Viernes, 23 de Marzo de 2012

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La Meditación como Terapia

MeditacionTanto el hinduismo como el budismo consideran que tenemos un cuerpo físico, un cuerpo sutil y un cuerpo causal. El cuerpo sutil, es el sistema energético de los chakras instalados en diversos puntos del canal central y los miles de ramificaciones de nadis y chakras distribuidos por el cuerpo sutil. La mente es sutil, no podemos encontrarla con los ojos físicos, no se puede definir donde está, llevada a sus últimas consecuencias es una mente expandida, cósmica, intangible, ilimitada, adimensional.

Hay una mente limitada donde se producen los pensamientos. Mi maestro de meditación budista tibetana pone un ejemplo muy gráfico para dimensionarla. “Desde un espacio abierto vemos una gran extensión de cielo azul. Unas cuantas nubes surgen en un punto de nuestro campo visual, pasan y desaparecen. Las nubes representan la mente “limitada”, la mente del yo o ego.  Es la mente donde surgen, pasan y desaparecen los innumerables pensamientos que la cruzan veinticuatro horas diarias a lo largo de la vida. Desaparecen siempre que no se produzca identificación con ellos. La inmensa mayoría surgen, pasan, desaparecen. A veces nos identificamos con algunos, es decir, los atribuimos carta de realidad. Pueden llegar a adquirir apariencia material, pueden parecer muy sólidos, muy reales, podemos visualizarlos, pueden determinar ciertas acciones, muchas reacciones. Pero al igual que los cientos de miles que surgen en un punto indefinido, pasan y en segundos desaparecen, no son reales, no existen. Son fenómenos ilusorios que abarcarían a todo el mundo físico. Todos esos pensamientos son los contenidos  de la mente, no son la mente propiamente dicha. Forman parte de la naturaleza de la mente, pero no son la mente. La mente, limitada o cósmica, es un ente sutil estable, ajeno a las tormentas de pasiones varias que se crean en ella.

Esos contenidos de la mente son el origen de las emociones, acciones y reacciones. Representan todo lo transitorio y perecedero, todo lo finito. El amor, su opuesto el odio, la ira, el deseo de posesión, el apego a los objetos  animados o inanimados,  el miedo, el rencor, la ansiedad, el desasosiego, etc., están en el origen del sufrimiento. Por más sólidos y reales que se nos aparezcan, son puro fenómeno ilusorio, carecen de existencia  per se, son vacío.

El propio concepto de yo,  el primero de los conceptos mentales que carece de existencia intrínseca y con el que más se identifica el individuo humano, no existe. Yo es un concepto semántico, aparentemente necesario para crear una referencia a la primera persona.  Pero incluso como referencia a la primera persona carece de realidad por sí mismo. Porque ¿qué es yo?  ¿Dónde está ese yo? ¿podríamos asegurar que tiene realidad por sí mismo? Evidentemente no. Depende de los innumerables atributos y acciones que le son aplicables, atributos y acciones que igualmente forman parte del mundo de las apariencias.

La felicidad está en liberarse de la esclavitud a que nos somete ese yo. Vivir en el ego es vivir en la ignorancia. La sabiduría consiste en liberarse de tal esclavitud, liberarse del ego, darse cuenta del sufrimiento inútil que produce. No hemos venido a un valle de lágrimas. La cuestión está en darse cuenta de que la felicidad, o sabiduría está en nuestro interior, en el Ser. Citando la Chandogya Upanishad, “ hay una luz que brilla más allá de todas las cosas de la tierra, más allá de todos nosotros, más allá de los cielos, más allá del más allá. Esta es la luz que brilla en nuestro corazón.” Un entrenamiento intensivo y sistemático de la visión interior mediante la meditación,  nos ayudará a trascender la mente donde se producen los pensamientos a la mente – conciencia cósmica, donde no hay tormentas de pasiones, emociones, deseos, apegos, sino estados de conciencia o naturaleza del Ser. (*)

Con la práctica de la meditación, llega un momento en que se produce el darse cuenta de la dimensión espiritual que no nace ni muere, inmanente en todos los individuos humanos. -aunque algunos no lleguen a sospechar jamás que poseen esa dimensión o aunque la rechacen- Aunque no se haya alcanzado la Sabiduría, es posible empezar a actuar como si así fuera, es decir empezar a disfrutar de esos estados de conciencia y proyectarlos en los otros a través de las acciones cotidianas. Los pilares de los estados de conciencia son el amor, la compasión, la ecuanimidad, el desapego. Amor a todos los seres, desinteresado, no selectivo. Compasión no debe entenderse como pena o lástima sino como la renuncia al sufrimiento propio y ajeno, con la firme voluntad de no producirlo. El objetivo tanto del amor como de la compasión es crear felicidad dentro de las posibilidades de cada individuo y no son compatibles con el ego.  La ecuanimidad es el reconocimiento de que todos los seres tienen el mismo derecho a ser felices, que en esto somos iguales y sus acciones individuales van encaminadas a este fin. Y también mantener la mente – conciencia ecuánime ante cualquier acción exterior. En cuanto al desapego sería entre otras cosas, la renuncia a la idea de posesión, es decir, al egoísmo. La renuncia al concepto ‘mío’ sería su objetivo último. Dicho de otro modo: se puede tener mucho y no tener apego a lo que se tiene. O tener muy poco y estar ferozmente apegado a ese poco.

En cambio el amor egocéntrico, es transitorio, inestable, interesado, selectivo, posesivo, egoísta, carece de realidad por si mismo y desemboca de un modo u otro en  sufrimiento propio y ajeno. No es compatible con la compasión, la ecuanimidad y el desapego.

