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Domingo, 27 de Enero de 2013

Actualizado01:58:45

Navegas por Opinión Correos al editor Periodismo, periodistas: no quiero lecciones de nadie

Periodismo, periodistas: no quiero lecciones de nadie

Jesús López Jordán*

Escribe un antiguo periodista que acaba de cumplir 50 años. Soy un tipo que vive en a las puertas de la exclusión social. Formo parte oficial de esa bolsa de incompetentes que no supieron ganarse la vida lo suficientemente bien como para conocer las mieles del triunfo y garantizarse un futuro tranquilo: un anciano, como diría otro anciano más sabio, mejor dotado intelectual y económicamente, pero que arrastra con su sombra los cadáveres de cientos de personas sobre los que ha edificado su poder, su resistencia a perderlo y su saneada cuenta corriente. Lloré viendo a los periodistas de El País poniendo número al listado de vidas alteradas. Pronto, en el pergamino en el que escribe el último capítulo de su historia, incluirá los funerales del mismo medio al que dio vida: Saturno devorando a su hijo asaltado por la locura y la avaricia.

Escribo por petición y no por deseo. Yo ya fui derrotado.

Pertenezco a esa generación que estudió una carrera de medio pelo bajo la creencia de que este país vivía, entre inquietudes e intentonas golpistas, su propia primavera democrática. Fui y soy un iluso condenado por creer en otros principios más altos que los personales. Amo esta profesión que ya no ejerzo. Soy parte del enjambre de trabajadores que construyeron una parte muy importante de lo que somos y que, una vez cumplida la labor, hemos sido fumigados por acción u omisión. No he escrito ni hablado al dictado de nadie. Sé también que me he equivocado y quisiera pedir disculpas por ello, sobre todo, a los ciudadanos. He sufrido y discutido hasta la saciedad. Digo sin orgullo que casi he llegado a las manos con otros compañeros a los que respeto aún más en el recuerdo por defender una idea y una pizca de libertad. He aprendido de personas a las que he hecho sufrir y que me han apoyado incluso en la discrepancia. Para ellos, mi agradecimiento y mis disculpas.

Aún tengo guardada una grabación, obtenida de manera clandestina y nunca utilizada, de la conversación con un director general del Ente Público Radiotelevisión Madrid. Fue un cúmulo de amenazas. Dos meses más tarde, estaba fuera de la casa en la que crecí profesionalmente. No me echaron: me fui. Ya no tenía sitio ni era útil. Curiosamente, subí solo a ese despacho porque mi jefe de informativos tenía la costumbre de tomar “digestivos” que lograban ahogar penas y peleas. Aún en la diferencia, siempre respeté a ese profesional de “los de casta”, esos que son capaces de defender una idea y cambiar de opinión sobre ella bajo los argumentos del sentido común, capaz de pelear con virulencia y de zanjar, de inmediato, cuitas y desventuras con una palabra, una copa o una partida de mus. Hace falta ser muy “periodista” para contemplar con el debido respeto el principio de la duda o la discrepancia y por jugársela por un titular, una historia o la defensa de nuestro derecho: intentar contar la verdad a hombres libres. Eran intentos sin garantías de éxito, pero honestos.

