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Martes, 13 de Noviembre de 2012

Actualizado08:21:54

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Bienvenidos a la (nueva) universidad

[Los nuevos planes universitarios provocan la aparición de manifiestos críticos enfrentados]

Llovet-eclipse-humanidadesFrancisco R. Pastoriza*

Salvo en algún que otro artículo aislado o en manifiestos puntuales firmados por colectivos de profesores, pocos docentes han manifestado públicamente sus opiniones críticas sobre el Espacio Europeo de Educación Superior, conocido popularmente como Plan Bolonia para las universidades, como lo hace el profesor Jordi Llovet en un libro de reciente publicación, Adiós a la universidad. El eclipse de las Humanidades (Galaxia Gutenberg). Lo hace, además, con un lenguaje claro y directo y con un cierto sentido del humor que despoja a este texto de interpretaciones dramáticas, lo que es de agradecer.

La trayectoria del profesor Llovet no es nada sospechosa de actitudes revolucionarias ni de planteamientos anárquicos o de enmiendas a la totalidad. De sólida formación humanista adquirida en Francia y Alemania, con una experiencia docente de largos años en la Universidad de Barcelona y en instituciones internacionales, Llovet es uno de los grandes defensores de la universidad como centro de formación de profesionales con valores humanistas y partidario de la vigencia del legado cultural clásico e ilustrado. Su amplia cultura y su conocimiento profundo de los sistemas educativos europeos y norteamericanos le autorizan para arriesgar un testimonio como el que contiene este libro.

Libro, además, que no se limita a poner en duda el futuro de la universidad sino que parte de la crítica a algunos aspectos de la actual situación, como los estudios de doctorado (“una de las pruebas más perversas a las que deben someterse personas que quieran dedicarse a la enseñanza universitaria”. p.57) o la crítica a los procedimientos de promoción del profesorado universitario, que vincula los méritos de los candidatos más a la investigación que a la docencia. Este es, según Llovet, uno de los grandes malentendidos de la vida académica, al menos en el caso de las carreras humanísticas ya que, como consecuencia, algunos profesores basan sus clases en las investigaciones que están llevando a cabo en lugar de centrarse en la enseñanza y en las explicaciones adecuadas. Por eso cree importante, al menos en el caso de las ciencias humanas, vindicar en la universidad el estudio y la enseñanza por encima de la investigación. Extiende su malestar a las evaluaciones de los méritos conseguidos como consecuencia de libros y artículos publicados en revistas científicas, porque en sus consideraciones los evaluadores no atienden a los méritos intrínsecos de los trabajos sino al hecho de haberlos publicado, en ocasiones incluso pagando por ello: “lo que aprecian las agencias de evaluación no es la calidad de lo que se ha escrito (…) sino el mero hecho de que una publicación exista” (p.173).

Partiendo de la actual situación, Jordi Llovet arremete contra algunos de los contenidos del plan Bolonia no porque potencien los estudios técnico-científicos y especializados y hagan hincapié en la relación de la universidad con el mercado laboral (desde la Edad Media, las universidades proveyeron a las clases dirigentes de licenciados con conocimientos que garantizasen la buena marcha de la administración, afirma) sino porque, como consecuencia de este plan, tiene que ser la universidad la que se acomode a las necesidades del mercado: “lo que estos planes harán es vincular la universidad, en el mejor de los casos, al mercado laboral, que no es lo mismo que la sociedad”. Para el profesor Llovet ha prevalecido en el nuevo modelo de universidad el criterio basado en la ordenación económica y la rentabilidad mercantil por encima del conocimiento y la educación global de los estudiantes. La convergencia europea, según este profesor, “no pretende una unidad de conocimientos sino solamente una homologación de titulaciones”. Para Llovet, “todo está pensado desde la órbita de la política de rentabilidad económica propia de las sociedades neoliberales, en detrimento de lo que más molesta a dichas sociedades: el uso indiscriminado y libre de la inteligencia, la crítica y el disenso intelectual” (p.197). Critica también el sistema de masters (“que cuestan a los estudiantes una cantidad a veces muy superior a un curso de grado”), así como el sistema de créditos del nuevo plan, que valora las horas de trabajo de los estudiantes en casa frente a las “denostadas” lecciones magistrales y los seminarios. En fin, la promoción de la movilidad de los estudiantes y la de una “dimensión europea” de la educación superior en la nueva universidad son, para Jordi Llovet, falacias y palabras vanas.

