
[En el 200 aniversario de su nacimiento (7 de febrero de 1812) se publica en España la mejor biografía del escritor inglés]
Francisco R. Pastoriza*
Si, como dice Rilke, la infancia es la patria del hombre, el mejor ejemplo de esta afirmación podemos encontrarlo en la vida y en la obra de Charles Dickens. En efecto, Dickens extrajo de los primeros años de su vida el material que conformó la práctica totalidad de su extensa obra literaria. Una infancia de privaciones en el seno de una familia pobre, con un padre permanentemente entrampado y encarcelado a causa de sus deudas, en un entorno urbano hostil, en unas condiciones de miseria que le obligaron a entrar a trabajar cuando aún era un niño en una infecta fábrica de betún de un barrio decrépito poblado de ratas y cucarachas… unos años que marcaron para siempre la personalidad del escritor. Pero que también abrieron su imaginación a los personajes que conoció entonces y a los escenarios por los que discurrieron estos años de penuria. La fábrica de betún, los tarros, los cepillos para el calzado, los limpiabotas… son una presencia constante en sus novelas, prueba de la profunda huella que la fábrica dejó en su persona.
Las imágenes que David Copperfield contempla desde la ventana de su vivienda son las mismas que Dickens veía desde la suya cuando era un niño. Las hediondas calles de Londres que recorrió en sus primeros años y el desamparo que sufrió durante su infancia conforman el núcleo de Oliver Twist, cuyo protagonista es personaje de claros tintes autobiográficos. Pocos años antes de su muerte aún existían el cuartucho en el que se alojaba Pip y la oscura escalera en la que Magwitch se había tropezado en Grandes esperanzas, que Dickens gustaba enseñar a sus conocidos. Los cadáveres de niños que con frecuencia aparecen en su literatura no son más que la presencia obsesiva de un hermano muerto.
La relación entre la infancia de Dickens y su obra literaria es una de las consecuencias que se extraen de la lectura de Dickens. El observador solitario (Edhasa), de Peter Ackroyd, tal vez la mejor biografía del escritor. A lo largo de 700 páginas Ackroyd lleva a cabo una intensa investigación sobre la vida y el entorno de un personaje que conoció relativamente pronto las mieles de la gloria, las fanfarrias del éxito y el perfume del dinero, tras conseguir salir de una situación de miseria y de penalidades que en aquellos años, para quienes habían nacido en la pobreza, era una condena a perpetuidad. En la cumbre del éxito y la popularidad, Dickens tendía a recordar con más fuerza los infortunios de su niñez. En Historia de dos ciudades escribe: “A medida que me voy acercando al final, camino en círculo, más próximo cada vez a mi principio” y en Nuestro común amigo, una de sus últimas obras, las canciones de su infancia se repiten como una evocadora alucinación. En su última novela, El misterio de Edwin Drood, inacabada, es en la que introduce más recuerdos de cuando era un niño.
Su vida cambió después de abandonar la fábrica de betún en la que sufrió las mayores penalidades. Como la Scarlett O’Hara de Lo que el viento se llevó, fue como si se hubiera propuesto firmemente no volver jamás a aquella situación de miseria. Dickens se transformó en un joven activo y autodidacta que entró a trabajar como taquígrafo en un periódico londinense. El contacto con el periodismo le animó a escribir sus primeras crónicas, y muy pronto a publicar sus escritos de ficción, unas historias por las que se interesaban cada vez más lectores. El clamoroso éxito en 1836 de Los Papeles Póstumos del Club Pickwick, su primer libro, que escribió por encargo y publicó por entregas al mismo tiempo que Oliver Twist (una simultaneidad hasta entonces insólita en un escritor), le abrió las puertas de una carrera que hasta su muerte no hizo más que ir en ascenso. Fue sin duda el más popular de los escritores de su tiempo y su fama traspasó las fronteras y llegó a lo más alto en Francia y Estados Unidos.
La biografía de Ackroyd rescata las luces y las sombras de una personalidad obstinada, contradictoria, a veces misteriosa y siempre insegura de su situación económica aun cuando sus ingresos fueran considerables, una reminiscencia de su infancia que el éxito no sirvió para exorcizar. Es la historia de un escritor que fue elaborando a lo largo de su vida una gigantesca obra narrativa, de un gran nivel literario y emocional, con el esfuerzo y la tenacidad propios de alguien que ha conocido las dentelladas de la miseria.
LITERATURA Y PERIODISMO
Charles Dickens simultaneó toda su vida la literatura y el periodismo cultural. Desde sus inicios como taquígrafo en el Mirror of Parliament y sus primeros cuentos publicados en 1833 en The Montly Magazine y en Bell’s Life in London, nunca dejó de escribir para los periódicos y las revistas. Además de publicar todas sus obras por entregas en distintos medios, Dickens escribía artículos de opinión para The Examiner, llegó a dirigir publicaciones como The Wits Miscellany, Master’s Humphrey Clock e incluso un diario, el Daily News, aunque por poco tiempo. También dirigió sus propias revistas: Household Words y All the year round, en las que publicó sus últimas novelas y sus tradicionales narraciones de navidad, una cita a la que nunca faltaba con sus lectores. Se afirma que en Inglaterra las obras de Dickens contribuyeron a transformar la Navidad en la celebración que es actualmente. Sus trabajos periodísticos los publicó en Sketches by Boz.
