premiodonquijoteConrado Granado.-El titular que antecede podría definir en una simple línea lo que es y significa el Premio Internacional Don Quijote de la Mancha que, en opinión del Presidente castellano-manchego José María Barreda, tiene como objetivo reconocer el trabajo que aquellas personas “que mejor hayan contribuido a la difusión internacional y al conocimiento de la cultura y la lengua española”.

Y por lo que hemos podido ver en las dos ediciones que han tenido lugar hasta ahora, dichos objetivos se van cumpliendo con creces, y a nivel universal. Porque si en la primera edición este Premio don Quijote fuera concedido al Presidente brasileño Lula da Silva por la implantación de la enseñanza del español como segunda lengua en Brasil, y al escritor mexicano Carlos Fuentes por su trayectoria literaria, en esta segunda edición las aguas lingüísticas han seguido su curso, hasta desembocar en un país y en un escritor que tanto están haciendo por la difusión de un idioma cada día más universal.

En este sentido, el Premio Don Quijote de la Mancha de este año ha recaído en la presidenta de Filipinas, Gloria Macapagal-Arroyo, en la categoría de mejor labor institucional en la defensa del español llevada a cabo por su Gobierno, que ha implantado el aprendizaje de este idioma en la enseñanza secundaria del archipiélago asiático, abriéndose de esta manera la puerta de Asia para un idioma que, en opinión del Jurado, tiene una importancia creciente “como lengua de comunicación global”. El otro galardonado ha sido el novelista peruano Mario Vargas Llosa, en la categoría de más destacada trayectoria individual. Vargas Llosa, autor de obras como “Conversación en la catedral” o “El pez en el agua”, ha recibido el premio no solamente en reconocimiento a su labor como escritor, sino también por su compromiso con la realidad de una persona que en sus diferentes vertientes, sigue con los pies en la tierra.

Tras la concesión en esta segunda edición del Premio Don Quijote de la Mancha, convocado de forma conjunta por la Fundación Santillana y la Junta de Castilla-La Mancha, ha quedado patente, una vez más, la creciente universalización del idioma español, que no es de nadie en concreto, sino de todos los que quieren y pueden hablarla. En un momento en que de puertas para adentro, en España, la cuna que lo vio nacer, se le está poniendo al español alguna que otra pega, relegándolo incluso a veces de forma absurda -cuando no malintencionada-,  no vendría mal tener en cuenta las palabras de una persona como Vargas Llosa, escritor curtido en la utilización de dicho idioma, pero que hace 50 años era simplemente un estudiante  procedente de la Universidad de San Marcos de Lima que vivía a la sazón en una pensión madrileña llamada El Jute. Hoy, después de medio siglo de hablar y escribir en español, y tras haber recibido todo tipo de premios en el seno del mismo, como el Cervantes o el Príncipe de Asturias, el gran escritor opina: “Es la lengua de quien quiere apropiársela. No tiene fronteras: es mexicana, peruana, castellana, estadounidense… No olvidemos que hay más de 40 millones de hispanohablantes en Estados Unidos”. 

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