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Martes, 5 de Junio de 2012

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Arunachala

Memorias de India

Jamás olvidaré ese verano de 2006 en que pasé dos meses largos dedicada únicamente a visitas iniciáticas. Había empezado por el Campus de Anantapur, sede de la Fundación Vicente Ferrer, Rural Development Trust (RDT), como se llama allí. Desde Anantapur continué a un lugar que era una asignatura pendiente de mi estancia anterior. La montaña sagrada de Tirumala, cercana a la ciudad de Tirupathi, casi en la línea fronteriza de los estados de Andhra Pradesh y Tamil Nadu. Tirumala es el lugar donde se venera la imagen de uno de los numerosos Avataar de Vishnu, Lord Venkateshwara, un lugar de peregrinación que, -según dicen – recibe más peregrinos al año que San Pedro en Vaticano. El lugar aún no está lleno de occidentales, se ve que no están acostumbrados a ellos, ya que a pesar de ir vestida de punjabhi, me miraban como a una extraterrestre. Es costumbre cuando se va a Tirumala a recibir el darshan de Lord Venkateshwara, cortarse el pelo al cero, hombres y mujeres. Costumbre, no obligación. Familias al completo de toda la India se desplazan a Tirumala para tras hacer una larguísima cola, recibir las bendiciones del que fue encarnado y después visitar todos los lugares de interés que hay en la montaña, que son muchos. Debe de ser cierto; no había visto tanta gente desde que estuve en Kanya Kumari en 1999.


Y desde allí a uno de los lugares más sagrados de la India, Arunachala, la montaña que representa nada menos que a Lord Shiva, el tercer miembro de la Trimurti (Trinidad) del hinduismo, el destructor del ego, la fuente de vida para llegar al estado de Sabiduría. Por eso la más sagrada representación de Shiva es el Lingham (falo), que durante las ceremonias de la noche de Shivarathri es bañado con leche y miel en representación del semen creador de vida y pétalos de rosa como homenaje a la vida ya creada. A los pies de Arunachala  nació la ciudad de Tiruvannamalai, llamada popularmente ‘Tiru’.

La leyenda de Arunachala es la siguiente: En yugas inmemoriales Vishnu y Brahma reivindicaban cada uno para sí, ser el más poderoso de los dioses. Para hacerlos conscientes de sus egos, Shiva transformado en columna de fuego, se mantuvo erecto hacia el cielo en medio de ellos durante un tiempo largo, no precisado. Al enfriarse finalmente, la columna se había trasformado en una montaña: Arunachala. Por eso en la tradición hinduista se dice que el Monte Kailash en los Himalayas tibetanos es la morada de Shiva, pero Arunachala en Tamil Nadu es Shiva en persona. Es sin duda un lugar mágico que atrae peregrinos ciertos días al año no solo de toda la India sino del mundo entero, especialmente para la fiesta de Karthikai Deepam o fiesta del fuego que conmemora los hechos que dieron lugar a la creación de Arunachala. En tal día, que suele ser en Noviembre, se coloca una potente hoguera en la cima de la montaña, para recordarnos porqué Shiva es el destructor del ego.

Y a los lugares mágicos son atraidos personajes muy especiales de modo ajeno a su voluntad. Este es el caso de Ramana Maharshi, uno de los más importantes Maestros espirituales que surgieron en la India durante la primera mitad del siglo XX y que a día de hoy continua teniendo devotos y seguidores en todo el mundo.

A los dieciceis años abandonó su familia guiado por un impulso interior y sin saber bien adonde iba se dirigió a Arunachala, la montaña sagrada, centro de peregrinación en el sur de India. A su llegada se deshizo de todas sus pertenencias y se entregó a un nuevo estado de conciencia en el que percibía que su naturaleza real no tenía forma, era conciencia inmanente. Su absorción en dicho estado fue tal que perdió conciencia de su cuerpo y del mundo. Después de dos o tres años, comenzó un lento proceso de regreso a su cuerpo físico que tardó varios años en completarse. La percepción de sí mismo como conciencia pura no fue afectada por su regreso al plano físico, continuó inalterable hasta el final de su vida. 

Normalmente este estado de conciencia se alcanza tras un largo período de prácticas espirituales, pero en el caso de Ramana ocurrió espontáneamente, sin esfuerzo previo o deseo alguno. Él siempre comentó que fue el poder espiritual de Arunachala  el que le hizo alcanzar la realización del Ser. En algún momento, su conciencia interna empezó a manifestarse como una radiación espiritual externa, fenómeno que empezó a atraer seguidores. Él siempre mantuvo un silencio casi completo, transmitía sus enseñanzas a través del estado en que se encontraba. Uno de sus seguidores impresionado por su sabiduría decidió llamarlo Bhagavan Sri Ramana Maharshi que traducido del sánscrito sería Gran Sabio y Santo Señor Ramana y así ha sido conocido por el mundo. Solía decir que sus enseñanzas verbales eran solo para aquellos que no sabían penetrar su silencio.