EL ESCRITOR MEDIÁTICO
Dickens fue ya en su tiempo no sólo un escritor de éxito sino también lo que hoy daríamos en llamar una estrella del espectáculo. Su temprana vocación teatral, frustrada por una enfermedad en su juventud, nunca llegó a extinguirse, y es conocida su participación en compañías de teatro aficionado como los Amateur Players. Cuando escribía sus novelas lo hacía pensando en cómo sería la adaptación al teatro. Pero en relación con los escenarios, las actividades que le resultaban más gratificantes eran las lecturas públicas de sus obras. En ellas ponía toda su capacidad expresiva para trasladar a los espectadores la fuerza dramática de sus relatos. Cuidaba todos los detalles, desde la decoración de los escenarios hasta la iluminación y la puesta en escena, memorizaba los textos, cambiaba algunas situaciones y ensayaba durante días enteros en jornadas agotadoras. A estos actos acudían miles de personas, muchas de las cuales terminaban sumidas en llanto y presas de desmayos. Eran lecturas dramatizadas que duraban varias horas, que se representaban en escenarios distintos de ciudades diferentes en giras gigantescas que terminaban llenando a rebosar las arcas de un Dickens al borde del agotamiento. Hasta la llegada de The Beatles en el siglo XX no se volvió a conocer nada igual. Una de estas giras, por numerosas ciudades de Estados Unidos con más éxito incluso que en Inglaterra, terminó minando gravemente su salud. Sin embargo, aún sabiendo cómo el esfuerzo que ponía en cada una de sus representaciones repercutía en su enfermedad, nunca dejó de llevarlas a cabo, incluso hasta poco antes de su muerte. En algún momento incluso se llegó a temer que muriera en escena.
UNA PERSONALIDAD CONTRADICTORIA
La infancia de Dickens marcó también su personalidad y su sicología. Incapaz de manifestar cariño y ternura hacia su esposa y sus hijos, volcaba sus afectos con sus amigos y descargaba su insatisfacción sobre quienes tenía más cerca. Su humor era mudable e impredecible y solía aplacar sus iras realizando largas y frecuentes caminatas de hasta 30 kilómetros. Sus manifestaciones de solidaridad eran tan espectaculares como inagotables: recogía donativos para la construcción de sanatorios, escribía críticas furibundas contra las condiciones de los asilos y las injusticias que sufrían los más débiles, condenaba los maltratos a los niños, ayudaba a los pobres y a los mendigos… Y también sus manías: cambiaba de casa con frecuencia (tenía varias y también se alojaba en hoteles y residencias alquiladas), no podía estar en Londres el día que se publicaban sus obras, creía leer su destino abriendo al azar determinados libros, para escribir necesitaba sobre la mesa fetiches como dos sapos de bronce y una hoja dorada con un conejo encima, que le acompañaron toda la vida… Y la más imperdonable: en un arrebato de furia y para que nadie hurgase en su pasado, decidió quemar toda su correspondencia, una pérdida irreparable para la investigación no sólo sobre su vida sino también sobre la sociedad en la que vivió y sobre las personas con las que se relacionó. Peter Ackroyd no se atreve a arriesgar ninguna afirmación sobre los motivos de su divorcio de Catherine Hogarth, una mujer que a lo largo del libro aparece permanentemente embarazada de los numerosos hijos que tuvo con Dickens. Las misteriosas relaciones del escritor con la joven actriz Ellen Ternan pudieron no sobrepasar los términos de una amistad correcta, teniendo en cuenta que las reuniones de la pareja se celebraban siempre en presencia de la madre de Ellen. Pero el misterio de estas relaciones flota como un fantasma a lo largo de sus últimos años. Alguna biografía de Dickens lo llega hasta a casar con esta joven actriz. Otro misterio: su cuñada Georgina, hermana de Catherine, permaneció viviendo en la casa del escritor hasta su muerte, sin que se haya demostrado, a pesar de varios intentos, ninguna relación de otro tipo que las familiares. Sea como fuere, en las últimas obras de Dickens (Grandes esperanzas, Nuestro común amigo, El misterio de Edwin Drood) el amor siempre es tormentoso, desesperado, lo más cercano al amour fou.
Es verdad que la obra de todo gran artista nunca es ajena al mundo que lo rodea, aunque el caso de Dickens la influencia es aplastante: nunca nadie había dejado antes con tanta intensidad una parte de sí mismo, los años de su infancia, en ese mundo ficticio de contornos indefinidos que eran sus novelas. Las vivencias de sus personajes a menudo habían sido las suyas propias. En una de sus últimas reuniones familiares dijo una frase que nadie supo interpretar: “Betún Warren; Strand número 30”. Era su particular “Rosebud”, aquella palabra que Orson Welles pronunciaba al comienzo de Ciudadano Kane.
*Profesor de Información cultural de la Universidad Complutense de Madrid
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