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Domingo, 30 de Diciembre de 2012

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Cartas, de Jack Kerouac y Allen Ginsberg: ascenso y caída de una generación magnífica

LIB-Cartas-Ginsberg-KerouacMercedes Arancibia

Lo que ha pasado a la historia de la Literatura con el nombre de Beat Generation, una fuerza literaria surgida como una furia en la conservadora América de la posguerra de los años 1940-1950, tiene muchos puntos en común con la “generación perdida” de los escritores americanos en el París de los años 1920, aparecida en los rescoldos de la primera Guerra Mundial. Ya entonces, Ezra Pound –un magnífico poeta y un inmenso bastardo, adorador de Mussolini- aseguraba que existía siempre un desfase de veinte años entre la aparición de nuevas ideas artísticas y su aceptación.

Cuando, en 1906, Picasso enseñó a la escritora y poetisa Gertrude Stein el retrato que le había hecho, ella dijo: “No se me parece”. Picasso respondió: “Ya lo hará”. La escritora lo legó en 1946 al Metropolitan Museum, luego de enseñarlo durante mucho tiempo diciendo que era su mejor parecido. Lo mismo, tres cuartos de siglo después de iniciarse, el genio y la creación de la Generación Beat han encontrado el lugar que les corresponde por derecho en la historia de la literatura universal.

"(Yo no soy)… ni romántico ni visionario, y esa es mi debilidad y quizá mi fuerza, en cualquier caso se trata de una diferencia. En sentido menos romántico y menos visionario, yo soy judío (con capacidad introspectiva y un eclecticismo inherente, quizá) pero soy ajeno a vuestra gracia natural, al espíritu que sabéis propio de un participante en Estados Unidos… " .
(Allen Ginsberg a Jack Kerouac, julio 1945)

"Una frase de mi diario: ‘Todos estamos encerrados en nuestra pequeña atmósfera de melancolía, como planetas, y dando vueltas alrededor del sol, nuestro corriente pero lejano deseo’. No muy buena, quizá, pero como se te ocurra robarme esta frase que es mía, te mataré en serio, para variar"
(Jack Kerouac a Allen Ginsberg, agosto 1945)

Dos iconos de la narrativa del siglo XX, Jack Kerouac y Allen Ginsberg, crecen al unísono, como personas y como literatos, dejando constancia de su evolución en la correspondencia cruzada durante 25 años. El poema “Howl” de Ginsberg alcanzó en 1956 un éxito, muy mediatizado sobre su presunta obscenidad, y el segundo libro de Jack Kerouac, “On the Road” (En la carretera, en el camino…) transformó un año más tarde a su autor en el novelista más popular de Estados Unidos.

Las “Cartas” que se escribieron en las dos “décadas prodigiosas” de 1940-1950, publicadas por primera vez en Estados Unidos en 2010 y editadas en España por Anagrama en la primavera de 2012, trascienden sus propias biografías. Son no sólo el relato de cómo fue adquiriendo cuerpo un controvertido movimiento literario sino también el resumen de todo el legado aportado por aquella generación, bastante maldita e increíblemente creativa: sus angustias, sus pretensiones, buena parte de la intimidad de los autores queda atrapada en esos escritos, más confesiones que una correspondencia al uso. Unas veces se contestan y otras divagan, en aquellos cuartos de hotel y aquellos apartamentos siempre abiertos donde se colaban amigos y desconocidos, el jazz, el alcohol y la droga, compañeros de viaje y también de alucinación. Dos centenares de cartas que comienzan en 1944, cuando Ginsberg era estudiante en la Universidad de Columbia, y terminan poco antes de la muerte de Kerouac, en 1969.

