Pablo Medel
Pretender hacer una semblanza original de una de las caras españolas más conocidas del mundo es bastante complicado, si no imposible; necesitas que, en algún despiste suyo, el personaje se quite o, mejor aún, se le caiga la careta y veas a la persona. Pienso, por ejemplo, en los deportistas planetarios de este país: Alonso, Nadal, Gasol... En el caso del popular cocinero creativo de Hospitalet de Llobregat eso no ocurre.
Y uno lo tiene más claro aún tras salir del Círculo de Bellas Artes de Madrid, después de escuchar su discurso de presentación del número ñ (no podía ser otro) de la mítica revista Matador.
La razón es bastante simple: no pasa, porque no hay careta. A nadie sorprende que en la imagen de portada del cordobés Pedro Madueño nos lo encontremos, literalmente, desnudo. Aun así, no hay más que acudir a la primera acepción en el diccionario del verbo comunicar para entender el porqué: hacer a otro partícipe de lo que uno tiene.
El conocido chef catalán es, por encima de todo, un grandísimo comunicador. No hizo falta que su amigo, el creativo Toni Segarra (otra eminencia en lo suyo), nos lo recordase en varias ocasiones. Lo que ves es lo que hay y eso hace que sea doblemente interesante. Si hubiese que buscar el adjetivo preciso gastaríamos tiempo y palabras y no llegaríamos a la etiqueta buscada. Y es increíble ver cómo uno de los diez personajes más innovadores del mundo, según la revista americana Times, define su propia trayectoria de forma tan simple y acertada: “Solo quería hacer un poco el gamberro”.
Pocas veces la forma y el contenido se colocan en sitios tan alejados. La voz entrecortada que uno escucha es la de cualquier tipo del que luego no te acuerdas, tras hablar del tiempo o del partido del día anterior, tomando un café en un bar de barrio. El problema es que el mensaje aquí es otro (aunque el Madrid-Barça, todo sea dicho, salpicó la presentación en más de una ocasión). Aquí se habla de la revolución filosófica de la cocina molecular (su gran hallazgo) y, al no haber careta, la persona lo explica con otras palabras mucho más precisas: “Hemos cambiado la forma de sentarse a la mesa”.
ElBulli, más allá de ser el archipremiado y prohibitivo restaurante en el que todo el mundo soñaba tener una reserva, fue (y eso queda bien patente en el monográfico que le dedica Matador), una especie de laboratorio futurista donde se experimentó con la comida y, bajo la influencia de la cultura nipona (dato conocido por pocos, pero fundamental) se revolucionó la gastronomía de un país. Un grupo de científicos locos creó sus inventos (la deconstrucción, las esferificaciones, la espuma o el uso del nitrógeno líquido), pero no en el contexto elitista de las universidades, sino en el lugar por el que todos pasamos, al menos, dos veces al día: los fogones de una cocina.
Cocinar, para él, es ejecutar. Y lo dice alguien que, aunque a veces hable de sí mismo en tercera persona, es consciente de que, más allá de la presión mediática, tiene que dejar hueco a los que vienen detrás (de ahí que el restaurante cierre sus puertas temporalmente y ahora trabaje en una fundación sin ánimo de lucro), porque la revolución que ha creado no le pertenece. Aquí no hay fórmulas secretas (las invenciones se hacen públicas en internet) ni un ego o un patriotismo latente (lo parece, de primeras), sino todo lo contrario. Es entonces cuando uno se da cuenta de que la persona que habla, convertida ya en indiscutible embajador cultural de este país, posee un discurso impecable formulado desde una época futura.
Fue poco antes de terminar, ya dirigiéndose a los que estábamos allí sentados más que a sus compañeros de tertulia, cuando explicó lo que está haciendo y presentará dentro de unos años desde su fundación: “Ahora mismo, estamos trabajando en creaciones que aún no existen”.
En un país donde la moneda de cambio es el flagelo cultural (siempre es mejor lo de fuera) hay tipos raros y polémicos, como todos los artistas de vanguardia que se precien, que te plantan en la cara algo tan simple (que sabes, pero olvidas) como que el mundo se puede cambiar… y está en tus manos.
Oído, cocina.


