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Martes, 5 de Junio de 2012

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Jithu

Jithu-temploMemorias de India

Nada más llegar a Fort Cochin lo conocí. Menudo, enjuto, feo, amplia sonrisa mostrando sus    dientes de conejo, una sonrisa que no dejaba indiferente. Había amor en esa sonrisa.

-¿La llevo a alguna parte?
-No gracias. Voy ahí mismo, al puerto.

Y seguí andando. Pero a la media docena de pasos, me volví.

-Mañana por la mañana voy a Matancherry. ¿Puede llevarme? A las nueve y media.
-Aquí estaré. 

De la comida en el puerto solo recuerdo que me dejé estafar alegremente. Incluso el gran lenguado que había elegido, encogió misteriosamente tras pasar por la cocina.

Pero cuando se va a Fort Cochin, hay que, por lo menos una vez, comer o cenar en ese puerto lleno de redes chinas dispuestas para la pesca igual que hace siglos. En la dársena, los vendedores ofrecen las piezas recién pescadas, piden un precio, se regatea, se cambia de puesto, incluso se hace como que uno se va. Es inútil. Ellos saben que quien va al puerto va a comer.

El pescado lo cocinan en cualquiera de los chiringuitos. Y no todos son iguales. Sin duda esta vez no recordé donde había estado unos años antes. Pero la terraza era agradable y bien situada frente a las redes.

Durante el tiempo que estuve ahí se me acercaron todos los vendedores de baratijas que se ganan la vida así. Postales, máscaras de teatro Kathakali típico de Kerala, hermosas y pequeñas esculturas talladas en madera y piedra… Muchos de los vendedores son niños, sobre todo los de postales.

Era un domingo de mediados de septiembre, tibio, nublado y lluvioso, algo habitual en la costa de Kerala. Durante las cinco semanas largas que había estado en el Ashram de Amritapuri, situado en una península entre el Mar Arábigo y las Backwaters, había llovido a menudo torrencialmente, casi todo el tiempo. Monzón o microclima de esa dilatadísima zona costera que es un bosque interminable de palmeras cocoteras.

De regreso al hotel, por primera vez en casi mes y medio pude meterme en una ducha de agua caliente, que como una caricia se deslizaba a lo largo de la piel durante larguísimos minutos. Me hice un tratamiento integral, exfoliante, lavado y tinte vegetal en el pelo, hidratantes por todas partes. Y de nuevo la ducha cálida y larga.

Esa tarde salí a recordar mi estancia anterior en Fort Cochin, revisitar el barrio colonial portugués y holandés posteriormente. San Francisco estaba cerrada esa tarde, por lo que hube de postponer mi visita a la primera tumba de Vasco da Gama, cuyos restos reposan definitivamente en el Monasterio de los Jerónimos en Lisboa.

Apenas llegada a la calle principal, en una esquina, ahí estaba él. Jithu.

Se empeñó en acompañarme el resto de la tarde. Era pura generosidad, sin contrapartidas. Al fin y al cabo, ¿qué podía pensar él de una mujer mayor, sola, por una pequeña ciudad del sur de la India? Lo suyo era ayuda. Compañía generosa. Y Jithu es una persona muy necesitada, desde un punto de vista occidental. Hay que cambiar de chip y las semanas de ashram me le habían cambiado, para comprender que lo suyo es dar y da desde el corazón.

Jithu, como él mismo dice, es un rickshaman, conduce un viejo rickshaw a motor, con la tapicería del asiento trasero, el del cliente, algo rasgada. Pero yo esa tarde quería caminar y él vino conmigo a recordar donde estaba el teatro Kathakali. Quise invitarle a venir conmigo al día siguiente pero no aceptó. Podía entender sus razones. Volvimos al centro, me llevó a un cajero automático con un sistema de protección hermético, y al pasar por una agencia de excursiones, me dijo que organizaban visitas de un día por las backwaters y que como era baja temporada me harían una considerable reducción sobre el precio anunciado. ¡Las backwaters! Creía que al renunciar al ferry para venir desde Amritapuri a Allipey, me había despedido de esa maravilla de las backwaters de Kerala, un sistema natural único de ríos, lagos y canales a espaldas del mar Arábigo. Podía hacer una excursión de día completo en houseboat y piragua, gracias a mi ángel de la guarda, Jithu.