Apartado de la docencia al haberse acogido a los nuevos planes de prejubilación de profesores de universidad (lo que también hicieron Fernando Savater o José-Carlos Mainer), Llovet sigue manifestando su preocupación por los estudiantes de una universidad a cuyos gestores responsabiliza de estropear el entusiasmo y la capacidad de los jóvenes, transformando un foco de actividad político-intelectual tan poderoso en un centro expendedor de títulos y abilities, y que ha llevado a los estudiantes a la despolitización, como si la universidad y la vida política de un país no tuvieran nada que ver entre sí. Así, viene a decir Llovet, no es raro que las nuevas generaciones busquen la fama antes que la grandeza, valoren el éxito por encima del mérito y persigan la aclamación antes que el reconocimiento. Llovet se plantea también cuál ha de ser el papel del intelectual en una democracia parlamentaria consolidada, en las que esta figura tiende a ser situada en un lugar tolerado de resistencia. En una universidad dominada por individuos desprovistos de lo que conocemos como “pasión intelectual”, la obligación de los intelectuales ha de ser el de mantener su compromiso y seguir el consejo de Camus de “oponer resistencia a las corrientes del tiempo”.

LIB-intelectual-melancolicoMELANCOLÍA

Al parecer, el modelo de intelectual que defiende Llovet es al que en la actualidad le viene como anillo al dedo la calificación de “melancólico”. Con este título, El intelectual melancólico (Anagrama), el también profesor Jordi Gracia responde a las posiciones de Llovet en relación sobre todo con el papel de las humanidades en el nuevo modelo universitario y en la sociedad. Gracia califica su escrito como panfleto (este es el subtítulo de este libro), aunque viene a desmentir parcialmente esta condición al advertir que está firmado y dedicado, características no propias de los panfletos. Aunque en ningún momento se alude a la obra de Llovet ni se menciona su nombre ni el de cualquier otro “intelectual melancólico”, los lectores de Adiós a la universidad pueden identificar fácilmente algunas de las críticas contenidas en la obra de Jordi Gracia como aplicables a los postulados de Llovet (Gracia reconoció que Adiós a la universidad prendió la mecha para decidirse a escribir su “panfleto”).

Para Jordi Gracia, el intelectual melancólico es aquel que se queja porque advierte en los estudiantes universitarios de hoy, además de una creciente presencia de faltas de ortografía en sus escritos y una desatención progresiva en su formación canónica en humanidades, un apego (inexistente en otras generaciones) a la literatura comercial, a los programas de telebasura y a los videojuegos y tecnologías afines. Por el contrario, el autor de este libro afirma que la base formativa de las clases medias en Occidente ha aumentado cualitativamente sin cesar desde la Revolución Francesa y que nunca como ahora los estudios de letras y la formación básica de los ciudadanos han sido más productivos.

Según Jordi Gracia, el intelectual melancólico escribe desde el resentimiento contra un supuesto envilecimiento cultural de la actual sociedad, un resentimiento provocado porque las cifras de ventas de sus libros están muy alejadas de las de otros autores más jóvenes que consiguen grandes audiencias con obras vulgares que encarnan, según los melancólicos, agresiones contra el buen gusto. Lo que molestaría al intelectual melancólico sería no estar, como esos autores, en los puntos de venta de las grandes superficies y el Carrefour. La melancolía se agrava, dice Jordi Gracia, por la proximidad biológica al límite de su tiempo de fecundidad (“escriben y piensan como quienes sienten el olor de la muerte social”.p.16). Resentidos por el fracaso de su utopía y frustrados por no ser más que funcionarios de universidad “atornillados al suelo de su cátedra”, los intelectuales melancólicos en realidad arremeten contra la ingratitud de una sociedad que no ha premiado su sacrificio ni su producción intelectual. Defensores de un orden fosilizado y guardianes de las esencias, tendrían sin embargo pocas razones para quejarse, dependientes, como son, de un sueldo del Estado “pagado por la inmensa cantidad de taxistas y porteros, electricistas y fontaneros que desatienden sus diatribas contra la decadencia de la clase intelectual y la ruina cultural de hoy” (p.36).

He aquí, pues, una nueva manifestación de aquellas categorías de apocalípticos e integrados que Umberto Eco pusiera de moda en los sesenta, o a la muy anterior controversia entre antiguos y modernos, aplicadas ahora a la universidad y a la cultura contemporáneas. Hay que decir que porque la polémica es siempre enriquecedora, hay que celebrar la aparición de estos dos manifiestos en los que se aprecian aspectos a tener en cuenta desde ambas posiciones antagónicas, junto a errores de apreciación, como es el de considerar, en el caso de Gracia, que “en plena rumba del 68 la salida natural del joven profesor o del joven escritor era dar clases gratis y escribir artículos gratis y escribir libros gratis”, mientras ahora se recibe puntualmente el dinero de la becas que dan “para vivir como un rajá moderno y mileurista sin necesidad de acudir a por el pan echando artículos y desplegando sus indudables saberes (…) a la espera de una salida más ventajosa al mercado editorial y al futuro marmóreo del arte”. Tampoco esto es así.

*Profesor de Información cultural de la Universidad Complutense de Madrid

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