Como en los mejores relatos policiacos de la época (Chandler, Carver, Ellroy…), las Cartas comienzan con Kerouac en la cárcel, en 1944, como presunto implicado en el asesinato del amigo común Lucien Carr, y terminan con una muerte anunciada: “El volumen se lee como una novela de Dostoievski: comienza con un asesinato y termina, esencialmente, con un suicidio, la muerte de Kerouac a causa de una cirrosis hepática (conseguida a base de años de alcohol sin límites) en 1969… la vida real de los protagonistas de la literatura Beat: Kerouac, testarudo, paranoico, colérico, aunque enamorado de todas las personas que va conociendo; Ginsberg, el crío excitado sujeto a alucinaciones y consumido por la poesía” (M. Miller, The Observer). No solo es la crónica de una generación, es también el testimonio de una amistad profunda.

Kerouac y Ginsberg son los representantes de un sui generis romanticismo norteamericano: no solo quieren que América les lea, quieren crear un país nuevo, un lugar para “los locos, demonios de las drogas y toxicómanos del sexo”. “Quiero escribir sobre la generación loca”, le decía Kerouac a Ginsberg en 1949 a propósito de “On the Road”. Pero la generación Beat fue más que Kerouac y Ginsberg; hasta medio centenar de artistas, mayoritariamente escritores –mejores y no tanto- que con las cenizas de un desastre construyeron y contaron un universo nuevo y, sin saberlo, hicieron de peaje entre dos conflictos: habían dejado atrás la guerra del 39 pero se encontraron de frente con la de Vietnam.

Fue el hecho de mirar a la muerte cara a cara y tener que enfrentarse a la ley lo que, en principio, hizo que Kerouac y Ginsberg se tomaran en serio el uno al otro, cuando nadie daba un duro por sus aspiraciones, comentando sin escatimar críticas sus respectivos trabajos creativos. Hijos de la posguerra, herederos de la Gran Depresión, insatisfechos por el desfase existente entre el discurso público y la marginación de los jóvenes, ellos mismos fueron sus mejores agentes de relaciones públicas, se dedicaban a hablar y enseñar su trabajo a cualquiera que se mostrara mínimamente interesado, hablaban con agentes literarios y editores, pontificaban en bares y habitaciones de hotel configurando –cuando apenas habían dejado atrás la adolescencia- un movimiento cultural y existencial que cambió la literatura de su país y marcó poderosamente la europea, y cuya influencia satura todavía la creación literaria a ambas orillas del Atlántico. “En algún lugar –dice Miller- un joven de 16 años está a punto de iniciar un viaje sin destino, en un coche de ocasión, a la búsqueda de una locura que destruyó los mejores espíritus de toda una generación”.

A pesar de las muchas discrepancias, evidentes, Ginsberg y Kerouac se inspiran e influyen mutuamente y sus “Cartas” son un retrato, de facetas desconocidas, de dos hombres que encabezaron el movimiento cultural que define a su generación. Con el tiempo, y el aumento de la popularidad de ambos, las cartas se van haciendo más distantes, más esporádicas; Kerouac parece escribir siempre ebrio; Ginsberg en un viaje alucinado. Inexorablemente, la correspondencia prefigura un final trágico, es también el testimonio de un recorrido de autodestrucción.

En una nota a su alucinante poema “Howl”, Ginsberg escribió sin puntuación: “La máquina de escribir es santa la voz es santa los oyentes son santos y el éxtasis es santo”. Jack Kerouac dijo una vez a Ferlinghetti, “algún día las cartas de Allen Ginsberg harán llorar a América”. Aunque ahora América tenga otros muchos motivos para llorar, las Cartas de Ginsberg y Kerouac son uno de los mejores ejemplos de correspondencia literaria, al menos de los dos últimos siglos.

  • Cartas, Jack Kerouac y Allen Ginsberg
  • Anagrama
  • Colección Panorama de narrativas (PN 808)
  • Traductor Antonio-Prometeo Moya
  • ISBN 978-84-339-7839-4
  • 600 páginas, 24,90 €


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Última actualización el Martes 09 de Octubre de 2012 20:09