Me preguntó si quería cenar y le dije que más bien me gustaría tomar un té con algún dulce. Inmediatamente me habló del “Teapot”, que resultó ser una delicia de lugar tranquilo, una especie de museo de antiguas teteras y otros artilugios para preparar el té.

Evidentemente él iba a sentarse conmigo y tomar lo que deseara. Se sentó, pero no quiso, de ninguna manera tomar nada más que un té. Yo pedí un bizcocho de naranja y le dije que me daría placer que tomara el dulce que quisiera. No hubo forma. No podía comprenderlo entonces. Lo comprendí dos días más tarde.

A la mañana siguiente ahí estaba con el rickshaw, a su hora. Mi sorpresa aumentó cuando le pregunté cuanto iba a cobrarme por pasar quizá más de tres horas en Matancherry.

- Cincuenta rupias –dijo.
- ¿Cincuenta rupias? Era increíblemente barato. Ni regateando hubiera osado llegar a ese precio. 

En Matancherry, lo que quería revisitar era el antiguo barrio judío y su sinagoga, hoy museo. Aún quedan judíos en esa antigua judería, donde parece que llegaron incluso algunos de los expulsados de Sefarad.

Pero Jithu, primero me llevó por una calle – mercado mayorista de toda clase de especias, chiles rojos secos, distintas clases de té de la región… Una visita insospechada y de máximo interés. Eso era sumergirse en un aspecto de la vida cotidiana de una ciudad del sur de India, hablar con sus gentes, de sus proveedores y clientes. Jithu quería que lo viera todo, sin prisa. Disfrutaba más que yo, estaba feliz por darme a conocer lo que él conocía muy bien y sabía que iba a procurarme placer.

Cuando íbamos hacia la pequeña judería, me dijo que debía esperar con el rickshaw a la entrada de la calle de la sinagoga, pero que estuviera de vuelta antes de las doce de mediodía, porque quería que estuviéramos en un templo jainista donde a esa hora ocurría algo especial, no entendí bien entonces a qué se refería.

Estuve un buen rato en la sinagoga, volví a comprar cosas que seguro ya había comprado siete años antes y después me entretuve en algunas tiendas de la calle, sobre todo la librería con obras en inglés sumamente interesantes, algo sobre los judíos de Kerala, pero por ejemplo una excelente y exhaustiva biografía de Lord Mountbatten, último virrey de la India y conductor de su independencia. Este Lord Mountbatten, era sobrino nieto de Victoria Eugenia de Battenberg, reina de España. La familia tradujo al inglés su apellido tras la primera Gran Guerra europea, porque su versión original alemana, Battenberg, les había causado serios problemas…

Jithu estaba haciéndome señas desesperadas desde el extremo de la calle. ¡No vamos a llegar a la comida de las palomas! Me subí al rickshaw sin saber muy bien a que se refería y él salió a toda prisa hacia el templo Jain, moderno y extraordinario como suelen ser todos los templos de esa religión sin dioses. Entramos en el inmenso patio y me señaló los tejados de los distintos edificios del templo, que estaban llenos de ¡casas para palomas! perfectamente instaladas. Palomares de lujo.

Jithu-palomas

De pronto aparecieron en el patio varios servidores del templo con grandes cestos llenos de grano…Nada se movió hasta que alguien tocó un gong a las doce en punto. Y entonces, de todos los palomares, empezaron a salir cientos, miles de palomas que se abalanzaban sobre el grano que los servidores arrojaban al suelo del patio. Más de cien kilos de grano devorados en segundos por un ejército de disciplinadas palomas. Cuando todo hubo desaparecido, sin quedar un solo grano, a un nuevo toque de gong, las aves volvieron a sus casas. Parecía que aquel inmenso guirigay, que toda aquella actividad no hubiera existido.

