Mercedes Arancibia
En la frontera entre las dos Coreas, China y Rusia existe una especie de tierra de nadie sin ley donde la mitad de la población vive de actividades ilegales. Un taxista, al que las mafias locales persiguen por sus deudas de juego, y en una situación cercana a la miseria, acepta un contrato para asesinar a alguien al otro lado, con la esperanza de recuperar así a su mujer, a la que no ve hace tiempo porque se ha ido a Corea del Sur en busca de una vida mejor.
A partir de ese momento se encuentra pillado en un engranaje letal; a medida que avanza hacia el final de la noche de la delincuencia con mayúscula donde confluyen las mafias de al menos tres nacionalidades distintas, la misión encomendada le transforma en otro hombre al tiempo que le va acorralando.
Na Hong-jin, el joven director coreano recibido como una firme promesa por su primer largometraje, The Chaser (2008), regresa con un thriller de acción sin tregua y discurso social –The Yellow Sea, El río amarillo, El Mar amarillo, que las distribuidoras internacionales han rebautizado como The Murderer, El asesino- a la manera, dice la promoción, y ha escrito la crítica, “del mejor Michael Mann”. Una película que se presentó en mayo pasado, en el Festival de Cannes 2011 en la sección Un certain regard, que ha acudido a no menos de una docena de festivales europeos y asiáticos, que acaba de pasar por la muestra de Cine Fantástico de Sitges, donde ha conseguido el Premio al Mejor Director, y se estrena el próximo 5 de enero de 2012.
Mucha, muchísima violencia, mucha sangre, brutalidad y todo el sadismo que son capaces de poner en práctica esas bandas del crimen organizado, para quienes carecen absolutamente de valor las vidas de sus perros y de sus semejantes; dramas íntimos, complots y arreglos de cuentas, en una historia que pasa de las dos horas de proyección y que a veces se vuelve un tanto confusa: la falta de familiaridad con los escenarios y los nombres coreanos quizá tenga que ver con ello, pero hay momentos en que al espectador le puede resultar complicado saber quien es quien, y qué quiere exactamente.
Quizá una forma de encontrarle aspectos interesantes a la película sea considerar –como en los mejores filmes hollywoodienses del género de gansters- los aspectos sociales y políticos de la historia que cuenta el guión: justamente la existencia, en esa tierra fronteriza que se presta a cualquier experiencia, de una sociedad completamente miserable, gangrenada por las mafias que trafican con todo lo que tienen a mano: drogas, personas y coches... de una a otra orilla de un Mar Amarillo, sinónimo de separación y también de esperanza; y también lo que tiene de instantánea de la minoría coreana en China, sumida en un drama cotidiano en pequeños pueblos aislados.
Las fronteras son siempre porosas, en ellas, como en la película, se producen tensiones entre comunidades, se dan manifestaciones de racismo recíproco, se vive una tensión perpetua que llega incluso al desprecio cultural y social.
En una reseña aparecida en el diario francés Le Monde cuando, en mayo de 2011 se exhibió en el Festival de Cannes, se lee de la película y el realizador que “Na Hong-Jin muestra lo que los historiadores y sociólogos llevan tiempo escribiendo (especialmente sobre los antiguos países comunistas de Europa del Este): en los países de dictaduras comunistas o fascistas, los grupos mafiosos desempeñan un papel esencial en el control de la sociedad.
De hecho, está en sus manos una gran parte del control de las personas y de los mercados. Al servicio del poder, se enriquecen utilizando métodos tan violentos como los de las fuerzas oficiales del orden (de las que con frecuencia proceden los jefes mafiosos). Las organizaciones criminales del Este, por ejemplo, no han nacido ayer; cuando se hundió el bloque soviético, también ellas consiguieron “su independencia”. Lo que da una idea de en qué puede convertirse la sociedad norcoreana (e incluso la china) si mañana se hundiera el régimen dictatorial…”.
En cuanto al realizador, Na Hong-Jin consiguió en 2005 su primer premio internacional, en el festival francés Mise en Scène, con el corto A Perfect Red Snapper Dish. Otro corto, Sweat, en 2007, y el primer largo, The Chaser en 2008, que reventó la taquilla coreana y consiguió diferentes galardones, incluido uno en Sitges.