Lo que con el paso de los años se convirtió en un Ashram,(comunidad espiritual) comenzó con un salón  abierto a todo el mundo. Sus únicas posesiones eran la liviana vestimenta tradicional, un jarro para beber agua y un bastón. Nunca aceptó lo que no pudiera compartirse  con todos los miembros de la comunidad.

Había nacido en 1880 cerca de Madurai y abandonó su cuerpo en 1950 en la pequeña habitación del ashram a los pies de Arunachala que se conserva como el día de su tránsito. Un cáncer muy doloroso destruyó su cuerpo físico. Cuando le preguntaban ¿cómo estás? respondía: “Mi cuerpo fatal pero yo estoy muy bien”. Antes de irse prometió que ‘nunca dejaría ese lugar’. Yo diría que lo ha cumplido. Su presencia se siente de un modo intenso, extraordinario.

En la inauguración de su Maha Samadhi estuvo presente Indhira Gandhi.

La obra que compendia el cuerpo principal de sus enseñanzas verbales lleva por título “Se lo que eres” y ha sido leído por millones de personas en todo el mundo en centenares de idiomas.

Aseguro que la interiorización de estas enseñanzas es fuente de sabiduría que puede cambiar una vida.

Cuado se va a Tiruvannamalai, si se quiere estar en el ashram de Ramana Maharshi, mejor reservar previamente por internet. Llegué un día de julio de 2006 a mediodía, cuando no había nadie en la oficina de recepción. Así que dejé allí la maleta y me fui a conocer el ashram. El templo o sala principal de cremonias es relativamente pequeño. En su centro se alza el Maha samadhi o lugar de reposo absoluto. A la izquierda otra sala, dedicada a su madre que lo acompañó durante muchos años y que alcanzó la iluminación en el momento de su tránsito. Otra sala donde a lo largo del día se explican las Sagradas Escrituras del Hinduismo en Tamil, otros idiomas de la India y en inglés. La sala de meditación donde se conserva el canapé en que se reclinaba Ramana cuando ya le faltaban las fuerzas. El comedor, donde no hay una sola silla, ni hay cubiertos. El suelo es el único asiento y los alimentos se toman a la manera tradicional hindú: con los dedos. La pequeña habitación donde su cuerpo físico abandonó este mundo está separada del corpus principal de edificios. Con el tiempo han ido surgiendo habitaciones para alojar a los peregrinos. El jardín es inmenso y en su parte posterior conecta con una de las subidas a la montaña sagrada. En la parte anterior un árbol centenario da abundante sombra cuando cae el sol de mediodía. Bajo esta sombra, cada día a las doce, se ofrece alimento a todos los necesitados que acudan a recibir la comida del ashram y acuden con un recogimiento y devoción dignos de verse.

El alojamiento y comida en el ashram es totalmente gratuito. Quien quiere –y creo que  es la inmensa mayoría – deja un donativo que el centro documenta con el correspondiente recibo.

Estuve una semana en el ashram. Y puedo asegurar que durante una buena parte del tiempo estuve en un estado de conciencia muy especial, nada habitual en mí. Había tres lugares que lo propiciaban especialmente. La pequeña estancia donde murió, el mahasamadhi y la sala de meditación. Son lugares donde su presencia – tal como había prometido – se siente.

Sobre todo en la sala de meditación. Es el único lugar del mundo donde no me he distraído cuando medito. Es decir, donde me he mantenido sin esfuerzo en el presente en que estoy meditando. ¿Se anula el ego? Esa fue mi experiencia. Incluso alguna vez tuve la representación mental de Ramana sobre el canapé, aunque reconozco que esto puede haberlo inducido mi mente. ¿O no? No me preocupa.

Pero las experiencias extraordinarias no se limitaron al interior del ashram.

Como es habitual en India, donde hay un lugar tan conocido como el centro Ramana, cruzando la calle se encuentran tiendas donde puede encontrarse de todo lo que pueden buscar los occidentales, restaurantes etc.  Enseguida localicé un restaurante con jardín muy agradable y buena comida. Allí conocí a mi sadhu. Iba envuelto en una especie de túnica que alguna vez quizá fue blanca. No pedía, – nunca lo hacen – simplemente esperan recibir la dakshina, (ofrenda en gratitud al Guru) que los occidentales interpretan como propina, pero no es así. La dakshina se da antes de recibir un servicio, nunca después. Invité a mi sadhu a sentarse conmigo y compartir la cena que aceptó de buen grado. Era difícil calcular su edad, yo no fui capaz de hacerlo. El o no lo sabía, lo había olvidado o era algo que sencillamente no le importaba. Una de las primeras cosas que le pregunté fue su nombre. Me dijo que no tenía.