Era hora de comer. Jithu me llevó a un restaurante popular, de largas mesas y bancos donde la gente se va sentando. Ahí tuve que enfadarme para conseguir que Jithu comiera, porque pretendía pasar con un zumo de fruta. Tuve que decirle: Si tú no comes yo tampoco. Nos vamos.

- Pero he pedido comida solo para ti, -dijo.
- Pues la compartimos. Seguro que es suficiente para dos. Y si no se pide más. Pero comes.

Y comió. Como un pajarito, pero comió. 

Luego fuimos a una tienda de zumos de frutas que él conocía y finalmente a por mi billete para la excursión de las Backwaters del día siguiente. Nos despedimos a la puerta del hotel. Yo prefería caminar esa tarde-noche hasta el teatro Kathakali.

Por supuesto no le di cincuenta rupias. Había estado conmigo unas siete horas.

Fui temprano para ver la sesión de maquillaje cara al público y casi, diría yo, lo más interesante de todo el espectáculo, cuyas historias se cuentan a base de gestos y mímica, sin palabras. Al fin y al cabo los espectadores son todos turistas, que no entienden una sola palabra de Malayalam, el idioma que solo se habla en el estado de Kerala. A la entrada, entregan un guión en inglés de lo que cuentan, que se devuelve a la salida.

De regreso al hotel, pasé por el Teapot y eché de menos la presencia amorosa de Jithu, esa calidad que tienen las personas que no piensan jamás en ellas, que no tienen noción del concepto “mío”, porque están hechas para dar y darse a todo el que llega a su presencia, aunque sea brevemente, como era mi caso. Me sentía conmovida y di gracias a Dios por haber puesto en mi camino a una persona que yo no podía considerar como pobre y lo era en términos económicos, pero tan rica, tan inmensamente rica en términos de amor y entrega. Estaba impreso en su cara. Pero aún no había llegado a conocerle a mayor profundidad. Seguramente ya le había preguntado por su familia y me había hablado de su esposa y sus dos niños, niña y niño de unos siete y nueve años.

Al día siguiente hizo sol, afortunadamente. La excursión en houseboat, hasta la hora de comer fue una delicia. Hicimos una parada para conocer la inmensa variedad de plantas medicinales de Kerala, que desde hace siglos han constituido la base de la medicina ayurveda y hoy en día son también una fuente de productos de cosmética. La medicina ayurveda es preventiva e integra el cuerpo y el espíritu. En la India de hoy, es práctica habitual elegir, según los casos, entre medicina ayurvédica, homeopática o alopática (esta última es la occidental). Si uno padece de un colon irritable –que es mi caso- y te da un episodio masivo, evidentemente se recurre a la alopática. Pero la medicina ayurvédica, a medio o largo plazo, elimina la tendencia del colon a irritarse y tiene en cuenta las dolencias del espíritu. El colon irritable y otras muchas dolencias son psicosomáticas. De ahí la importancia de esta antiquísima medicina: La mente sufre y el cuerpo pide ayuda.

La excursión era una torre de Babel con el inglés como lengua común. Una española, un coreano, una pareja inglesa, tres familias hindúes, una de las parejas hindúes en viaje de novios, otra con dos niños pequeños, niña y niño que me recordaron muchísimo a mis nietos porque actuaban igual, los mismos mimos y celillos. Y una pareja de mediana edad.. Un grupo heterogéneo, donde primaba la calidad humana y donde el nivel de comprensión era excelente, como normalmente es, cuando no hay inventores de diferencias, entre razas, religiones o nacionalidades; diferencias que no existen.

La comida fue deliciosa, en tierra firme. Después de comer hicimos la travesía a lo largo de un canal en piragua, no había espacio para el houseboat. Paramos en pueblitos para conocer sus medios de vida, relacionados con las plantas y su elaboración en productos medicinales o para la despensa. Vimos a niños trepando como monos hasta lo alto de los cocoteros, para arrojar los cocos, y beber su rica agua. Evidentemente es el método tradicional, los cocos pueden estar a cincuenta o más metros de altura y los niños son las personas más ágiles.

