Mercedes Arancibia
Cuando una película se llama No tengas miedo a la oscuridad (Don’t’t be afraid of the dark), lo menos que puede esperar el espectador es pasar miedo, más aún cuando la promoción la anuncia como “de terror”. Ni miedo, ni mucho menos terror, el último filme coescrito y producido por el mexicano Guillermo del Toro es el debut del realizador Troy Nixey y remake de un telefilm de 1973 – Las criaturas de lo oscuro, de John Newland, una película que aterrorizó en su infancia a Del Toro- que se estrena en España el 23 de diciembre de 2011. En última instancia estaríamos hablando de una historia que puede asustar a los niños.
Una niña de 9 años (Bailee Madison) tiene que ir a vivir con su padre (Guy Pierce) y la novia de éste (Katie Holmes) a una vieja mansión del XIX que están restaurando. Sin quererlo, y únicamente llevada por la curiosidad, la pequeña “libera” a unas maléficas criaturas (feísimas pero en absoluto terroríficas) que hasta entonces vivían en un sótano tapiado. El resultado es una película casi rancia de antigua, que repite situaciones ya contempladas una y mil veces en el cine y que obliga al espectador a pasar toda la proyección intentando resolver el dilema de si debe quedarse, o no, a ver a un final más que anticipado.
Muy ocupados siempre, apenas unas pinceladas en conversaciones telefónicas de quien les espera y donde, los adultos pasan toda la película entrando y saliendo de la mansión, hablando con los obreros o entre ellos mismos acerca de detalles tontos del interiorismo, sin encontrar un minuto para atender a la pequeña que continuamente intenta hacerles partícipes de sus desventuras con las extrañas criaturas que se alimentan de dientes de niños aunque –y en contra de toda lógica- en ningún momento del guión corre peligro la dentadura de la niña protagonista. Tan desalmados esos adultos que ni siquiera son capaces de quedarse a dormir con ella cuando se lo pide, la engañan y en cuanto se duerme abandonan la habitación dejando el espacio libre a los monstruos, para que puedan agredirla.
Haciendo honor al título y como ocurre siempre en las películas del género, la mayor parte de la historia transcurre en la oscuridad, a la luz de las velas o del fuego de las chimeneas y entre las oscurísimas paredes de un caserón muy antiguo, repletas de estanterías, cachivaches y algún pasadizo secreto que otro. Casi lo que más miedo da en las casi dos horas de proyección es la inadecuada habitación que los padres restauradores han arreglado para la niña: un despliegue de cortinajes, espejos y tejidos dorados, mucho más propio de una cortesana francesa del XVIII que de una preadolescente del XXI.
Los actores son malos, o al menos lo parecen; en ningún momento parecen sentirse concernidos por la verosimilitud del relato, se les ve más bien como ausentes de la trama. Pero, naturalmente, la culpa no es solo suya; yo pienso que la película es un error del realizador, Troy Nixey, un ilustrador y creador de comics, autor de un cortometraje, Latchkey’s lament que la crítica calificó de “magnífico” y que, a pesar de todo, conseguirá la audiencia que le proporcionará sin duda aterrizar en el séptimo arte apadrinado por el genio de Guillermo del Toro.