Hoy escasean los periodistas. Muchos que lo fueron se han transformado en mercenarios capaces de amedrentar en redacciones y tertulias, de tirar ordenadores al suelo y bolígrafos a la cara por su incapacidad de tolerar la crítica. Lo hacen sin pudor y en directo. Insultan, vociferan, gritan desde el púlpito con más fuerza que nunca bajo la creencia de que así ganan en razón. Hablan de los políticos, de los ciudadanos, de la gente anónima y respetable con la grosería del que se considera señor feudal. Se mezclan entre sí hasta ser irreconocibles. Defienden a corruptos e incompetentes No tienen un dato fiable; solo un folio en el que escriben los renglones torcidos de sus homilías. Hablan para los suyos en una especie de diálogo de sordos. Tienen derecho de pernada ideológica. Destierran a quienes discuten sus dictados no sin antes haber socavado su estima, su salario y su futuro. Se exhiben sin pudor en medios públicos a los que primero hunden y luego critican. Llevan años cobrando cantidades insultantes del dinero de todos para criticar con ira lo que de todos debiera ser. Son verdugos a sueldo de su amo al que no dudan en degollar. Además, lejos de aparecer como culpables, se presentan como víctimas. Se han rodeado de jóvenes sin experiencia, cachorros ascendidos a jefes sin contenido. Ser joven no es el problema; lo es ser un incompetente. Probablemente no tengan otra opción, pero eso no les hace inocentes. Forman parte de una maquinaria engrasada de descrédito y deshonra. Son tontos útiles que han desarrollado la habilidad de esconderle a una mano lo que la otra hace. Así, con la astucia del embustero y la tolerancia de una sociedad narcotizada, han construido el portillo por el que hoy nos sangran el agua del río.

Podría echar mano de estudios para analizar este desastre cuyas consecuencias más graves están por ver. No quiero. No me da la gana. Estoy cansado de luchar por lo evidente. Lo estoy yo y supongo que lo estarán muchos de los que han vivido y vivirán el horror de los ERE, las reducciones de plantilla y los despidos. El País, El Mundo, Canal 9, SER, Telemadrid viven y vivirán pronto nuevas muestras del expolio. Como yo, tendrán que buscar un nuevo principio ahora que el calendario nos mete en la tercera edad profesional. Tragaremos saliva y nos obligaremos a levantarnos cada día del lodazal al que hemos ido a parar. Nos esforzaremos e intentaremos creer en nosotros mismos. Seguiremos pensando, luchando, creyendo en el hombre y sus grandezas, en algunos hombres y algunas grandezas. No olvidaremos para no repetir el paso de la historia y para no hacerle cómoda la vida a esos bastardos que nos arrojan a la clase social de los nuevos pobres. Gracias a nuestra decadencia se fortalece el cada vez más suntuoso edificio de los ricos. Lucharemos por nosotros y por nuestros hijos a la espera de que pronto los periodistas estén de vuelta.

Suscribo todo esto en el trayecto de caída desde la clase media hacia la nada y lo hago porque me acuerdo de profesionales que caen o caerán conmigo en esta reconversión industrial: mitad tecnológica, mitad política. Pero que sepan que nos les perderemos la cara, que les fiscalizaremos, que les haremos pagar por su error. Somos periodistas…. y como tuvo a bien escribir en el muro virtual de Internet una de ellas: “sin periodistas, no hay periodismo”. Espero que sirva de aviso y de amenaza, por el bien de todos.

*Jesús López Jordán. Experiodista. Exprofesor de Universidad. Doctor en Ciencias de la Información. Máster en Dirección de Comunicación y Marketing. 

 


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Periodismo, periodistas: no quiero lecciones de nadie
Comentarios (1)Add Comment
Isabel García
Maestro
escrito por Isabel García, enero 25, 2013
Aunqur he ido aprendiendo cosas de aquí y de allá, de éste o de aquél, he tenido muy pocos maestros en periodismo. Si tuviese que nombran a los más importantes, diría: Carmelo Encinas en la radio, y Jesús López Jordán, el que suscribe el artículo, en la tv.
Jesús me ha enseñado todo lo que se del periodismo en TV. Desgraciadamente, cuando él salió de Telemadrid, no quedó casi nadie a su altura para seguir aprendiendo, así que una tuvo que convertirse en autodidacta.
Pero, aun con todo el periodismo televisivo que me enseñó Jesús- a hacerlo grande , a hacerlo serio y digno- quizás lo más importante que me ha enseñado es a no perder nunca el norte de la dignidad y la honestidad, a seguir creyendo en la nobleza de la profesión. palabras que pueden sonar rimbombantes y huecas pero, que, ya vemos, en el actual panorama del oficio, que son más necesarias que nunca. J.L. Jordán me enseñó a no rendirme nunca. Y ahí estamos.
Saldremos adelante porque somos mejores que ellos. Muchas gracias.

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