Esa noche, a las once, tenía que ir al aeropuerto para iniciar el largo regreso a España. Cochin – Bombay – Frankfurt – Madrid. Después de arreglarme y cambiarme, llamé a Jithu, para citarle una vez más en el Teapot. Pero vino a buscarme al hotel con el rickshaw.

-Ayer estuve rezando para que hoy hiciera buen tiempo en tu excursión.
-Pues Dios te ha escuchado.

En el Teapot, otra vez no quería comer nada, sólo un té y ante mi insistencia, casi con enfado, me dijo, bueno, entonces un dulce para los niños. Serán dos, uno para cada uno. -No, - insistió. Uno es bastante.

-¿Quieres conocer a mi familia? Me gustaría que vinieras a casa.
-Claro! Te lo agradezco. Pero regresemos al hotel para coger la cámara de fotos y hacerles unas fotos.

Así lo hicimos. Hicimos en rickshaw el largo camino hasta Matancherry donde vivían. Por el camino me fue contando –o quizá había sido el día anterior- sus dificultades económicas. Que en Cochin la temporada turística es muy corta, que septiembre es aún baja temporada, que octubre sería mejor. Pero hay muchos ricksaws en Fort Cochin y aún en alta temporada…

- Y lo que quiero es que mis niños se eduquen en el colegio. Vivimos en una habitación que pertenece a un templo y hay que pagar el alquiler todos los meses. Y siempre tengo miedo de que me pase algo. Si pudiera tener algo para mis niños…

Nada para él. Entonces comprendí su resistencia a comer bien fuera de casa, a hacer algo que su familia no hace, y que quizá nunca se pueden permitir juntos.

-I am a poor man – repitió. Soy pobre.

Como explicarle lo rico que es en amor, sacrificio, en ausencia total de yo y  mío.

Cuando llegamos al apartamentito se me cayó el alma a los pies. Una habitación que podríamos llamar sala y dormitorio. Dos colchonetas en el suelo, una al lado de la otra. Una para los padres, y la otra al lado para los niños. Un viejo televisor. Un mueble que hacía pensar en un regalo, herencia o tiempos mejores. Estanterías sencillas en las paredes. Una única silla que me ofrecieron a mí…y una mesita baja.

Me asombró su esposa. Alta, guapa, gran envergadura corporal. Y preciosos los niños. Muy tímidos en mi presencia. Comprensible.

Al fondo de la sala, a la izquierda, un cuchitril con un infiernillo de gas oficiaba de cocina. Y a la derecha, otro cuchitril oscuro, donde no logré ver nada, me dijo que era la ducha. Espero que fuera una ducha “a la india”, es decir, un grifo, un cubo, una jarra y un drenaje. Pero no se veía nada en la total oscuridad. Una ventana al fondo y eso era todo.

Jithu me dio el envoltorio del dulce para que yo se lo diera a los niños. Casi me sentí avergonzada.

Jelpah, la esposa ofreció hacer té, que acepté con alegría. Hizo un rico chai, pero solo para Jithu y para mí. Había dos tazas. Una bastante más grande que la otra. Cogí la pequeña y Jithu –ya lo sabía- ingenuamente me dijo que la grande era para mí.

- Ya lo sé – dije. Pero te la cedo a ti.

Jithu-familia

Luego vino la sesión de fotos. Los niños solos, los niños con sus padres, los niños y yo, Jelpah, Jithu y yo.

Ya eran más de las diez de la noche, había que regresar al hotel, y salir para el aeropuerto.

Voy a ayudarte, Jithu, en la medida de mis posibilidades, voy a ayudarte. Voy a escribir a mi amiga del Ashram, para que dé tu teléfono a todos los que vengan a Fort Cochin para que alquilen tu rickshaw.

Se quedó esperando hasta que bajé de la habitación para ir al aeropuerto. Le alargué un dinero que no quería aceptarme, porque llevarme a su casa y traerme no era trabajo.

-No money, no money – dijo.
- Es un regalo para tus niños.

Y entonces si aceptó.

Aún sigo viendo su saludo de despedida desde la ventanilla del coche que me llevaba al aeropuerto.