“What do I want a name for?” (¿Para que necesito un nombre?)

Me dejó sin palabras. Sabiendo lo que iba a contestar le pregunté, ¿donde vives?. “Anywhere” – en cualquier parte.

Mi sadhu fue ya un habitual en mi mesa. Y también un joven con problemas existenciales a quién espero haber podido ayudar en el corto tiempo que estuve allí. Otro día pregunté al sadhu si no tenía otra túnica de repuesto. ‘¿Para qué la necesito?’ – ‘ Pues para lavar la que llevas puesta’.

TFH-India-ramanaEsa vez el que se quedó sin palabras fue él... ¿Cuánto necesitarías para una túnica nueva? Hizo cálculos que fueron corroborados por el joven con problemas. – “Unas quinientas rupias” – dijo al fin. Creo recordar que le prometí que se las daría, faltaban días para mi marcha y en ese momento no llevaba quinientas rupias encima.

Me propuso acompañarme a hacer el ritual de rodear a pie la montaña Arunachala, paseo bastante largo. En ciertos días, el rodeo de la montaña se hace de noche, en olor de multitud, como tantas cosas en India. En mi caso mejor empezar al amanecer para terminar antes de que el calor se volviera insoportable y en Tiru en julio eso sucede a diario.

Quedamos a las cinco de la mañana. Cuando llegué me dijo que llevaba una hora allí. No quise saber si había dormido ni donde. ¿Para qué? A pesar de la edad indefinida, era un hombre aún joven y ciertamente esa era la vida que había elegido. En India no es raro y a los pies de Arunachala menos aún.

Él no necesitaba descansar. Resultó que yo sí. Tenía que beber agua cada vez más a menudo. Él no. Cuando por fin llegamos al centro de Tiru, frente al gran templo de Shiva, el más grande de la India, dí por terminada la experiencia. Estaba agotada. Nos metimos en un rickshaw y al llegar al ashram descubrí que ¡no llevaba dinero! Menos mal que el tendero multiservicio me lo prestó...

Pero una cosa es rodear la montaña y otra subir a la montaña, parando en los numerosos santuarios asociados a la historia de Ramana Maharshi. Mi guía Lonely Planet los tenía bien marcados y explicados. Así que una mañana temprano inicié alegremente la subida desde el jardín posterior del ashram. En seguida me dí cuenta de que aquello no iba a ser fácil, incluso podía ser peligroso. Si me caía y no había nadie por allí...

De momento no había nadie alrededor. Y al momento siguiente allí estaba él, surgido de la nada, joven, alto, guapo, dulce, encantador... que se ofreció a ayudarme en mi peregrinación por la montaña.  Me ayudó cogiéndome del brazo cuando hacía falta, conocía la montaña maravillosamente y me condujo por los mejores caminos a los santuarios, me explicó la historia de cada uno, esperó pacientemente a que descansara,  meditara y contemplara los panoramas que se extendían a los pies de Arunachala... Como por ejemplo el gran Templo de Shiva y Parvathi  y toda la ciudad de Tiru...

No sé como habría terminado mi osadía – ni siquiera llevaba un bastón de montaña – sin él. La bajada fue más dura que la subida, estuve a punto de caerme varias veces, pero él me llevaba bien agarrada y me evitó cualquier posible caída...

Cuando por fin llegamos al centro de Tiru, frente al templo, se despidió con un vago pretexto... pero no se fue. Desapareció como había aparecido, como dicen los americanos “out of the blue”.

¿Quién era aquel hombre joven, alto, guapo, dulce, encantador? Qué piensen lo que quieran los escépticos. Para mí fue un ángel, un maestro, un dios ...¿Shiva en persona? ¿Qué importa?

Nunca he vuelto a verle, pero sé que le reconocería...

***

A unos treinta kilómetros de Tiruvannamalai se encuentra el Niketan del gran Maestro Gnanananda Thapovanam, en cuyo poderoso Mahasamadhi tuve una de las más intensas experiencias de conciencia pura – quizá la más intensa – de toda mi vida.

Desde hace muchos años dirige el Niketan Swami Nityananda Giri, santo y sabio, a quien tuve el placer de conocer hace diez años en Ávila con ocasión del Seminario “Mística Medieval Hindú,” dirigido por Swami Satyananda Saraswati, en el CIEM (Centro Internacional de Estudios Místicos).   Casi no recuerdo a los demás ponentes, pero Swami Nityananda Giri quedó grabado a fuego en mi mente, precisamente por su santidad y sabiduría. De hecho tiene oficialmente tratamiento de Santidad.

