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Lunes, 29 de Octubre de 2012

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El concepto de la dignidad en el cargo en el robo de la Mezquita de Córdoba

A principios del siglo XV, el Cabildo o Concejo Municipal de Córdoba tiene que afrontar una dura tesitura. La Iglesia Católica quiere convertir en “Catedral” la Mezquita Aljama  y para ello solicita al emperador Carlos I el derribo y posterior reconstrucción de un importante numero de naves, columnas y artesonado del templo islámico.

 

A pesar de su extradición (nobleza, alta burguesía y personas de profunda fe católica) el Concejo entiende el valor universal  y ecuménico de lo existente y se opone, frontal y radicalmente, a la pretensión eclesiástica.

El “Caballero 24”, Luis Mejía de la Cerda, que lo preside como  Corregidor,  publica el 4 de mayo de 1523 un bando donde establece “pena de muerte para todo artesano, albañil, carpintero o herrero que tocare o pusiere un ladrillo en tal obra”.

La reacción de la autoridad eclesiástica del momento fue la inmediata excomunión para los 24 miembros del Concejo.

El 2 de marzo de 2006 y gracias a los artículos 4, 206, 304 y al Reglamento  de la Ley Hipotecaria promovida por el gobierno que presidía José María Aznar (que entre otras cosas permite que un obispo diocesano pueda dar fe como un funcionario para inscribir a nombre de la Iglesia bienes e inmuebles), el Obispado de Córdoba acudió al Registro de la Propiedad, pagó 30 euros y registró a su nombre la Mezquita de Córdoba. Hasta entonces, este inmenso monumento, declarado Patrimonio de la Humanidad por la Unesco en el año 1984, construido en el año 786 y conquistado por Fernando III en 1236 no tenía propietario.

Ninguna autoridad local, provincial y de la Junta de Andalucía, ningún alcalde de distinta opción política, ningún edil, ningún miembro de Comisión de Patrimonio, académico o miembro de la sociedad civil, salvo el profesor de Universidad, Antonio Manuel Rodríguez, se dio por aludido, afectado o robado por tamaño expolio.

El profesor Antonio Manuel ha sido perseguido, censurado, amenazado y cercenado en sus posibilidades como miembro del Claustro Universitario por la denuncia pública de este latrocino.

Contrastan las actitudes de unos y de otros en tiempos tan diferentes. El Corregidor Luis Mejía de la Cerda se jugó la “vida eterna” junto a sus otros 23 miembros del Concejo, al ser excomulgado, y plantó cara con un bando condenando a muerte al que osara tocar la Mezquita.

Los de ahora, desde el último edil al casi inexistente Presidente de la Junta de Andalucía o lo que sea, han callado como putos, mas pendientes de conciliar con la Iglesia y con su representante terrenal (Fray Langostino) por la vía del enchufe de familiares en la ruinosa y ahora quebrada CajaSur.

Pasamos de no dejar tocar un ladrillo a consentir que se queden con todos. Este es el movedizo criterio de la dignidad personal y de los cargos en nuestra historia.

Así nos luce el pelo. 

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