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Martes, 9 de Octubre de 2012

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Reivindicación de Robert Musil

LIB-El-hombre-sin-atributos-MusilREn 2012 se han cumplido 70 años de la muerte del escritor austriaco y 60 de la edición definitiva de su novela El hombre sin atributos.

Francisco R. Pastoriza*

Una obra maestra, “El hombre sin atributos” tardó muchos años en ser considerada como una de las grandes obras de la literatura europea de la primera mitad del siglo XX, a la altura del “Ulises” de Joyce, “La montaña mágica” de Thomas Mann, “El castillo” de Kafka y “En busca del tiempo perdido” de Marcel Proust, testimonios todos ellos de la transición de la Europa del siglo XIX al modernismo. Fue en los años sesenta cuando la intelectualidad reivindicó los grandes valores de esta novela inconclusa (Musil murió inesperadamente a los 61 años cuando redactaba uno de sus capítulos finales) que narra con precisión matemática la desintegración del imperio austrohúngaro en el marco de la decadencia de la vieja Europa y pone de manifiesto las causas que provocaron la Primera Gran Guerra y los problemas emergentes en el naciente siglo, como el nacionalismo y el antisemitismo.

Polémica y de estructura compleja y narración reflexiva y experimental, estas características le han costado a la novela ser muy poco leída a pesar de figurar en todos los programas de literatura y en todas las antologías. El ensayismo filosófico de sus diálogos (ciertamente más fluidos en “La montaña mágica” de Mann) y la profundidad de sus reflexiones, así como su extensión (más de 1.500 páginas en la edición española de Seix Barral) han hecho que algunos la calificaran de aburrida (Heimito von Doderer), otros de megalomaníaca (Peter Handke) y críticos como Marcel Ranicki hayan dicho que era “un desierto con bellos oasis”, aunque también la elogiaran hasta el éxtasis.

Robert-Musil“El hombre sin atributos” comenzó a publicarse en 1930. En 1933 apareció una segunda parte y en el 43, un año después de la muerte de Robert Musil, el editor Adolf Frisé reunió los capítulos que ya estaban elaborados (algunas de cuyas galeradas Musil ya había retirado de la imprenta) junto a proyectos de nuevos capítulos varias veces reescritos y otros redactados incluso muchos años antes de la primera edición de la obra. El texto completo de “El hombre sin atributos” tal como hoy lo conocemos se publicó por primera vez en 1952. Musil había comenzado a escribir la novela en 1930 y escribió los últimos capítulos en su exilio de Ginebra, ciudad a la que llegó con su esposa huyendo del nazismo y donde vivía en la indigencia gracias a la caridad de algunos de sus amigos y colegas

El término Eigenschaft, que en la versión española se ha traducido como “atributo”, significa asimismo cualidad, propiedad, característica… El protagonista de la novela, Ulrich, es presentado como un hombre sin atributos, una carencia debida a los efectos de las imposiciones colectivas sobre los comportamientos individuales. Después de una breve estancia en la milicia, la búsqueda de un puesto distinguido le lleva al estudio de las matemáticas, cuyos conceptos intenta desde entonces aplicar a la vida cotidiana (vivencias autobiográficas del propio Musil, que ya había desarrollado más ampliamente en su novela “Las tribulaciones del estudiante Törless”). Ulrich vive gracias al dinero que le proporciona su padre, un académico relacionado con las altas esferas de la política, poseedor de una gran fortuna personal, y a cargos oficiales que desempeña gracias a la influencia de su progenitor. Independiente y mujeriego, Ulrich cambia de partenaire sexual a medida que va conociendo a las mujeres con las que se encuentra en sus relaciones sociales, sin importarle los vínculos que las relacionan con amigos y conocidos: Leontina, cantante y prostituta; Bonadea, casada y con dos hijos; Clarisse, esposa de su amigo Walter; Gerda, hija de su amigo Leo Fischel; su prima Diotima, esposa del diplomático Hans Tuzzi, su hermana Agathe…

