Lunes, 15 de Noviembre de 2010

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Wifredo Espina

¿Cómo se mide el éxito o el fracaso de un viaje pastoral del Papa? ¿Por la cantidad de gente que ha ido a recibirle? ¿Por la intensidad de los gritos favorables de los asistentes a su paso por las calles?¿Por la espectacularidad de los actos celebrados con este motivo? ¿Por la majestuosidad del templo que haya ido a consagrar? ¿Por la mayor o menor asistencia de cardenales, obispos, curas y religiosos? ¿Por si han acudido muchas o pocas autoridades oficiales: reales, gubernamentales, políticas, sindicales o de la élite de la vida civil? ¿Quizás por los discursos que se han pronunciado y la lengua en que se ha hecho?

No parece muy adecuado hablar de éxito o fracaso de una visita de un Papa cuando expresamente se ha pretendido que fuera pastoral, es decir, que se considerara de carácter religioso. En este caso, ninguna de las anteriores preguntas es pertinente. Lo religioso es más íntimo que lo masivo y espectacular. Es algo más sensible como para poder ser valorado con un juego de “pesas y medidas”. Está en otro orden que el de las realidades materiales. En un plano que no pueden captar ni los más minuciosos estudios demoscópicos ni las televisiones de más alta definición.

Por esto es más que discutible que “lo pastoral” se quiera materializar con aviones, grandes edificios, multitudes en la calle, medidas de seguridad, intercambios de discursos más o menos intencionados, y politización o apropiación de cada gesto o palabra. Lo religioso es más sutil y personal que todo esto. Puede que una exquisita parafernalia crea un clima propicio a desvelar conciencias dormidas, pero también es muy posible que desencante a las más sensibles –y quizás más auténticas- por cierta banalización de lo que es más contrario a lo banal.

Al interior de las conciencias se entra por las vías honestas de la razón, de los sentimientos auténticos y de los testimonios ejemplares de servicio a la verdad y el amor a la persona en su integridad y trascendencia.