La meditación que observa la naturaleza de la mente y de sus contenidos debe llevar a ese “darse cuenta de que son esos pilares, amor, compasión, ecuanimidad y desapego como estados de conciencia, es decir, libres de naturaleza transitoria, los que debilitan al ego.

La meditación entrena la atención consciente. Es importante tener en cuenta que siempre meditamos en el momento presente, el pasado o el futuro implican pérdida de atención. En cada caso volver al momento presente, al objeto de la meditación. Así una y otra vez recuperaremos la perdida atención consciente. No es fácil, pero con paciencia, humildad  y constancia esta atención – concentración aumentará de forma notable, y  repercutirá favorablemente en nuestra vida cotidiana.

También entrena la respiración consciente, que es igualmente una forma de entrenar la atención y la concentración. Al empezar a meditar, para concentrarnos en el corazón sutil, podemos  inspirar visualizando un rayo de luz que penetra por el chakra sahasrara, en la parte superior de la cabeza, desciende por el canal central abriendo los chakras hasta depositarse en el muladhara. La espiración comenzará en muladhara, ascenderá por el canal central y saldrá al exterior por el sahasrara. Es decir, inspiramos luz purificadora y con la espiración arrojamos al exterior sentimientos negativos. Nos daremos cuenta de lo pobre y limitada que es la respiración mecánica que practicamos. Nos hace conscientes de que hemos llevado la respiración desde la cima de la cabeza hasta la zona genital y viceversa. Una respiración muy útil para mantenernos en el momento presente,  es inspirar desde el chakra del corazón – anahata – hacia el exterior, como continuación del cuerpo sutil, mantenerla unos segundos y empezar la espiración de regreso al corazón.

Meditar hasta llegar a darse cuenta de quienes somos realmente es un proceso constante. Meditar hasta generar en el nivel de la conciencia, amor, compasión, ecuanimidad y desapego es el objetivo del proceso. Puede que lo primero que tengamos que concienciar sea nuestra situación de ignorancia.  Ignoramos la naturaleza de la mente,  de sus contenidos, la influencia de estos en nuestras vidas perecederas; que somos realmente esclavos del ego y sin embargo creemos controlarle, pero al contrario, él nos controla, nos induce a ver que lo que no existe es real. Nos hace ver que su pequeña dimensión  es única, pone todo su interés en que no seamos conscientes de nuestra verdadera naturaleza innata e inmanente que no nace ni muere,  pone todo su interés en que no nos liberemos de su esclavitud, en que no lleguemos al estado de  Sabiduría.

Hay una historia muy conocida  sobre el mundo de las apariencias, la de la cuerda y la serpiente. En la oscuridad de la noche, un hombre cree ver algo que repta entre los matojos. Cree ver una serpiente, a cada momento la ve más real,  más amenazadora. Es tal el terror que le produce que se desmaya. Se despierta ya de día y ve que lo que vio como serpiente amenazante y le produjo un terror irresistible, es solamente una larga cuerda, que efectivamente produce una impresión ondulante al transcurrir entre piedras y yerbas. Todos hemos tenido experiencias de este tipo, ver en alguna circunstancia algo como muy real, sólido y tal vez amenazador y al final ver que esto era solo un fenómeno  ilusorio, inexistente. Ese es el mundo del ego, un mundo que no existe y sin embargo nos aleja de la felicidad.

En la meditación, nos ponemos a observar los pensamientos que ajenos a nuestra voluntad se producen continuamente en algún punto, pasan y desaparecen como llegaron. Los vemos pasar  tranquilamente, sin intervenir. A veces surge un pensamiento que quizás ya se ha producido antes, y que se ha vuelto recurrente porque en algún momento nos identificamos con él. A veces se trata de pensamientos que nos producen desasosiego, ansiedad, angustia, temor, ira, odio, rencor o miedo; es decir: sufrimiento. Sufrimiento que puede llegar a hacerse insoportable, que puede transformarse en destructivo. Pues siempre, debemos darnos cuenta de que estamos ante  la cuerda y la serpiente. El astuto ego puede producir esa clase de pensamientos perturbadores al meditar y pueden alcanzar una gran intensidad emocional negativa difícil de superar en ese momento para desesperación del meditador.  Pero precisamente, esa clase de interferencias del ego durante la meditación, cuando se va conociendo la naturaleza de los contenidos de la mente, sirven para dar un paso de gigante,  para conocerlos como treta controladora, como ataque a los fines de la meditación. Ahí es cuando podemos decir: Te conozco, pierdes el tiempo con tus trampas.

Cuando con una buena atención consciente  trascendemos al estado de conciencia, vemos que debemos gratitud a todas las personas que han estado directamente en nuestra vida y a muchas que han estado solo indirectamente. Que amar desde el estado de conciencia significa que no se trata de amar transitoria y selectivamente a algunas personas, sino a todos los seres. Es fácil amar selectivamente a aquellos que selectivamente nos aman. Amar a los que consideramos no amigos o adversarios es más difícil,  pero es verdadero amor porque es desinteresado. Que decir, “eso es injusto, pero ¿qué puedo hacer yo? es irreal. Siempre se puede hacer algo, cuando estamos en la compasión. El amor, la compasión, la ecuanimidad y el desapego, generan bondad, generosidad, diluyen la ira, la agresividad y el deseo compulsivo por los objetos externos que tanto hace sufrir tanto si se realiza como si no. En ese estado el ego se debilita aunque como parte de la naturaleza de la mente nunca desaparecerá por completo.  Hasta los maestros iluminados son objeto de tentaciones por parte  del ego. La felicidad, la sabiduría están en los estados de conciencia, en trascender al Ser.

*Publicado en “Salvadores de Gaia” Ricardo Vergara Ediciones, 2005.

Escrito sobre el conocimiento de la mente según el budismo
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Última actualización el Jueves 01 de Marzo de 2012 00:31