Fui a Fort Cochin a pasar un par de días antes de regresar a España, para que el regreso directo desde un Ashram a occidente no me resultara demasiado brutal. Pensaba que un par de días revisitando lugares que siete años antes me habían resultado mágicos, sería una buena manera de ir tomando contacto con el mundo irreal.

Pero alguien puso a Jithu en mi camino para darme una gran lección. En el mundo exterior se puede encontrar tanto amor, tanto desapego como en la atmósfera intensamente espiritual de un Ashram. Y es que, el mundo real, el mundo del corazón, es .universal.

La dirección de Jithu es:

Mr. Jithendra J. Shah
Room nº 6
2099 New Road
682002  COCHIN 2
Kerala, India
Mobile: 0091 – 9895155042

Se le puede ayudar enviándole cualquier donativo a través de cualquier oficina de Western Union, enviándole el código del envío por mensaje a su movil. Enviarle también por mensaje datos de quien envía el donativo, nombre, apellido, dirección completa.

Él nunca pediría nada. Pero estoy segura de que encontrará almas generosas que gozarán ayudándole.

Lo narrado anteriormente sucedió algún día de finales de septiembre de 2006. Durante la primera semana de Enero de 2011 volví a Cochín desde Amritapuri Ashram. Expresamente para encontrarme de nuevo con Jithu. No tenía su número de móvil conmigo, estaba segura de encontrarle preguntando a colegas o en el Hotel Arches. Un colega que estaba a la puerta del Arches le llamó desde su móvil y me lo pasó. Quedamos a la una de la tarde en el Teapot. ¡Viejos recuerdos!

Estaba en Cochín por un cierto sentido de culpabilidad. En 2006 había prometido ayuda económica a Jithu. Jamás lo hice. Al principio me llamó un par de veces al móvil, en horas de trabajo. Le dije que era carísimo llamarme desde India. Llegué a enviarle un SMS diciéndole que le enviaba...algo que nunca envié. Ahora estaba en Cochín para cumplir mi promesa.

Llegué al Teapot sobre las 12:30. Tenía hambre. Pedí algo para comer. Cuando llegó Jithu, sobre la una, estaba empezando a comer. Él se dirigió a otra mesa; pensé que serían conocidos. Enseguida llamé su atención. Vino y casi antes de sentarse me habló como se habla a cualquier turista a quién quieres vender algo y trató de venderme chicken byriani en un restaurante que él sabía...

- Lo siento, Jithu, no me gusta el pollo y además ya ves que estoy comiendo...

Le recordé aquellos días de septiembre de 2006, la visita a su familia...Le dije que había vuelto a Cochín expresamente para verle...

De repente tuve la sensación de que no me recordaba en absoluto. Y él muy honestamente me lo confirmó.

- “Podría decirte que me acuerdo de tí, pero sinceramente no. Ten en cuenta que veo cada día a muchos turistas y no puedo recordar a todos”...
- Pero supongo que no llevas a todos los turistas a tu casa. Ni trabajas para una mujer mayor que viaja sola. ¿No recuerdas que me llamabas “my Madam”? ¿Que venía de Amritapuri Ashram?
- Lo siento, no te recuerdo en absoluto.

Saqué del bolso el sobre que contenía unos miles de rupias y se lo dí. “Es para tí y tu familia. He venido para esto”.

Se guardó el sobre en el bolsillo. Le dije que esa tarde viajaría en autobús a Allipey para tomar a la mañana siguiente el ferry que baja por las Backwaters hasta Kollam. Tenía tiempo para revisitar algo en Kochi y quizá ir a Willingdon Island.

No hay nada en Willingdon Island. Hoteles y poco más. - No importa, vayamos.

No hubo magia esta vez. Era ya tarde cuando me dejó en la estación de autobuses en Ernakulam. Al despedirnos...

- “No me olvides – dijo – Llámame esta noche o mañana desde Allipey. Por favor llama, no me olvides”.

Jamás he vuelto a llamarle. Tampoco le he olvidado.

Una historia maravillosa y cruel
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Última actualización el Lunes 19 de Marzo de 2012 11:19