Víctor Claudín.- No llega la sangre al río, que nadie se asuste, aunque están a punto de brillar las navajas. Es una película muy apropiada para ver en Navidades, cuando uno tiene que compartir mesa con el jefe que odia, con la suegra que detesta o con la nuera que no soporta. Y hacerlo obligatoriamente en aras a la solidaridad, el amor entre las personas, la felicidad del mundo, etc. Una película de Nicolás Dueñas que en algunos momentos te fuerza a reír, y con la que te lo pasas bien durante todo el metraje, con dos personajes muy apropiados para su papel, especialmente bien elegidos: Nancho Novo y Miguel Rellán, espléndidos como siempre.
Animales de compañía es un título muy apropiado cuando la relación familiar se simboliza con una serpiente venenosa que es la que arma el follón final al escaparse en el momento más delicado de la trama.
Todos quieren aparentar que se quieren, que se llevan bien… o cumplir con el papel previamente asignado. Hay rebeldía en dos hijos, ella por traer su novio de ese día, al crítico de arte que, curiosamente, es quien ha despedazado la exposición fotográfica de la madre, hija que, además, está embarazada de ese tipo que nadie soporta. Él, el hijo, por sus ideas jóvenes, utópicas, rebeldes. La tercera, más modosita, sólo quiere que le vaya bien el proceso de adopción que han iniciado y que va a ser cruelmente criticado durante la cena.
Una última cena fratricida. La del cumpleaños del padre que, para celebrarlo, hace una incomestible cena con una sopa de pescado que, de entrada, huele a podrido. Bien, una comedia de situación al uso, con la serpiente cumpliendo un papel protagonista y con los actores conformando un conjunto aceptable. Una comedia amable, ligera, para pasar el rato.

