo a Tatiana. Fueron sus últimas palabras.
La mirada de las hijas: Aimée Dostoievski
Dostoievski fue para su hija Aimée algo más que un padre: fue su modelo. Vida de Dostoievski por su hija que publica aquí la editorial El buey mudo, es el testimonio de un amor filial que tiende, por una parte, a exagerar las virtudes y el magisterio del gran escritor ruso, y por otra a pasar por alto todos sus defectos y errores y atribuirlos a factores externos: familiares, políticos, pasionales, etc.. Aimée explica el enfrentamiento entre su padre y Turgueniev por la envidia que este siente por los primeros éxitos literarios de Dostoievski (mi padre fue toda su vida admirador apasionado de sus obras… por el contrario, Turgueniev no quiso admitir nunca que Dostoievski tuviese talento. p.239). Las críticas que recibió Dostoievski de los estudiantes rusos por su conservadurismo político se debían, según su hija, a su desacuerdo con que Raskolnikov, el asesino en Crimen y castigo, fuera encarnado por un estudiante. Los fracasos en sus relaciones de pareja son siempre culpa de las mujeres (casquivanas, pécoras, ignorantes) con las que tuvo relaciones: la infidelidad de su primera esposa María Dimitrievna, la alocada personalidad de la estudiante Paulina N. quien únicamente buscaba la fama a la sombra del escritor, la extremista Ana Krukovski que aprovecharía la popularidad de Dostoievski para promover su ideología anarquista… así hasta que conoció a su madre, una taquígrafa de 19 años (Dostoievski tenía entonces 44) a la que contrató para que pasase a limpio sus escritos durante una de sus crisis de salud y con la que se casó. Un matrimonio, según Aimée, permanentemente amenazado por las intrigas de los familiares del escritor, las malas artes de su hijastro, los problemas de la herencia de sus tíos.
Aimée atribuye todas las circunstancias de la vida y la obra de su padre a los orígenes lituanos de su abuelo, el padre de Dostoievski (como también lo hace cuando juzga a Tolstoi en relación con los orígenes alemanes de sus antepasados), huido de la casa familiar para evitar ser obligado a seguir la carrera eclesiástica que su familia había decidido para él y en quien la nieta cree ver rasgos del carácter del viejo Ivan Karamazov. Llega a atribuir la detención de su padre por actividades políticas contra el zar Nicolás I, a que no comprendía aún el verdadero sentido de la monarquía rusa (p.65) y fue captado por las engañosas amistades anarquistas del escritor. Sería en las diferentes prisiones de Siberia donde Dostoievski encontró la verdadera Rusia que había buscado vanamente en San Petersburgo: la gran idea rusa de la fraternidad cristiana (p.87), y por eso comenzó su servicio patriótico renunciando a sus ideas republicanas. El realismo de la obra literaria de Dostoievski sería, también, herencia normanda de sus antepasados.
Así pues, Aimée resume la vida de Dostoievski desde un punto de vista exageradamente partidista, pero la cercanía al personaje aporta datos de interés en relación con los sentimientos del escritor, poco conocidos a través de otras biografías. Sabemos de la mano de Aimée que Dostoievski tenía verdadera obsesión por la limpieza corporal y por el orden, le gustaba vestir con elegancia y era aficionado a gastar bromas a su familia. Entre sus prioridades estaba la de preocuparse por la educación de sus hijos, a los que leía obras clásicas de la literatura rusa y de Dickens y Walter Scott, y llevaba a la ópera y a la iglesia. El dolor por la muerte de dos de sus hijos, Sofía de pocos meses, y sobre todo Aleksei a los dos años, perturbó su existencia durante mucho tiempo. A través las páginas de esta biografía, que no son sino unas memorias de opinión de la propia Aimée, se rastrean las relaciones de Dostoievski con sus amigos y familiares, sus veranos en la casa de Staraya Russa, la euforia tras la lectura de su discurso en la inauguración del monumento a Pushkin en 1880 y, sobre todo, las circunstancias de su muerte (que vivió a su lado), el multitudinario entierro y los solemnes funerales.
La mirada de steiner

George Steiner considera que los tres momentos culminantes de la historia de la literatura occidental fueron la época de Platón, los años de Shakespeare y la Rusia de Tolstoi y Dostoievski. Steiner (París, 1929), catedrático de Literatura comparada, Premio Príncipe de Asturias en 2001, lleva a cabo en Tolstoi o Dostoievski (Siruela) uno de los análisis más brillantes sobre la obra de los dos grandes escritores que revolucionaron la narrativa del siglo XIX, a quienes considera los dos novelistas más grandes del mundo (P.17). En este ensayo Steiner analiza el sentido épico y mítico de las novelas de Tolstoi y Dostoievski, sus relaciones con la religión cristiana, las influencias de la tragedia clásica y de la novela gótica en las creaciones de ambos escritores y cómo la revolución francesa y la época napoleónica condicionaron la forma de narrar en la nueva sociedad rusa del siglo XIX.

La obra de Tolstoi, afirma Steiner, recoge el legado de la épica clásica de Homero (el mismo novelista comparó en alguna ocasión Guerra y paz con La Ilíada) y lo traslada a la Rusia del siglo XIX, en la que también se sitúan dos mundos enfrentados en una lucha mortal. Enfrentamiento que no es sólo el de las batallas sino también el que se lleva a cabo en el seno mismo de la sociedad. De ahí que Steiner también califique de homérica Ana Karénina.

El arte de Tolstoi y Dostoievski era religioso, afirma Steiner (P. 52). Surgió de una atmósfera penetrada de experiencia religiosa y de la creencia de que Rusia estaba destinada a representar un papel importante en el apocalipsis inminente. Según Tolstoi, la esencia de la doctrina de Cristo es enseñar a los hombres a no cometer estupideces; para Steiner el Cristo dostovieskiano, al contrario, enseña a los hombres a cometer las más graves estupideces (P. 260). Son frecuentes en las obras de ambos escritores las citas evangélicas (sobre todo en Resurrección, de Tolstoi, y en Los demonios, de Dostoievski), la identificación de personajes con figuras del nuevo testamento (Aliosha, de Los hermanos Karamazov y el príncipe Mishkin de El idiota, con Jesucristo, mientras Smerdiakov en la primera y Gadia en la segunda simbolizan a Judas) o la formación de grupos de 12 personas (en Humillados y ofendidos), identificados con el simbolismo religioso de los 12 apóstoles. En ambos escritores el bien y el mal están representados por el contraste entre las formas de vida en la ciudad y en el campo.

Sorprende el análisis que Steiner lleva a cabo sobre la dramaturgia de las obras de Tolstoi y Dostoievski, sobre todo cuando se conocen las críticas a la obra de Shakespeare que Tolstoi lleva a cabo en su ensayo Shakespeare y el drama (y que hace extensivas en su correspondencia: ¡Qué obra tan burda, inmoral, vulgar y absurda es ‘Hamlet’!. P.617). Sin embargo Steiner afirma que tanto Dostoievski como Tolstoi utilizan en sus novelas las técnicas dramáticas de Shakespeare y afirma que su influencia se manifiesta tanto en los diálogos de sus novelas como en los detalles (cada detalle se da no por el detalle mismo o para crear una atmósfera, sino como algo dramáticamente necesario. P. 75) y también en los personajes que protagonizan una historia en un escenario. En todos estos elementos Steiner advierte, tanto en Tolstoi como en Dostoievski, toda una concepción shakesperiana de la narración.

*Profesor de Información cultural de la Universidad Complutense de Madrid

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