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Miercoles, 14 de Noviembre de 2012

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El cine según Caín

Cabrera-Infante-Guillermo

La velocidad transforma el tiempo en espacio,
el cine transforma el espacio en tiempo.
G. Cabrera Infante (“La ninfa inconstante”)

Francisco R. Pastoriza*

En Cuba, en los años 50 del siglo XX, el cine era algo más que un entretenimiento. Se había instalado en el alma de los cubanos como alimento espiritual de primera necesidad. En La Habana de 1958, con una población de millón y medio de habitantes, abrían diariamente sus puertas 135 salas de cine. Acudir a ellas era para los habaneros algo tan cotidiano como comer o pasear. En la capital cubana se estrenaban las mismas películas que en Nueva York, París o Roma, casi al mismo tiempo que en las salas de estas grandes ciudades, y siempre había oportunidad de revisar los grandes clásicos a través de ciclos y reposiciones. El cine ocupaba una buena parte de las páginas culturales de los periódicos y las revistas, y se colaba en las conversaciones de la gente. Un periodista cultural de la revista “Carteles” que había mamado el cine desde su más tierna infancia (no es un tópico: su madre lo llevó al cine por primera vez cuando contaba sólo 29 días) decidió hacerse crítico de cine después de haber asistido a un curso en la Universidad de La Habana en el que conoció al realizador Néstor Almendros y a Ricardo Vigón y Germán Puig, fundadores del Cine Club de La Habana y de la Cinemateca de Cuba. Se llamaba Guillermo Cabrera Infante, pero prefería firmar sus escritos de cine con seudónimos: S. de Pastora-Niño (Pastora en vez de Cabrera; Niño en lugar de Infante) y sobre todo como G. Caín (G de Guillermo y Caín por las dos primeras sílabas de sus apellidos), con el que se dio a conocer en toda la isla. Aquella pasión de los cubanos por el cine quedaría reflejada años más tarde en sus novelas. En “Tres tristes tigres” Cabrera Infante cuenta cómo dos hermanos venden al peso la biblioteca heredada de su padre para hacerse con dinero para comprar entradas de cine.

CINE Y LITERATURA

El cine fue una presencia permanente en la vida y en las novelas de Guillermo Cabrera Infante, un firme recurso de inspiración. En “La Habana para un infante difunto” (el epílogo de esta novela se titula significativamente ‘Función continua’) recuerda desde el exilio las salas de cine que tanto frecuentó en su juventud, y evoca sus nombres: Atlantic, Alcázar, Majestic, Verdún… Y en “La ninfa inconstante”, el protagonista, alter ego del autor, llega a preguntarse “¿qué sería de mí sin el cine?”. Tal vez, pensamos nosotros, sin cine no hubiera habido literatura. Porque antes de escribir sobre cine, Cabrera Infante ejercía como periodista todoterreno, fundamentalmente en el área de cultura, pero también cubriendo informaciones de todo tipo. Ilustraba sus escritos con instantáneas de los fotógrafos que trabajaban para la revista “Carteles”, entre ellos Alberto Korda. La fotografía del Che Guevara que encumbró a Korda se tomó durante los funerales por las víctimas del sabotaje al barco “Le Couvre”, un reportaje que Cabrera Infante encargó al fotógrafo.

Así pues, como paso previo a su creativa obra literaria, Guillermo Cabrera Infante ejerció como crítico de cine. Lo hizo de 1954 a 1961 en La Habana prerrevolucionaria de la dictadura de Fulgencio Batista y también durante los primeros años del castrismo, época en la que se entregó en cuerpo y alma a la causa revolucionaria (sus padres eran militantes comunistas), a pesar de lo cual, en el cine estuvo también el origen de su disidencia, cuando el régimen prohibió la exhibición del documental “PM (Pasado meridiano)” de su hermano Sabá Cabrera infante y lo destituyó a él como director del suplemento cultural “Lunes de Revolución”, que había producido la película. La prohibición de “PM” fue la primera manifestación de la lucha ideológica por el poder cultural entre los sectores oficialista y liberal del comunismo cubano, y provocó la famosa frase de Fidel Castro “Con la revolución todo, contra la revolución, nada”.

“La única forma –escribiría- en que un crítico puede sobrevivir en el comunismo es como ente de ficción”. Por eso sus artículos sobre cine pueden leerse también como una autobiografía alternativa, porque en ellos hace referencia a su propia vida, a la censura, a los incidentes vividos en su profesión de periodista y a sus experiencias en las salas de butacas de los cines de La Habana (en la pantalla y al margen de la pantalla). En esos artículos, entre disertaciones sobre el guión, la dirección, la interpretación o la banda sonora, Cabrera Infante introduce reflexiones sobre aspectos de la actualidad cubana, referencias permanentes a los conflictos bélicos contemporáneos, a los movimientos de liberación del Tercer Mundo, a las amenazas de una tercera guerra mundial... Sus escritos sobre cine los recopiló él mismo en tres libros ya históricos, “Un oficio del siglo XX” (1963), “Arcadia todas las noches” (1978) y “Cine o sardina” (1997).

