Jueves, 17 de Mayo de 2012

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La invención de Hugo, la fábrica de sueños con final feliz de Martin Scorsese

HugoMercedes Arancibia

El lugar donde se fabrican los sueños es también el lugar donde se inventa la ilusión cinematográfica, donde crecen los magos, se da cuerda a los autómatas y se engrasa la maquinaria de los relojes. El lugar donde se fabrican los sueños es el elegido por Martin Scorsese para fabricar su última película, La invención de Hugo (simplemente Hugo en la versión original), un cuento de navidad que llega con un mes de retraso, un deleite para cinéfilos y sobre todo un homenaje a Georges Mélies y, con él, a todos los grandes del séptimo arte desde los hermanos Lumiére.

La película se estrena en España el 24 de febrero de 2012 avalada por un Globo de Oro al Mejor Director y 11 nominaciones a los Oscar.

El lugar donde se inventan los sueños es también el lugar donde se recrea una imagen de París que anochece mientras le llueve encima polvo de estrellas: es la primera secuencia de Hugo, con la que Scorsese ha cedido a la tentación filmando en 3D una de sus obras más personales, en la que han cabido todos los sueños del cineasta y aventurero, basada en el libro “La invención de Hugo Cabret”, de Brian Selznick, que ya forma parte de los clásicos de la literatura juvenil. Si en la novela Selznick juega con las palabras, las ilustraciones y las fotografías, en la película Scorsese juega con la realidad y la fantasía, los recuerdos propios y ajenos, los sueños y la memoria; todo ello dentro del enorme vientre de la estación de Montparnasse, entre la maquinaria de los relojes que marcan la salida y entrada de los trenes.

En el París de los años 30, el joven Hugo (Asa Butterfield) es un huérfano que vive solo en los altillos de la estación desde que su padre (Jude Law), relojero, murió en un incendio y su tío le ha abandonado. No conoce su pasado, es un misterio y su futuro un enigma. Hugo ha aprendido el oficio familiar y sigue manteniendo en hora los relojes de la estación mientras intenta escapar al acoso de un oficial de policía (Sacha Baron-Cohen) que pretende enviarle a un orfanato. Como herencia, a Hugo solo le ha quedado un extraño autómata al que se esfuerza en arreglar. Cuando conoce a Isabel, algo mayor que él, encuentra también la llave que le faltaba y ambos empiezan juntos una aventura que termina “resucitando” al pionero cinematográfico Georges Mélies (Ben Kingsley), a quien todos creían muerto en la Gran Guerra, en realidad arruinado y reconvertido en vendedor de golosinas y juguetes en la propia estación.

Quienes han seguido muy de cerca la trayectoria de Martin Scorsese creen haber encontrado en el personaje interpretado por Kingsley una reencarnación del propio realizador italoamericano: su infancia, su pasión casi enfermiza por el cine y el arreglo de ingenios y maquinarias estropeadas, su dedicación a la restauración de los clásicos del cine… Al parecer, las grandes líneas de la historia de Mélies contada en la película se aproximan bastante a la verdad histórica: la crítica francesa ha lamentado que no haya sido un compatriota quien se haya apropiado de esta historia, y la haya hecho suya.

Scorsese, lo ha contado él mismo, descubrió a Georges Mélies cuando tenía 14 años, en 1956, viendo una versión de La Vuelta al mundo en 80 días, firmada por Michael Anderson, que comenzaba con un prólogo recordando quien fue Julio Verne y encadenaba con la versión íntegra de El viaje a la Luna, de Mélies. “Me partí de risa cuando el obús acertaba en el ojo de la luna… Después, en los años 1960, vi más películas suyas en Greenwich Village, la vanguardia de la época proyectaba copias en 16 mm… Luego, al leer la novela de Hugo, me pareció absolutamente plausible que pudiera haber existido un cineasta olvidado”.

Hugo nos acerca a aquel público de 1896, a los primeros espectadores de la Llegada de un tren a la estación de los Hermanos Lumiére; aquellos espectadores que cuando, en los escasos minutos que duraba la proyección, la locomotora avanzaba a toda velocidad de frente bajaban la cabeza hasta las rodillas por temor a verse embestidos por la máquina. La aparición hoy de esa cabeza de tren, en la película de Scorsese, contemplada a través de las gafas de 3D, es una de las escenas más impresionantes de Hugo, da la impresión de que el tren va a salir de la pantalla y seguir rodando sobre los espectadores. Para su autor “la experiencia del espectador es casi la misma ahora que entonces. Las cosas han cambiado poco, más allá de los años y la técnica; la marcha de un tren, como dice Bernard Tavernier, simboliza con frecuencia el avance del relato. Y, además, el viajero y el espectador son casi la misma cosa: estar en un tren y mirar fuera es como ver desfilar imágenes, las imágenes adoptan la forma del cinemascope”, confesó a la revista francesa Telerama en su número de diciembre de 2011.

Estamos hablando de un película muy hermosa, una historia muy bien contada y un homenaje muy sentido a los héroes del cine, ayudado todo por unos avances tecnológicos que dotan al conjunto de cualidades casi mágicas y muy valiosas. Como dice cuando le “descubren” Georges Mélies “el privilegio del cine es ofrecer siempre un final feliz”. A la invención de Hugo no podía faltarle el suyo.

A los 69 años, y después de haber dirigido un puñado de películas emblemáticas (Taxi driver, New York, New York, La última tentación de Cristo, El color del dinero, La edad de la inocencia, Gangs of New York, Casino, El aviador…), y dos magníficos documentales sobre Bob Dylan y los Rolling Stones, Martin Scorsese lleva diez años dirigiendo la World Cinema Foundation, que ya ha restaurado decenas de películas que pertenecen al patrimonio cultural mundial.

La invención de Hugo, la fábrica de sueños con final feliz de Martin Scorsese
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Última actualización el Jueves 02 de Febrero de 2012 19:56