KAKANIA

En 1913, año en el que se sitúan los acontecimientos de “El hombre sin atributos”, se preparaba la conmemoración del 70 aniversario del gobierno del emperador Francisco José I, que habría de celebrarse en 1918 (finalmente el emperador murió dos años antes y los actos nunca tuvieron lugar). Los fastos tenían que superar a los de otra celebración simultánea, la del 30 aniversario del emperador alemán Guillermo II. Austria y Alemania se disputaban entonces la primacía del imperio y competían por imponer su influencia en todo el territorio, un territorio al que en “El hombre sin atributos” Musil bautiza como Kakania, palabra que remite a Kaiserlich und Königlich (imperial y real), con el que se reconocía todo el territorio y que explica el simbolismo del águila bicéfala. La vacuidad de las iniciativas estudiadas, la impostura de los responsables de organizar los fastos, lo disparatado de las actividades propuestas… convierten los preparativos de la celebración en absurdas reuniones y fiestas de salón que no son sino pasatiempos de personas adineradas sin ningún objetivo preciso, gentes que creen que su capital se debe a una ley natural de la sociedad (“eran tantas cosas las que no se debían hacer que se tenía la impresión de desarrollar una gran actividad”). Las ambiciones nacionales (la desconfianza en que el prusiano Arnheim se encargue del cuidado de intereses austriacos) y de clase que se manifiestan en los actos preparatorios para organizar la denominada Acción Patriótica (en ocasiones denominada también Acción Paralela), que multiplica la ya agobiante burocracia del imperio, ponen al descubierto la decadencia en la que vive todo un sistema abocado a una transformación radical de sus estructuras y también de sus valores. Porque, simultáneamente, Musil introduce en la narración el cambio en las costumbres y en la moralidad de una sociedad anquilosada. Lo hace a través de los personajes que encarnan los intereses de la época (el capitalismo en Paul Arnheim, el militarismo ilustrado en el general Stumm von Bordwehr, la aristocracia en el conde Leinsdorf, el pacifismo en el poeta Feuermaul, el socialismo utópico en Schneiser), y el sexo, uno de los elementos fundamentales del sicoanálisis freudiano, en boga en esos años, encarnado en las relaciones adúlteras de Ulrich y en las vicisitudes de un amor inmoral, representado por el incesto entre hermanos. El enfrentamiento entre razón y sentimiento, entre el saber y el intuir, entre el bien y el mal, nudo de las reflexiones centrales de la novela, queda superado por un amor que se sitúa por encima de las convenciones sociales y las normas morales de un mundo en descomposición. El imperio sucumbe pero el amor es eterno, viene a decirnos Musil por boca de Ulrich, quien piensa que el amor no es un sentimiento sino un éxtasis y por ello el amor con su hermana es místico. Musil, con el pretexto de narrar el final de la existencia del imperio viene a plantear en “El hombre sin atributos” el sentido mismo de la existencia del hombre moderno.

Escrita a ratos con ironía (“si bien la cultura es la sal de los manjares de la vida, a la buena sociedad no le gustan los platos demasiado salados”), humor (“Te comunico que acabo de fallecer” es el texto del telegrama que Ulrich recibe a la muerte de su padre), sátira (“¿desea saber cómo me las arreglo para conocer todos los libros?: no leyendo ninguno”), Musil aborda también la crítica a la teología (“una cosa de la que nadie sabe nada, si bien encontramos en todas partes muchas iglesias”), el destino, la guerra, Dios, la fe, la ciencia, la cultura… en forma de densos diálogos de sus protagonistas, unas veces científicos y filosóficos y otras plagados de una profunda sensualidad.

UN ENSAYO DE FILOSOFÍA

“El hombre sin atributos” es por tanto, también, un notable ensayo de filosofía donde la descripción de la realidad se convierte en instrumento para la exposición de ideas. Por las páginas de la novela desfilan los fundamentos de Nietszche, Bergson, Hölderlin, Spengler, Kant o Fritz Mauthner, a veces con pasajes completos de sus obras (sin entrecomillar) en las voces de los protagonistas de la trama.

El enfrentamiento entre el bien y el mal ocupa también buena parte de las reflexiones de los personajes de “El hombre sin atributos”, ilustrado por el caso Moonsbrugger, un asesino de prostitutas condenado a muerte por sus crímenes, por cuyo indulto pugnan algunos de los protagonistas alegando la bondad natural rousseauniana del individuo o su locura, porque “Nietzsche había sido también un enfermo mental, igual que Moonsbrugger”. A menudo se plantea la duda de si el hombre es bueno por naturaleza o más bien necesita de una mano dura. Y se enfrentan los valores del humanismo a las necesidades de los individuos, cuando se plantea la duda de a qué se debe dar más importancia, si a una obra de arte o a diez mil personas hambrientas.

También se debaten los conceptos de realidad e irrealidad y los principios que recomiendan mantener los valores del pasado antes que permitir la nueva moralidad que ya invade la sociedad, una sociedad a la que el viejo régimen ha de preservar de la revolución porque “todas las revoluciones que hasta ahora han estremecido la tierra comienzan con la promesa de implantar una nueva cultura, terminan con todo lo hasta entonces logrado, como si fuera posesión enemiga, y son superadas por la siguiente revolución antes de que la antigua pueda conseguir la altura precedente”.

*Profesor de la UCM


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Última actualización el Martes 11 de Septiembre de 2012 00:17