LIB-cronista-cine-Cabrera-InfanteAhora la editorial Galaxia Gutenberg-Círculo de Lectores, en una de esas elogiosas iniciativas con las que frecuentemente siembra el panorama editorial español, recoge, en los primeros volúmenes de sus obras completas, todo lo que sobre cine escribió el Premio Cervantes 1997.

LAS PELÍCULAS DE CAÍN

Cabrera Infante escribió innumerables reseñas críticas de las películas que se estrenaban o se reponían en los cines de La Habana, todas ellas recogidas en estas obras Completas, pero también entrevistas con actores y directores, reportajes sobre rodajes y actividades relacionadas con el cine, crónicas, noticias, obituarios, columnas de opinión, secciones especiales (como “Cine-bellezas”, dedicada a los “cuerpos divinos” de actrices nacionales e internacionales: “estrellas y estrellitas mostrando en paños menores sus encantos mayores”). Su conocimiento sobre el séptimo arte era verdaderamente enciclopédico, como se observa en la lectura de estos textos. Escribía sobre las nuevas corrientes cinematográficas (a destacar su artículo “Las falsas reputaciones”), sobre la industria del star system, sobre el erotismo emergente en el cine europeo a raíz de las películas de Brigitte Bardot (genial la crítica dedicada a “Y Dios creó la mujer”, de Roger Vadim, donde “BB se desnuda durante media película y la otra mitad la emplea en vestirse”), sobre aspectos técnicos, como los diferentes sistemas de color y de proyección… Su lenguaje no se limitaba a manifestar su portentosa especialización sino que se recreaba en los incipientes juegos de palabras que más tarde inundarían su literatura. En cuanto a su estilo, en sus crónicas de cine Cabrera Infante anunciaba ya el nuevo periodismo que años más tarde triunfaría con Tom Wolfe y Norman Mailer, como se puede apreciar en las entrevistas a Marlon Brando y a Luis Buñuel.

PERLAS CARIBEÑAS

Para la época dorada del cine durante la que ejerció la crítica, Cabrera Infante supone no sólo una fuente de documentación rigurosa sino una divertida mirada, diferente y original. Para tener una idea general de sus observaciones, hemos entresacado algunas de las perlas que jalonan estos escritos. No era partidario, por ejemplo, de las adaptaciones al cine de grandes obras literarias. Así, “Ana Karenina”, de Clarence Brown, con Greta Garbo, no deja de ser para Caín “una disecada versión de la magnífica novela de Leon Tostoi en la que está ausente esa aura maravillosa que diferencia lo bueno de lo verdaderamente grande”. Sobre “Romeo y Julieta”: “quien dijo que Shakespeare estaba hecho a la medida del cine demostró que no sabía lo que era Shakespeare ni sabía lo que era el cine”. Y de la adaptación que John Houston hizo de “Moby Dick”, “una cinta excelente pero no una obra maestra como el libro de donde surge”. “El viejo y el mar” de John Sturges sobre la novela de Hemingway, “No es una mala película. Simplemente: no es una película”. Muchas de las suyas eran críticas cítricas, como él mismo las definiría, incluso sobre películas de amplia aceptación. La versión de “Ha nacido una estrella”, de George Cukor (con Judy Garland), es “una tragedia con música interpolada”. “Lo que el viento se llevó”, un monumento que si no emociona por su calidad arquitectónica, se impone por su grandeza. “Johnny Guitar”, una parodia de un oeste que en ocasiones se toma en serio. Pero también están los grandes homenajes a los directores que le fascinaban (John Ford, Hitchcock, Kurosawa) y las películas que le marcaron. “Río Bravo”, “Los 400 golpes”, “Los siete samuráis”, “La invasión de los muertos vivientes...

Para Cabrera Infante el cine español (“Muerte de un ciclista”, “Calabuch”, “Bienvenido Mr. Marshall”, “Calle Mayor”) estaba desempeñando un papel similar al de las trompetas de Jericó, porque poco a poco iba resquebrajando la muralla del franquismo.

Y, para terminar, reproducimos completa la crítica a “El magnífico matador”: “Es una magnífica muestra del arte de ver una película de toros: Que sale el toro, cierre los ojos. Que no los cierra, se los cierra el sueño”.

(*) Profesor de Información cultural de la Universidad Complutense de Madrid

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Última actualización el Domingo 25 de Marzo de 2012 11:29