Viernes, 11 de Noviembre de 2011

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Corto Maltés, homenajes de verano

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Mercedes Arancibia

La devoción, como el amor, no se explican. Me confieso devota de Hugo Pratt y enamorada de Corto Maltés. ¿Un personaje de papel? Sí, ¿y qué? Quizá porque está contra la violencia, respeta la diversidad (mejor un etiope que un inglés), tiene ideales, no le interesa el dinero; las mujeres –y no es poco- le adoran. Y sus aventuras suceden en lugares enormemente sugestivos.

Y soy feliz porque este es el verano de Corto Maltés. En la Pinacoteca de París, hasta el 21 de agosto, podemos sentarnos a contemplar El viaje imaginario de Hugo Pratt, muestra de acuarelas y planchas del padre del viajero infatigable. En el Museo d’Arte de Lugano, y hasta el 2 de octubre próximo, Hugo Pratt. I luoghi dell'avventura nos invita a otro viaje imaginario, como imaginarios son los viajes entre islas y océanos, indios, militares, mujeres, ciudades y desiertos del más célebre y atractivo marino del siglo XX, héroe del mejor comic y parte del imaginario colectivo de la Venecia del pasado siglo.

París y Lugano rinden homenaje al artista en un recorrido por acuarelas, reseñas históricas y las 164 planchas de La balada del mar salado, primera de las aventuras de Corto Maltés, publicada en julio de 1967 en el número 1 de la revista Sgt. Kirk: “Soy el Océano Pacífico. El mayor de todos. Me llaman así desde hace mucho. Pero no es cierto que esté siempre así. A veces me enfado y la emprendo con todo y con todos. Hoy mismo acabo de calmarme de la última rabieta. Creo que barrí tres o cuatro islas y destrocé otras tantas cáscaras de nuez, de esas que los hombres llaman barcos…”. Estamos, es evidente, en medio del océano, el mar salado, lugar donde transcurre toda esa primera aventura en un pequeño catamarán comandado por Rasputín y tripulado por marineros de las Fidji. ¿Hace falta más para soñar? Islas, océanos y agua.

Para Umberto Eco, Pratt es “el Salgari de nuestro siglo” (y lo decía en 1995, al conocer la noticia de su muerte), pero “al contrario que Salgari, Hugo Pratt escribía bien. La Balada del mar salado quizás brilla, reluce y destaca porque Pratt "escribía" en viñetas. El placer de las palabras y las imágenes se renuevan cada momento. Los errores son raros o inexistentes pero yo distinguiría a un primer Pratt de estilo un poco cargado, de un segundo Pratt (para mí el mejor) más profundo y estilizado, y un tercer y último Pratt donde predominan la estilización y la simplicidad del dibujo (el estilo dominado por sí mismo). De todas maneras al menos dos generaciones de este siglo recordarán los grandes mitos creados por Pratt. Un formidable narrador además de dibujante (pero ¿hubiera sido tan gran narrador sin ser dibujante?) que era comprensible para todos a pesar de su gran cultura donde afloraban las referencias literarias, mitológicas, etnográficas... un artista completo”.

Siempre entre dos aviones y cuatro continentes, “con el lápiz en una mano y la guitarra en la otra –leo en un blog que encuentro en Google- con los pies en la tierra y la cabeza en la aventura”, Hugo Pratt no ha terminado todavía de alimentar los sueños de todos aquellos que están seguros de que un día navegaron entre Shangai y Jamaica, que divisaron las torres de Cibola y las mezquitas de Samarcanda.

La vida de Hugo Pratt es una auténtica novela marcada por una genealogía que mezcla diferentes culturas. Tanto su existencia, como su trabajo, están influidos por una cultura literaria –Stevenson, Conrad, Melville, Jack London, Hemingway y Saint- Exupéry, al que dedica El último vuelo al final de su vida- y sus viajes a las cuatro esquinas del planeta. La primera aventura de Corto Maltés “es una auténtica revolución en el noveno arte: Jamás habían estado tan unidos el arte del dibujante y el del narrador” (se lee en la promoción de la exposición parisina).

Nació en junio de 1927 en Playa de Lido, entre Ravena y Rimini, o sea en Venecia que es esas y muchas islas más, en una familia cosmopolita de origen sefardí (los Toledanos, apellido de su abuela materna). Creció entre Italia y el Africa colonial, vivió en Etiopía, en Argentina, en Italia y en Suiza (donde falleció antes de cumplir 70 años), fascinado desde la infancia por la literatura de aventuras; viajó por todo el mundo, escapó a Buenos Aires huyendo de las bárbaras persecuciones nazifascistas y acabó convertido en personaje de culto. En 1988, y después de veintinueve episodios, puso punto final a las aventuras del marino con enormes patillas y pendiente en la oreja izquierda. Pero Corto Maltés, como los mitos, sigue vivo. Sus aventuras se siguen reeditando y vendiendo. Lo que no es poco en estos tiempos.

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