Uno de los días que estuve alojada en el ashram de Ramana Maharshi en 2006 lo dediqué a hacer una visita a Swami Satyananda - que entonces vivía con Swami Nityananda Giri en el Niketan del Sadguru Gnanananda.

TFH-India-Satyananda-NityanandaAquel fue un día muy especial. Para empezar el Niketan es un hotel de lujo comparado con los ashrams, kendras, etc., que he conocido en India. Limpio, amueblado, con privacidad, y con la comida más deliciosa que quizá he probado en India. Se come a la mesa, las viandas se sirven sobre hojas de plátano, una costumbre que adoro y sin cubiertos.

Por la tarde y junto a una pareja catalana – Swami Satyananda es catalán, de Granollers – ambos swamis nos acompañaron a visitar las dependencias del ashram donde habían transcurrido algunos años del final de la vida del monje nómada y renunciante absoluto, de longevidad extraordinaria y desconocida, - algunos hablan de más de trescientos años - Swami Gnanananda Thapovanam.

El lugar consta de un hermoso templo y de las habitaciones donde vivió y recibió Swami Gnanananda. Creo que fue en la habitación donde murió o mejor dicho, donde su espíritu abandonó el cuerpo,  donde los swamis nos invitaron a meditar, donde se produjo en mí aquel cambio – no permanente – a aquel estado en que se trasciende del cuerpo a un estado de  conciencia cósmica con plena intensidad. Es extraordinario, el soporte cuerpo ya no está allí, eres espíritu sin límites, gozas de una plenitud, de una libertad total, libertad desconocida en la circunstancia física, porque el mundo físico deja de existir. Es el estado que el hinduismo define como samadhi, en ese momento no estás pero vuelves. El mahasamadhi es aquel del que no vuelves al plano físico.  Al regresar del samadhi comprendes perfectamente el significado de la historia o leyenda hindú, que dice que hay un dios que duerme y sueña desde hace mucho tiempo. Él no sabe que lo que sueña se materializa  pero no deja de ser un sueño. Cuando el dios despierte todo se desvanecerá. Y ese todo,  es el mundo que nos rodea, el mundo de Maya, que en realidad no existe.

La verdad es que viendo todo el absurdo que nos rodea, esta especie de absurda pesadilla de los últimos años, no es tan difícil darse cuenta de que no puede ser verdad, de que todo es maya – ilusión. De que nada de esto tiene realidad intrínseca,  depende de circunstancias que a su vez carecen de realidad per se. No sé si esto lo sé por haber estado un par de veces en samadhi o por haber conocido la naturaleza de la mente en profundidad gracias al maestro Juan Manzanera o por ambas cosas.

* * *

Al día siguiente de mi visita a los Swamis Nityananda Giri y Satyananda, era mi último día en Tiru. Tenía que despedirme de mi Sadhu, tenía que darle la dakshina que estúpida de mí no le había dado el primer día. Pero sucedió que ese día el restaurante con jardín estaba cerrado por descanso y no pude verle en parte alguna, en ningún otro sitio de los alrededores. No me lo podía creer, pero en su caso todo era creíble. Estuve buena parte del día tratando de localizarle, preguntando a varias personas, preguntando al servicial dueño de la tienda multiuso, que parecía no saber nada de esta persona... Increiblemente no le volví a ver y nunca he podido perdonarme por ello. Y no sé porqué me parece que si vuelvo a Tiru – y quiero volver – tampoco le veré.

* * *

Uno de los días de estancia en Tiru, tuve que ir al centro a cambiar euros. Me informaron en el Ramana Ashram que no todos los bancos hacían ese servicio, así que me dirigieron al Dhanlaskmi Bank. Cuando llegué,  un empleado me dijo que eso lo hacía el director, que en ese momento no estaba, pero que podía esperarle en su despacho. Mientras le esperaba, me puse a mirar las paredes donde pude ver varias representaciones de dioses. Shiva, por supuesto y también Parvathi y Ganesha y tal vez otros. ¡Esto no ocurriría jamás en Occidente! Pensé.

Llegó el Director, hizo sus salutaciones  a Shiva, Parvathi, Ganesha...Luego me saludó, hizo la operación de cambiar euros a rupias, me las entregó junto al documento de cambio...No había cobrado comisión alguna. ¡Esto si que no sucede en Occidente ni en un millón de años!

Increíble India.

Memorias de una visita a Arunachala en India.
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Última actualización el Domingo 01 de Abril de 2012 22:14