Jueves, 17 de Mayo de 2012

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Cascanueces, un cuento de Navidad

CascanuecesMercedes Arancibia

La historia de Cascanueces, una nueva adaptación del ballet al que puso música Tchaikovsky basándose en un cuento de Ernest Theodor Wilhelm Amadeus Hoffmann, producto de la imaginación del célebre realizador ruso Andrei Konchalovsky, se estrena el 23 de diciembre de 2011 en dos versiones, 3D y 2D; yo he visto ésta última.

Cascanueces, coproducción de Hungría y el Reino Unido, cuenta la historia fantástica de Mary, una niña de 9 años que vive en una acomodada familia de la Viena de 1920 a la que su tío Albert regala en Nochebuena un cascanueces mágico, un pequeño muñeco de madera que parte las nueces con la boca y que, en los sueños de la pequeña, cobra vida y se la lleva a un viaje maravilloso por paisajes donde aparecen hadas, juguetes que han adquirido propiedades humanas y sobre todo ratas, enormes ratas de alcantarilla algunas de las cuales, para la coherencia necesaria a la fantasía infantil también con apariencia humana, recorren las calles en potentes motocicletas y vuelan como un ejército del aire perfectamente organizado.

Las ratas son “los malos”; los niños y el tío Albert los buenos de una película en la que los protagonistas (entre los que destaca John Turturro, en el papel del rey de las ratas, y la pequeña Elle Fanning en el de Mary) además de actuar, bailan y cantan, por cierto sin demasiada habilidad, en medio de un alarde de efectos especiales que, según sus productores, ha costado la friolera de 90 millones de dólares y que se estrenó en el otoño, en Estados Unidos y Rusia, consiguiendo críticas muy desiguales. Desde la calificación de “clásico familiar en la línea de ‘Chitty Chitty Bang Bang” ideal para “llevar a los niños en vacaciones” hasta el “espectacularmente mal concebida, pesada e increíblemente fea” del New York Post, pasando por “una abominación” de la página The Playlist o “el resultado es gaseoso, una total pesadilla” de Los Angeles Times. La crítica estadounidense vaticina además un fracaso comercial.

A mi también me ha parecido una mala película, que desmerece en la trayectoria de su realizador, pero todos tenemos derecho a equivocarnos. Creo que, a los 70 años, Konchalovsky tiene muy lejana la infancia y desconoce absolutamente lo que puede interesar a los niños: ni un cascanueces puede ser nunca un regalo de navidad, ni aguantan una película de más de dos horas, ni les resulta mínimamente apetecible pasar ese tiempo aterrorizados en la butaca, contemplando las terroríficas andanadas de un pueblo de ratas del tamaño de un gato respetable. En cuanto a Andreï Mikhalkov-Konchalovsky, quien utiliza la segunda parte de su apellido para evitar comparaciones con su hermano menor, Nikita Mikhalkov, fue músico antes de pasar a formar parte de la famosa escuela cinematográfica rusa VGIK , donde trabajó con Andrei Tarkovski. En 1965 realizó El primer maestro, película sobre un profesor rural; la segunda, La felicidad de Assia, de 1969, fue censurada por el poder soviético. Se dedicó entonces a hacer adaptaciones de clásicos: El nido de los gentilhombres (1969) de Turgueniev, y El tío Vania (1970) de Tchejov, ambas de gran belleza formal. Con Siberiade, una película-río que narra un siglo de vida en un pueblo de Siberia, consiguió una mención especial del Jurado de Festival de Cannes 1979 y una reputación internacional. Emigró a Estados Unidos donde probó suerte con distintos géneros (Maria’s Lover’s, 1984, Tango & Cash, 1989…), y regresó a su país al terminar la guerra fría. Desde entonces ha estado trabajando en historias de la Rusia contemporánea (El círculo de los íntimos, 1991, sobre “esa apatía rusa que es la raíz profunda de la colusión con el totalitarismo y que lleva a hacer del poder un totem, lo mismo con Stalin que con Putin”, La casa de los locos, 2002…, una fábula amarga sobre la guerra en Chechenia, también censurada, prohibida en televisión).

“He tenido tres vidas –dijo en una entrevista Konchalovsky-, la vida soviética, en un país del que no se podía salir, la vida del exilio fuera de un país al que no pensaba regresar jamás, y la del regreso a Rusia. Necesito el movimiento, no puedo vivir en un país del que no pueda marcharme cuando quiera”. ¿Cínico? “No, pragmático. Es importante haber salido de un sistema totalitario basado en ideas falsas, pero eso tampoco da muchas esperanzas. En la Unión Soviética no teníamos derecho a ser felices. Ahora lo tenemos pero, sobre todo en momentos de crisis, vemos que no existe la ética… Durar es cambiar de ilusiones aunque el hombre, en el fondo, no cambia”.

Cascanueces, un cuento de Navidad
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